Reliquias de la provincia

El duelo de los azahares

  • La Cofradía del Santo Sepulcro de Lebrija mantiene la noche del Viernes Santo el antiguo rito de velar al Cristo de las Cinco Llagas en el Patio de los Naranjos de la Parroquia de la Oliva

El Cristo de las Cinco Llagas es un crucificado gótico articulable, de gran valor artístico, que en la actualidad se venera como yacente. El Cristo de las Cinco Llagas es un crucificado gótico articulable, de gran valor artístico, que en la actualidad se venera como yacente.

El Cristo de las Cinco Llagas es un crucificado gótico articulable, de gran valor artístico, que en la actualidad se venera como yacente. / Migue Dorantes

Existe una Semana Santa de exterior, de calles, plazas y grandes avenidas. Y existe otra Semana Santa que se vive en el interior de los templos, revestida de gran solemnidad y boato que también pertenece a la religiosidad popular de los municipios sevillanos. Esa otra celebración constituye en muchas ocasiones una auténtica reliquia que bien merece la pena dar a conocer. Buena parte de estas manifestaciones son ritos ancestrales que, en suma, tenían -y siguen teniendo- la misma función que muchos de los que se desarrollan en la calle: evangelizar, o mejor dicho, dar a conocer los textos sagrados a una población que durante bastante tiempo sufrió un alto grado de analfabetismo.

En esta ruta por la provincia hoy nos detenemos en Lebrija, en la Hermandad del Santo Sepulcro, una corporación que, pese a contar sólo con 190 hermanos, conserva una de las tradiciones más bellas y que más lebrijanos y vecinos de otras localidades concita en la noche del Viernes Santo: La Vela del Cristo. Esta ceremonia viene recogida por primera vez en las reglas de 1753, cuando se restablece la vida de esta hermandad, que a mediados del siglo XVIII había sufrido cierto decaimiento. Se entiende, por tanto, que se celebraba desde mucho antes. En aquel entonces, según recoge dicho escrito, se estableció que habría desarrollarse tras la procesión del Santo Entierro en el Patio de los Naranjos de la Parroquia de Nuestra Señora de la Oliva y se prolongaría toda la noche hasta que se oficiase la "misa mayor" del antiguo Sábado de Gloria. Al término de ésta, el Cristo de las Cinco Llagas era trasladado a la Iglesia del Castillo, donde recibe culto durante todo el año.

La tradición toma como base una costumbre arraigada desde muy antiguo en la cultura occidental: velar a un ser querido que acaba de fallecer. Un rito que, además, se hace revestido con la mayor pompa posible, pues en esas horas se acompaña al cuerpo inerte del Hijo de Dios hecho hombre, al Rey de Reyes, por lo que se trata de un velorio que ha de contar con la mayor solemnidad posible. De nuevo, la teatralidad barroca sirve de catequesis.

Sólo los cirios alumbran el patio Sólo los cirios alumbran el patio

Sólo los cirios alumbran el patio / Manuel Pérez Caro

La Vela del Cristo venía precedida antiguamente del ceremonial del Descendimiento. Para ello, se aprovechaba que el Titular de esta corporación es una imagen articulada, esto es, que está pensada tanto para venerarse en posición de crucificado como de yacente. El Cristo de las Cinco Llagas es una de las tallas más antiguas que salen en la Semana Santa sevillana. De estilo gótico, está datado en el siglo XIV. Mide 1,54 metros. Destaca su largo paño de pureza, que lo cubre desde la cintura hasta las rodillas, y que fue recuperado en la restauración que le practicó en 1966 el escultor José Rivera. Esta imagen y la Virgen del Castillo (patrona de la localidad), son las más antiguas del municipio, auténticas joyas del arte.

El acto del Descendimiento tenía lugar antes de la estación de penitencia. Se representaba, como en muchas otras poblaciones que lo conservan, el momento en el que Cristo es desclavado de la cruz por los Santos Varones e introducido en el santo sepulcro. Actualmente este rito no se mantiene por las recomendaciones de los restauradores, que aconsejan no escenificar este pasaje con la valiosa talla para preservar su conservación.

El rito de la vela comienza acabada la estación de penitencia, que se inicia a las 20:00 y concluye a las 21:45. El cortejo entra en el Patio de los Naranjos de la Parroquia de la Oliva, un claustro que adquiere especial protagonismo en esta ceremonia. Se trata de una de las dependencias más bellas del templo, el cual corona un campanario que recuerda bastante a la Giralda sevillana. El patio en cuestión lo conforman amplios arcos de medio punto sobre columnas de mármol que delimitan sus galerías. En el centro destacan los esbeltos naranjos que, en esta época del año, aportan el olor del azahar a la ceremonia. Concluida la procesión, la elegante urna que ha sido portada por las calles lebrijanas por ocho hermanos de la corporación se deposita en el centro del patio, sobre un pedestal de mármol que hace las veces de catafalco.

En este ritual también participa la cofradía de la Soledad, cuya Titular asiste al velorio

El Cristo permanecerá cerrado bajo llave en el Sagrario de Verano hasta la Resurrección

Previamente, se ha recibido a la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad, que traslada su Titular -una Dolorosa al pie de la Cruz, de la que sólo pende el sudario- hasta el claustro parroquial, por lo que la Madre de Cristo preside el velatorio de su Hijo. Dos cofradías que se unen para escenificar el instante posterior a la crucifixión.

A partir de ese momento, los hermanos, en pareja de dos, velan de rodillas, sobre unos reclinatorios, el cuerpo inerte de Cristo. En la balaustrada que rodea el perímetro interior del patio se colocan pequeños codales que, junto a varios blandones y los cirios que portan los participantes en este duelo, son los únicos puntos de luz del recinto, que permanece a oscuras. El momento adquiere tal tenebrismo que nadie es capaz de resistirse a reflexionar sobre la fugacidad de la vida, otro de los fines que persigue la ceremonia.

El acto religioso no estaría completo sin otro de sus principales elementos: la música. Mientras se vela al Cristo de las Cinco Llagas se interpretan composiciones como El Miserere, de Eslava; Réquiem, de Mozart; o el Stabat Mater, de Pergolesi. Una auténtica delicia sonora en un espacio que invita al recogimiento. Tal importancia ha tenido a lo largo de los siglos esta ceremonia que no fueron pocas las disputas de antaño entre los hermanos de la corporación por traer las mejoras corales del momento para acompañar al duelo. Este año será el Orfeón Virgen de la Escalera, de la localidad gaditana de Rota, el que tenga el privilegio de desempeñar tal menester.

El ritual antiguamente duraba toda la noche, hasta la misa pascual. La tradición hubo que modificarla a finales del siglo XVIII, después de que el Gobierno de Carlos III prohibiera las procesiones nocturnas. Una vez que la velación ha concluido, se despide a la cofradía de la Soledad, que continúa con su estación de penitencia. Se procede entonces a trasladar al Cristo, en procesión claustral, al Sagrario de Verano, una capilla situada en una de las galerías del patio y que destaca por abrirse sólo en el periodo estival. Depositada allí la imagen, se cierran las puertas de estas dependencias, con lo que se emula el entierro del Señor, el cual no volverá a exponerse hasta el Domingo de Pascua, cuando haya vencido a las tinieblas y se abran los templos. A esa hora del viernes todo se habrá consumado.

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