la caja negra

La hora del cheque en blanco

  • Vamos hacia una Semana Santa más gélida, más videovigilada, con arcos de seguridad para acceder a calles directamente acotadas, megafonía y manuales de autoprotección

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Si la Hermandad de los Gitanos hubiera suspendido su estación de penitencia en plena calle, tal como planteó su hermano mayor en una consulta elevada sobre la marcha, habríamos asistido a la derrota final, se habría proyectado la imagen de un ejército en vergonzosa retirada, el Titanic de la Semana Santa hundiéndose mientras la orquesta de rapsodas seguía jugando con las casitas de muñecas de los ripios. Pero las seis cofradías, por fortuna, cumplieron con sus recorridos. Pagaron un precio muy caro, el más gravoso hasta ahora, pero hicieron sus estaciones. Cuanto ha ocurrido en la noche del Viernes Santo tiene sólo una ventaja: ningún alcalde ni ningún presidente del Consejo de Cofradías han gozado de tan amplio margen de libertad para emprender a partir de ahora todas las reformas que necesita esta Semana Santa herida, que lleva casi dos décadas en jaque y que refleja con toda claridad la crisis de valores que lastra la sociedad actual.

La Madrugada no puede seguir más años como está, víctima de la crisis de autoridad (política y de las propias cofradías como instituciones), de la falta de educación, de la pérdida de ciertos valores universales que están arrastrados por un suelo machado de vómitos, de una cultura de camping playa que chabacaniza las salidas y entradas de las cofradías, del vocerío faltusco, de jóvenes y adultos convertidos en vándalos en esa peligrosa franja horaria de las tres a la seis de la noche y, sobre todo y por encima de todo, de una Semana Santa donde el consumismo ha sustituido a la emoción, la participación light a la vivencia asentada en la fe y la silla estática al movimiento responsable. La Madrugada es un fracaso absoluto. El fracaso de todos. El gran fracaso de la ciudad.

Se trabaja ya con el modelo de centro acotado del rodaje de 'Noche y día'

Es justo reconocer que las medidas preventivas tomadas por el Cecop en coordinación con los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado han servido para paliar los efectos. Estremece especular qué hubiera podido ocurrir en la calle Cuna o en otras muchas vías urbanas y plazas en caso de no estar aforadas, con bares cerrados y veladores y obstáculos retirados. La labor del Cecop permitió, al menos, que muchas calles funcionaran como vías de evacuación para nazarenos, menores y público en general. Pero está claro que no fue suficiente. Hemos ido a peor. Y tal vez lo más grave es que nos lo temíamos. La solución a largo plazo es casi utópica porque señala a la mala educación como causa inicial. El abuso del alcohol atenta directamente contra la principal noche de la ciudad, como reconocen en privado varios representantes municipales. Ese abuso es consecuencia de esa mala educación. Y esos abusos se producen por la crisis de autoridad ya referida. Se trata, en definitiva, de lo mismo de todos los días y de todas las noches de fines de semana, amplificado por el tremendo eco que tiene todo cuanto ocurre en la Madrugada. No hay más, no busquen más. Padres débiles, políticos débiles, profesores debilitados al igual que, por cierto, lo están los médicos. Alcohol, noche y bulla. El cóctel es dolorosamente perfecto.

Hace tiempo que cayeron los mitos de la Sevilla que sabe estar, que se maneja con maestría en las bullas y que tiene veneración por las sagradas imágenes y un respeto escrupuloso por los nazarenos. Basta un paseo por las calles del centro a la caída del Jueves Santo para comprobar cómo la ciudad pareciera que muda de piel, cómo el público se encanalla por momentos, cómo no se facilita el desplazamiento ni siquiera de los nazarenos que se dirigen a sus templos. La convivencia se torna en imposible. Sillitas, piernas estiradas, miradas agresivas ante cualquier petición amable de paso, reacciones violentas a la mínima discrepancia... Todas estas deficiencias (llamémoslas así) no las arregla el Cecop, que sólo puede arbitrar medidas preventivas. El Cecop no educa. La Policía tampoco. Educan los padres (debilitados), los mismos que prefieren estar del lado de los hijos antes que reforzar el papel de los profesores.

Este cuarto rejonazo a la Madrugada es un cheque en blanco en manos del alcalde y del presidente del Consejo de Cofradías. En 2018 tendrán que blindar el centro, establecer accesos limitados con arcos de seguridad, exigir una mayor colaboración a los hosteleros, triplicar el número de vallas, reducir el número de sillas, sobre todo en el avispero de Sierpes y, si es necesario, cambiar cofradías de día. ¿Por qué no?

Todo es susceptible de modificación tras el balance aciago de la pasada Madrugada. Mejor no recordar el espectáculo de las negociaciones de hace un año, en las que las seis cofradías no se pusieron de acuerdo en horarios e itinerarios, unos meses que mermaron la autoridad de las cofradías y del anterior Consejo como instituciones válidas para asumir los grandes retos que ahora se precisan. Aquello fue un ridículo revelador, un bochorno sonrojante para muchos.

La ciudad que roza la tragedia en su principal noche no puede permanecer indolente, con esquemas anticuados o negándose a la apertura de ciertos debates por estar anclada en perspectivas simplistas. ¿Cuántos avisos más se necesitan para blindar el centro en la Madrugada? ¿Cuántas algaradas más se precisan para reducir drásticamente el número de sillas de la calle Sierpes, un auténtico avispero que ningún técnico de la Gerencia de Urbanismo debería autorizar con su firma? Importa muy poco que con la previsible reducción de asientos disminuyan las subvenciones cuando hay tanto en juego. Se exige altura de miras, que cada cual vea más allá de su loseta: el cofrade que protesta airadamente por un puesto de venta ambulante o que se niega a llevar agentes de Protección Civil porque los chalecos reflectantes afean el cortejo, el hostelero que despacha macetas de cerveza por una ventana directamente a la calle y comete abusos con los veladores, y hasta el vecino que se niega a usar los pases o que abusa de ellos, que de todo hay.

Con las reformas que se precisan, den por hecho que tendremos una Semana Santa más encorsetada y gélida, pero es el tiempo que nos ha tocado vivir, son los problemas que hay que gestionar. A otros, entre finales de los años ochenta y noventa de la pasada centuria, les tocó vallar la Avenida y soportar todas las protestas que se generaron; blindar la Gavidia al paso del Gran Poder, polémica incluida, y obtener la planimetría al detalle de una carrera oficial de la que se desconocía absolutamente todo porque estaba controlada por cuatro silleros que hacían y deshacían a su antojo.

Queda mucho por hacer. Muchísimo. El balance de detenidos, heridos, ataques de nervios, niños conmocionados y adultos afectados por el pánico es -repetimos- un cheque en blanco para el alcalde y el presidente del Consejo. La Madrugada es la Semana Santa. Todo lo que afecta a la Madrugada afecta a la Semana Santa. Para ganar en seguridad habrá que renunciar a cierto grado de libertad. La ciudad ya vivió varios días con espacios representativos del centro histórico acotados durante muchas horas a lo largo de una semana. Fue con ocasión del rodaje de la película Noche y día, protagonizada por Tom Cruise y Cameron Díaz. El acceso quedó restringido a los residentes. Basta declarar cuáles son las zonas de acceso restringido (la carrera oficial y el primer anillo del entorno, por ejemplo) y establecer los lugares de acceso mediante arcos de seguridad, como si se tratara de la Isla de la Cartuja en los meses de la Exposición Universal. Habrá con toda seguridad más cámaras de videovigilancia, un sistema de megafonía como el de los estadios, se pedirá la colaboración de entidades privadas para costear el nuevo dispositivo; se prohibirán las capuchas y el uso de pañuelos para taparse el rostro, habrá que someter a ciertas hermandades a la disciplina que marcan los criterios de seguridad, y los nazarenos recibirán normas por escrito, junto a las papeletas de sitio, sobre cómo reaccionar en momentos de histeria, cosa que algunos ya hacen motu proprio. Las cofradías tendrán que ser más humildes, pues habrán de reconocer que esto se ha ido de las manos, que la Madrugada está pasada de rosca. El poder político tendrá que comprometerse más. En menos de una semana debe haber una declaración de intenciones firme por parte del Consejo, una hoja de ruta que marque el camino hacia 2018. Lo peor sería dejar pasar los días y que la Feria duerma el debate.

Que no tengamos que pedir perdón a las generaciones siguientes por dejarles una Madrugada peor que la que recibimos. La Semana Santa está en la UVI, huele a alcohol y gofre. Suena a ripio. Es una bella dama en coma.

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