La tribuna

El nombre de la Virgen

  • El dolor de la Virgen no tiene nombre, ni tiempo ni vanidad alguna

El paso de misterio del Baratillo, con la Piedad y el Cristo de la Misericordia. El paso de misterio del Baratillo, con la Piedad y el Cristo de la Misericordia.

El paso de misterio del Baratillo, con la Piedad y el Cristo de la Misericordia. / Antonio Pizarro

Si la mirada pudiera expresar su preferencia en la recreación de algún instante sublime, rogaría detenerse en la belleza punzante que la primavera regala como pellizco de estímulo inesperado.

Si la mirada pudiera buscar en los rincones perdidos del pensamiento, plasmaría en el lienzo de la memoria el deseo y el anhelo íntimo del alma inquieta. Si la mirada supiera curar las heridas producidas por el arrastre de nuestra propia sombra oscura de pecado, si ella pudiera hablar con lengua desnuda de duda y ansiosa de piropo mudo, si la dejáramos libre, quedaría prendida en el sereno rostro de una Madre Dolorosa que muestra, cada Miércoles Santo, el desgarrado dolor como un verso enterrado en la tristeza.

No es relevante el valor de su manto, quién la talló ni el templo que la cobija

El día más hermoso siempre es el que más conmueve y no hay nada más conmovedor, no existe mayor zozobra para el espíritu que adivinar la realidad del calvario de Jesucristo en el dolor infinito que cada una de las imágenes de la Virgen refleja, y que cruza como un destello nuestra pupila para anclarse en el lugar donde las emociones juegan al escondite con la conciencia y la propia identidad.

Más allá del cumplimiento de la tradición y la admiración del exorno artístico, lejos de la cuidada compostura de cada paso de blancas flores de amor y cera, las delicadas manos talladas con mimo, la mirada inclinada con sutileza y las resbaladas lágrimas por la dulce tez de niña, revelan el conocimiento profundo que tuvo la madre de Jesús de la misión del Hijo y el aplomo y entereza con las que supo vencer el vértigo que produce el duelo de la muerte más amarga para ser digno sostén de Su cuerpo inerte y ejemplo perdurable y vivo de fortaleza, generosidad, fe y entrega.

Cuando esta tarde notemos el despertar de las calles que sestean esperando la llegada del abrazo de madre, sentiremos el efecto atemporal de Su inteligente proceder, de Su elegante dignidad a pesar del abatimiento y la soledad inconsolable.

Paseará por Sevilla con diferentes nombres, en diferentes sitios, con distinto rostro pero con similar sentimiento y serena mirada de aceptación de la tragedia. Emergerá la sensibilidad ante la pobreza del hermano desfavorecido y la preocupación por su asistencia y acompañamiento que la Dolorosa del Omnium Sanctorum representa y que forma parte de la cotidianidad de esta hermandad de generoso corte.

Quedaremos absortos ante el reflejo del profundo azul de la dulce mirada que, aún negada el agua que aliviara el tormento al Hijo, se abre como un mar de consuelo ante la necesidad de calmar la Sed de amor y fe del hombre perdido que encuentra el asilo del perdón en su ternura.

Buscaremos el Refugio de sus brazos cálidos en el barrio de San Bernardo, el amparo y la calma de su cuerpo erguido en pie junto a la Cruz a la espera del último aliento antes de la muerte cierta, y creeremos oír el gemido hiriente de su boca entreabierta por la angustia sostenida que harán rodar siete transparentes lágrimas por la suave mejilla.

Seremos testigos de la acaricia amorosa regalada a los niños que reciben ayuda franciscana para facilitar el desarrollo y estimulación temprana de sus capacidades y facilitar su integración en una sociedad que vuelve la espalda al valor de la diferencia. Una gentil obra de amor como la que tuvo la pendiente Madre al hacer descender la palmera que sirviera con sus frutos de alimento al niño en su huida a Egipto.

Este Miércoles Santo volverá la Dolorosa de mirada desconsolada a ser testigo del brotar de la sangre y el agua del costado de Jesús a causa de la lanza que Longinos clavó como prueba de la cruenta muerte. Y llevará junto al río al Hijo muerto en su regazo pisando arena y albero de una Sevilla iluminada por ciriales de misericordia y Piedad.

Esta tarde la Madre de Dios, por San Pedro, vestirá de luto el corazón y el semblante roto frente la imagen del Crucificado que atraviesa la plaza para adentrarse en las calles de un tiempo enmudecido ante la antigüedad de su rostro. Tronará en sus oídos las siete palabras pronunciadas por el Salvador del mundo antes de encomendar su alma al Padre, y verá el anochecer reflejar en su espiga de oro el dolor sostenido y el llorar de sus delicadas manos que no pueden proteger al Justo del inevitable prendimiento.

Todo está consumado.

No importa cómo la llamen, cómo se nombre ni por dónde camine. No es relevante el valor de su manto, quien la talló ni el templo que la cobija. El dolor de la Virgen no tiene nombre, ni tiempo ni vanidad alguna. El nombre de la Virgen es belleza, sencillez y ternura, es incansable, sublime y digno y posee la fuerza que dota el amor de Madre para vencer, en este Miércoles de amor, el fracaso y la debilidad de nuestras propias culpas.

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