En cada lágrima

Luz eterna

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En las naves del templo, sonaba en el órgano la marcha Jesús de las Penas. La luz del farol iluminaba levemente el breve espacio de la solería de mármol. Y todo volvía. Regresaban a esta calidez de la memoria, los hermanos que la sirvieron y amaron. Regresaba la espera de mis mañanas de marzo, para ver la hermosura creciente de la arquitectura de sus pasos. Regresaba la espera de todos los Lunes Santos, cuando era anunciado el reflejo primero de la luz, en los portones abiertos de bronce. Luego, el farol silueteado; los angelitos aprehendidos entre el rojo del monte y al fin… su mano sobre la roca y la Cruz. Se iba, levemente, hacia el Museo. Navegando por el mar de la tarde del Lunes Santo. Su mirada encontradiza esperando todas las miradas. No lo olvidarías. Que también te buscaba.

Seguía celebrándose la eucaristía. Palabras de vida eterna. Promesa cumplida del Nazareno. "Yo sé que lo veré, tal cual es". Y este abrazo a la vida, cada vez que nuestras hermandades consiguen que vuelvan a abrazarnos aquellos que hemos amado. Seguía Pantión sonando en San Vicente. Luz eterna.

Es el misterio de amor más grande que se vive en la intimidad de cada capilla y bajo la túnica de cada nazareno. Todo vuelve. Todos viven en tu encuentro. El abrazo partido que la vida separó vuelve a unirse. Generaciones cuya felicidad el día de la cofradía, no fue en vano. Instantáneas fundidas para siempre en aquel homenaje, en el ángulo donde quieres volver a encontrarte y reconocerte -en la bulla silente y en la calle- para que todo cobre la vida que te dieron.

No eres una de esas calles abandonadas sin cofradía, sino balcones abiertos a la memoria. Cuando desde el interior, todo quedó tocado por la gracia de la tarde. Como aquel patio de Navarros de tus amigos, al que siempre querrías volver cada Martes Santo. Túnicas colgadas. Corto es el camino de la gratitud, ancha la esperanza.

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