reliquias de la provincia

La Pascua saludable

  • Pilas vive el Domingo de Resurrección con una de las tradiciones más pintorescas: las carreritas, el revés de la calle de la Amargura.

La Virgen de Belén y el Niño Dios se encuentran, en la mañana del Domingo de Resurrección, en la Plaza Mayor del municipio. La Virgen de Belén y el Niño Dios se encuentran, en la mañana del Domingo de Resurrección, en la Plaza Mayor del municipio.

La Virgen de Belén y el Niño Dios se encuentran, en la mañana del Domingo de Resurrección, en la Plaza Mayor del municipio. / ayuntamiento de pilas

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La guinda de esta serie la pone la Pascua Florida. El Domingo de Resurrección se vive intensamente en la provincia, donde desde hace siglos se mantienen tradiciones de gran calado en muchas localidades, algunas tan peculiares que concitan la atención no sólo de los sevillanos, sino de numerosos visitantes del resto de España que acuden a disfrutarlas en un ambiente totalmente festivo. De todas ellas, hoy nos detenemos en las famosas carreritas de Pilas, con las que este municipio aljarafeño pone fin a los días de la Pasión. Un acto que va más allá del encuentro de María con Cristo, ya liberado de la muerte, y que atañe a las costumbres gastronómicas de este día.

Garrapiñadas, fuegos artificiales, pujas, rifas de flores, carreras y el fervor de los pileños. Son los ingredientes básicos de una fiesta declarada de Interés Turístico de Andalucía en 1998. Un calificativo ganado por su originalidad y antigüedad, pues sus inicios se remontan al siglo XVI. Cinco siglos de historia que cada año salen a relucir desde bien temprano. A las siete de la mañana del Domingo de Resurrección las bandas anuncian a los vecinos la llegada de esta gloriosa jornada. Acabó el luto. Todo a partir de entonces es alegría, de ahí que las dos hermandades que hacen posible esta tradición -la Soledad y la Vera-Cruz- cambien el hábito penitencial por los vítores propios de la festividad. A esa hora los pileños empiezan a congregarse alrededor de los pasos del Niño Dios y de la Virgen de Belén, patrona del municipio. La primera imagen es titular de la corporación soleana, atribuida al círculo de Montañés por los rasgos formales tan característicos en este tipo de tallas. Llegó a tener cofradía propia -con toda probabilidad, del Dulce Nombre de Jesús- hasta que ésta cayó en decadencia y la Hermandad de la Soledad se hizo cargo de su culto. La Virgen de Belén, perteneciente a la Vera-Cruz, fue realizada en el siglo XVI, de ahí su acusada frontalidad, propia de las imágenes talladas en dicha centuria. Sale el Jueves Santo, como Dolorosa, bajo palio.

Durante el traslado de los pasos a la Plaza Mayor es tradición repartir garrapiñadas

El Niño Dios procesiona en un templete dorado, en consonancia con los que se emplean en las procesiones del Corpus en las que participan imágenes del Divino Infante. La Patrona pileña lo hace bajo un característico palio rojo con bordados de principios del siglo XX, sostenido por ocho varales. Luce manto, también rojo, y con bordados a juego con las bambalinas. Se complementa con una ráfaga muy característica, con punta redonda -que recuerda a la que usa la Virgen del Rocío- y rematada con la figura de dos ángeles. Un atributo que, por su fisonomía, es propio del Barroco y del atuendo inspirado en la corte de los Austrias. Otra peculiaridad a tener en cuenta es el hecho de que esta imagen mariana -como ocurre con tantas otras de la provincia- presente distintas disposiciones a lo largo del año: de Dolorosa en Semana Santa, sosteniendo al Niño Jesús en la Candelaria o con un centro de flores entre las manos, como es habitual el día de Pascua.

El hecho de que ambos pasos tengan la referida configuración obedece a la necesidad de que su peso sea liviano para el acto central del día. El templete del Niño Dios se encuentra en la parroquia del municipio, mientras que el de la Patrona, en su capilla. El punto intermedio es la Plaza Mayor. Ambos comienzan a avanzar hasta dicho enclave después de que se haya pujado para llevarlos. Al Divino Infante lo sacan los más jóvenes. Mientras tienen lugar ambos traslados, se procede al reparto de las garrapiñadas.

Sobre las diez de la mañana ambos pasos llegan a los extremos de la Plaza Mayor. Entre las sagradas imágenes hay una distancia de 25 metros. En el centro se encuentran ya colocados los estandartes de la Soledad y la Vera-Cruz. Las insignias se inclinan ligeramente, un gesto que simboliza el comienzo de las famosas carreritas. Los portadores de ambos pasos se afanan, entonces, por ir al encuentro del otro. Es el momento culmen de la Resurrección pileña. Jesucristo, representando en su divina infancia, ha resucitado. Su Madre, al fin, lo halla. El revés de la calle de la Amargura que en tantos otros municipios, como Marchena o Alcalá de Guadaíra, se vivió tres días antes, actos de los que ya se dio cuenta en esta serie.

La tradición marca que las carreritas no deben superar las ocho. Cuando se ha alcanzado esta cifra, ambas imágenes se dirigen hacia la parroquia. Allí tiene lugar la celebración de la santa misa. El Niño Dios queda ya en el templo. La jornada continuará por la tarde, cuando la Virgen de Belén vuelva a su capilla. Lo hará en procesión de gloria. Antes de entrar en su sede canónica, el característico paso será vuelto hacia el pueblo. Comenzará entonces otro de los ritos del día: la rifa de las flores que han acompañado a la Patrona. Las que más alto se cotizan son las que se sitúan a los pies de la imagen o entre sus manos. El domingo concluye con un espectáculo pirotécnico en la Plaza de Belén.

Al día siguiente también es fiesta local: el Lunes de Estopines, en clara referencia a la antigua tradición que tenían los jóvenes de acudir a recoger las sobras de los fuegos de artificio para quemar los que no ardieron la noche anterior.

La actual configuración de las carreritas se debe al cambio litúrgico que aconteció en 1956. Cabe recordar que hasta ese año el sábado posterior al Viernes Santo era de Gloria, por lo que los actos de esta tradición se iniciaban dicha jornada. Debido a la reforma, se perdieron ritos propios de la Pascua pileña, como demuestra un arduo trabajo de investigación presentado cuando se optó a la declaración de Fiesta de Interés Turístico. Una de estas tradiciones era la del rompevelo. Consistía en descorrer la cortina morada que cubría el altar mayor de la parroquia durante los oficios religiosos de la Semana Santa. Se simbolizaba, así, la victoria de Cristo sobre la muerte y la instauración de la nueva Iglesia. A continuación, se lanzaba una multitud de cohetes, se repicaban las campanas y se encendían las luces de la iglesia, apagadas en señal de duelo.

Los pileños se vengaban entonces de quien traicionó a Jesús con la quema de un muñeco en la Plaza del Cabildo al que apodaban Judas. Este nombre se conserva en muchas localidades donde se encienden hogueras en distintas épocas del año rematadas también por un muñeco, caricaturizado, al que apodan Judas. El fuego siempre como elemento purificador y símbolo de la vida nueva.

El Niño Dios era trasladado la tarde del Sábado de Gloria de la capilla de Belén -donde se encontraba desde el Viernes Santo- a la parroquia, una procesión en la que tenían lugar las pujas para portarlo la mañana siguiente. La Patrona de Pilas se trasladaba bien temprano, al alba del Domingo de Resurrección y una vez que llegaba a la Plaza Mayor era cuando el Divino Infante salía de la parroquia. Cambios que, sin embargo, no han alterado la idiosincrasia de una jornada que se vive intensamente en esta localidad, que sirve de unión entre el Aljarafe y la Marisma.

Concluye aquí esta serie de los lunes de cuaresma con la que hemos querido dar a conocer algunas de las tradiciones peculiares de las cofradías de los pueblos. Una Semana Santa, eclipsada por la de la capital, pero que guarda ritos que se han convertido en el patrimonio inmaterial de muchas localidades. Reliquias que bien merecen una escapada a la provincia. Mucho por descubrir.

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