El amor

Cambio de escenario, mismo retraso

  • El Amor sufre otro año más las consecuencias de ser la última de la jornada al postergar su salida diez minutos.

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Otro escenario, pero la misma circunstancia. De nuevo el retraso acumulado de la jornada afectó a la Hermandad del Amor que tuvo que retrasar en diez minutos la salida de su cofradía. Pasadas las nueve de la noche volvían a abrirse las puertas del Salvador.  La plaza con el mismo lleno que por la tarde. Es el año del Salvador y todo lo que acontece en su entorno cogrega a la multitud.

Eso sí, había que ir andando con mucho cuidado. Más de un tacón alto de zapato lucido por señorita ataviada según los cánones del Domingo de Ramos se torció por los innumerables desperdicios que a esa hora ya se acumulaban en el suelo de la plaza. Hay cosas que en cinco años no cambian. Y la higiene también  necesita restaurarse.

Los cirios de los nazarenos eran ordenadamente encendidos cuando cruzaban el umbral de la puerta. Nunca antes, que para eso se han gastado las administraciones un buen dinero en la restauración del templo. Sin cruz de guía, el cortejo avanzaba por una plaza en la que un suave viento fresco había comenzado a colarse. En los balcones empezaba a servirse el aperitivo constituido principalmente por cerveza, varias copas de vino, y con más suerte, alguna tapa de jamón. Mientras, en los soportales, los vasos de plásticos se reproducían al mismo tiempo que la cofradía salía del templo.

De repente, en un instante, se hacía el silencio. La figura erguida del Cristo del Amor estaba plantada en la puerta. Un lustro para recuperar esta imagen. Cinco años para comprobar cómo se escucha el silencio en el Salvador. El crucificado bajaba la rampa lentamente. El Domingo de Ramos labraba otro perfil. El ruán llegaba por primera vez esta Semana Santa a la calle.

El Cristo se perdía por la calle Cuna. Detrás, una fila interminable  de cruces penitenciales. Cuando esto ocurría, algún sevillano que no cayó en la cuenta de que había cofradías ayer en Sevilla alzó la bicicleta por encima del público. La situación fue aplaudida. Aquello se había convertido en un espectáculo de acrobacia.

Muchos se fueron antes de que llegara el palio. Pero se perdieron sin duda uno de los momentos más exquisitos (aunque el término resulte cursi) de la jornada de ayer. El paso de la Virgen del Socorro era un ascua de oro enmarcado en la puerta del templo. Buen gusto en la vestimenta de la imagen y también en el exorno. Austero, pero elegante. Como la marcha con la que fue descendiendo la rampa, (sin duda, el artilugio más nombrado esta cuaresma).

A los sones de Cristo del Amor bajó hasta la plaza. Marcha fúnebre y momento solemne que enmudeció a todos. La señorita del tacón torcido ya no se acordaba de su zapato y un joven de chaqueta blanca no volvió a presumir de los tonos de su móvil.

En la vuelta, con menor público, también se recuperó otra estampa. Sobriedad y buen gusto hasta el último momento. Se pudo oler hasta la flor del naranjo tan maltratada por el tópico. Se daba así la última puntada a un Domingo de Ramos tan clásico que parecía más literario que real.

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