Darle vueltas a la cabeza de Caifás

HAY un estudio de jóvenes arquitectos. El taller de un carpintero. El de Miguel, artesano toldero. Pero la calle Antonio Susillo ha sido por tradición la de los escultores-imagineros. Antes de llevar el nombre del autor de obras como la estatua de Daoiz con su pedestal, el Cristo de las Mieles o los doce próceres del palacio de San Telmo, aquí tuvo su taller el propio Susillo con su pilón. También moraron Castillo Lastrucci, Manuel Echegoyán o Antonio Illanes. Todo ese legado recae en la actualidad en un imaginero proletario, un currante de la gubia, el bronce y la madera que se pierde por Triana en Viernes Santo.

Hijo de un tallista, José Antonio Bravo lleva casi 30 años en la calle Antonio Susillo, primero en una casa de vecinos donde compartía taller con otros tres escultores y un patio que le permitía utilizar resina de poliester; ahora en la esquina de la calle con Peral, en una estancia que denota el vértigo de los encargos y el sosiego de su realización.

La grandilocuencia de algunos discursos cofrades se caería como un castillo de naipes sin la mágica complicidad de lo pequeño, de lo escondido. En ese sentido, José Antonio, aficionado a la fotografía y a los nacimientos, es un artista de la talla y del detalle. Su presencia en la Semana Santa de Sevilla, en el museo itinerante más importante del país, es más propia del detallismo fotográfico de Antonioni en Blow-up que de la evidencia de las miradas perezosas.

Su obra está en los Gitanos, en cinco de los doce apóstoles de la Última Cena: sólo hizo San Pedro, San Pablo, Santiago el Mayor, San Judas Tadeo y San Juan. El resto no lo completó por desavenencias internas y relevo en la junta de gobierno. Está en la paloma que representa al Espíritu Santo en el paso del Decreto de la Trinidad; en los angelitos de la Cena; en los atributos -ángel, toro, león, águila- que jalonan a los Evangelistas del Cristo de la Buena Muerte (Estudiantes), que durante 17 años, émulos del hombre de Robert Musil, procesionaron sin atributos.

El imaginero de Antonio Susillo restauró las patronas de Niebla y de La Algaba. Se inspiró en una imagen de San Gonzalo con obra de Castillo Lastrucci y Ortega Bru para reinterpretar un paso con destino a la hermandad de un pueblo granadino. Superó la más dura de las pruebas: el visto bueno del obispo. Trabaja con el busto sin pelo, cual Nosferatu, de Caifás, un clásico de la imaginería.

Trabaja a la vista del público. "Nunca entendí el tabú de que no se podía entrar en el taller de un imaginero. Muchos tienen todavía el síndrome de la cortina. Yo no tengo ningún secreto. Me ayuda mi experiencia con la enseñanza. Trabajé en 67 pueblos de la provincia en un proyecto de la Diputación para enseñar la talla. Estábamos quince días en cada pueblo". Algún discípulo local de este joven maestro andará por ahí.

Con notable presencia en procesiones de la geografía granadina, incluida una Virgen de las Angustias que acompaña al Resucitado en el barrio del Zaidín, el reportero le pregunta si ha hecho algo fuera de Andalucía. "La mili", le dice su interlocutor ante el silencio del imaginero. "Me libré por el oído". "Fuera de Andalucía y fuera de España. Me encargaron una Virgen en Santiago de Chile".

Obtuvo su minuto de gloria cuando los telediarios destacaron su decisión de hacerle una radiografía en la clínica de Fátima a un San José de los Panaderos. "Quería estudiarlo por dentro, conocer sus defectos". Es escultor "pero por suerte o por desgracia, aquí lo que te da de comer es la imaginería. No existe otro tipo de clientes. Yo trabajo mucho para particulares". Semanas Santas domésticas de clientes que le encargan Cristos, Vírgenes, algún santo "y muchos Niño Jesús, eso nunca falla. Hay épocas en las que el taller parece un maternal".

Tiene un cliente singular. Un coleccionista de pasos en miniatura en los que los personajes son infantiles. Así hizo un Santo Entierro, un Cristo en la tempestad o pastoreando a las ovejas. Tiene en el taller una interpretación del Beso de Judas. El traidor y su maestro son dos niños. "A Judas lo he hecho bizco y con pecas".

Antes de que naciera su hijo, su Semana Santa era de escalera, trípode y muchas fotografías. Ese ojo fotográfico marcó su ojo escultórico. Su hijo, de 7 años, le acompaña en sus expediciones. "Le gusta este ambiente, mi trabajo, pero la Semana Santa no. Dice que con un Cristo, para qué hacen falta más. El pobre me acompaña a los besamanos, a los compromisos con las hermandades".

Trabaja con madera de cedro. "Si no tienes presupuesto, la alternativa es el pino. Y para las cosas pequeñas, el caoba". Un San Juan Bautista con pelo rockero preside la estancia. Con cinco de los doce apóstoles, cena incompleta de un imaginero de la Puerta de la Carne que es del Buen Fin y la Pastora de San Antonio.

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