De capa y cola (Un paréntesis en las vísperas)

Dios de la ciudad

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Se sienten en esta estancia los instantes que pregonan la agonía. Bajo la manta de acentuada mezcla cromática (una de vena sensible) se esquiva la humedad de los días sumidos en este invierno que no acaba de marcharse. Les han anunciado que tienen que abandonar su casa. Su hijo los pone en la calle. Papeles asientan leyes que escapan a la razón del corazón. Y a la de la propia mente. La cruz de los años ha encontrado otro puñal para hurgar en la cicatriz que no supura. Aquel niño que llevaron de la mano a ver cofradías es hoy quien les enseña el camino más corto para llegar a una residencia. Extrañas manos cuidarán sus cuerpos, que el alma ya está herida de muerte. La pena es honda, cabal. Sólo un rostro ennegrecido conoce el peso exacto del dolor. Dulce consuelo cuando todo parece perdido. Dios de la ciudad.

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