El epílogo de la semana santa La cofradía del Resucitado pone el broche final

El 'otro' Domingo de los niños

  • La hermandad de la calle San Luis realiza una estación de penitencia marcada por el frío de la madrugada y por una abundante presencia de público en el recorrido de regreso al templo de Santa Marina

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"Así se acaba la Semana Santa: aquí, en Santa Marina. ¡¡A ésta es!!". Así llama a sus hombres el capataz del Señor Resucitado antes de iniciar la última chicotá del año, la que conduciría el paso al templo mudéjar de la calle San Luis. La llamada suena a reivindicación. Un joven que quizás se quedó por alguna razón sin poder ponerse el costal, medalla de la hermandad al cuello, se agarra a los pies de uno de los costaleros del Señor; le llueven lágrimas en las mejillas. Es el final de la Semana Santa 2008. Todo se ha consumado. Un sol de esperanza reina en San Luis después de una madrugada fría de verdad.

"Tiene que haber un encaje de alguna manera al final del Sábado Santo, tenéis más derecho que otros", le espeta un hombre a un nazareno blanco de la cofradía en la calle Doña María Coronel. La voz del penitente es casi imperceptible, pero el debate forma parte de la esencia de la corporación. El día ha amanecido soleado y la cofradía goza del premio de una mañana radiante de Domingo de Resurrección. El domingo es el día de los niños pequeños. Ellos no entienden aún de nostalgias y piden cera y caramelos sin desmayo a los agotados nazarenos. Como si nada, como si la luz del día, que es la misma del Domingo de Ramos, no anuncie ya el adiós irremisible. Los pequeños son mayoría en la mañana de regreso al templo de la calle San Luis. En la Alfalfa, en Santa Ángela, en Doña María Coronel, en Bustos Tavera. Pero ellos no son los únicos. Chaparrón de más, hermandad de menos en la calle igual a ganas de cofradías contenidas al día siguiente. Ésa es la ecuación de la matemática de la bulla sevillana. Cada año hay más público que el anterior para ver al Resucitado. También en la Campana, al paso por una carrera oficial desmontada. "¿Has pasado frío?", le dice una niña a su padre, nazareno del paso del Señor.

En San Marcos es la una y pico de la tarde y el tiempo invita a acercarse. La Virgen de la Aurora viene radiante por Doña María Coronel. El Señor Resucitado entra en la calle San Luis a sones de La Saeta. Es su barrio y los pétalos de flores les llueven desde los balcones. Caen margaritas. Hay saetas, dos de ellas, que le cantan al Señor y a la Virgen de la Aurora junto al colegio de la Salle, excelentes.

El cortejo de la última cofradía del año se permite ciertas licencias y los tramos de nazarenos están desordenados. Hay espacios más amplios de lo normal entre ellos en el regreso. La marea de niños con sus respectivos protegitores desdibuja aún más el orden de la cofradía. Algún turista a punto de embarcar apura las últimas fotos de la Holly Week que se acaba. No falta la tensión de cada año con aquellos que refunfuñan porque alguien se les colocó delante en el último momento. La estación de penitencia del Resucitado se ha celebrado con la normalidad de una madrugada fría y una compañía poco numerosa. Un diputado de la hermandad explica cómo la Policía tuvo que reducir al despistado conductor de un coche que intentaba salir de la calle Feria a las seis de la mañana por medio del cortejo. Fue el único incidente digno de mención.

Un coro del colegio de la Salle canta al palio una canción dedicada a la Virgen de la Aurora. El Señor está entrando en su iglesia. El sol pica. Todos los sustantivos van precedidos por el adjetivo último en los labios de los presentes. El Cristo que anduvo sobre la mar se adentra en su templo diciendo adiós a Sevilla con el gesto victorioso de la Resurección. Se despide por todas las demás. Por las que salieron y por las que se quedaron esperando el chaparrón. Dulce epílogo en Santa Marina para la esperanza.

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