Vía crucis del consejo de hermandades El Cristo del Buen Fin presidió el cortejo

Dosis de sobriedad y sencillez franciscanas

  • El cortejo estuvo marcado por la compostura, a pesar de estar arropado por menos público que en años anteriores

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La sobriedad franciscana frente al bullicio de años anteriores. Sería éste un buen término -con muchas posibilidades de caer en el más reiterativo de los tópicos- para calificar el ambiente general que predominó ayer en el Vía Crucis organizado por el Consejo de Cofradías y que fue presidido por el Cristo del Buen Fin.

Lejos de los vía crucis donde la sagrada imagen elegida lograba convocar a un gran número de personas, este año el acto -sobre todo en el itinerario de ida- gozó de un ambiente más familiar, casi íntimo, donde la cercanía a las andas que portaban al crucificado contrastaba con las aglomeraciones vividas en otras ocasiones, donde acercarse siquiera al cuerpo de acólitos era tarea bastante ardua. No hubo bulla, pero no faltó la solemnidad -principalmente en la Catedral-, a pesar de discurrir el cortejo por un recorrido que no ayudaba precisamente al recogimiento (todavía estamos en rebajas).

El cortejo se puso en la calle a la hora fijada. Puntualidad máxima en todos los horarios. Minutos antes, el hermano mayor, Carlos Bourrellier, se refería a las intenciones del Vía Crucis: los impedidos. Y una muy especial: A Mari Luz, la niña onubense que lleva más de un mes desaparecida.

Mientras, el olor a café del bar Rodríguez se mezclaba con los primeros sahumerios que salían del convento de San Antonio. Poca gente. La precisa quizá para escuchar las voces de la coral portuense. Otra de las ventajas de los vía crucis donde no hay excesiva aglomeración. Se puede disfrutar de los cantos litúrgicos -en otras ocasiones ni se detectaba la presencia musical- y de ciertos detalles que para percibirlos hay que estar en una relajada primera fila.

Lo primero a destacar: Riguroso color negro en los hermanos que integraban el cortejo, sólo roto por el marrón franciscano de los hermanos del convento que cortejaban la insignia que representaba su orden (estreno del día). Y, todo hay que decirlo, por alguna que otra corbata que gritaba en el oscuro de las filas. Por lo demás, perfecto orden en los acólitos, junta de gobierno, coral, música de capilla -con coro inglés incluido- y en los servidores, de librea y mucha, mucha gomina. Se constata así la tendencia cada vez más proclive a ese folclore negro que están asimilando ciertas hermandades a la hora de organizar este tipo de cultos.

Una de las invitadas a portar el Cristo del Buen Fin a su salida fue la delegada de Fiestas Mayores, Rosamar Prieto, quien por razones de altura iba la primera. Su vestuario -en la mayoría de las ocasiones negro- iba en perfecta consonancia con la estética predominante. Dejaba el cortejo la Plazuela de San Antonio, donde algunas vecinas adornaron sus balcones con colgaduras rojas y azules, y se encaminó hasta la Plaza de San Lorenzo.

El tránsito por este lugar, que recuerda la melancolía del otoño, fue uno de los momentos más solemnes de la jornada. Las hermandades del Dulce Nombre, la Soledad de San Lorenzo y el Gran Poder recibieron con sus estandartes al cortejo. Mientras, una luz suave, muy tenue, iba intercalándose por las ramas de los árboles. Sonaba Christus factum est y se hacía el silencio, sólo roto por los trinos que avisan ya de una inminente primavera. Después continuó el itinerario y con él se acabó la lírica hasta aquí descrita. Escaparates, luminosos, olor a hamburguesa, bolsas de grandes almacenes, y alguna que otra música que no era precisamente de carácter penitencial.

Se rompió el intimismo hasta ahora logrado (adiós al fácil recurso), pero no el orden y respeto de los hermanos que supieron mantenerlo hasta la llegada a la Catedral. Gran esfuerzo a pesar del coche de Policía Local que con su sirena luminosa abría el cortejo y más bien parecía hacer las funciones de un muñidor. A ello se unía el público asistente en esos momentos, que aprovechaba las últimas rebajas y cuyo comportamiento no era el más procedente para un acto como el de ayer.

Nada que ver con el ambiente que se vivió en el interior de la Catedral. Luces apagadas y estreno musical. Más gente incluso que en la calle. El cardenal recibía a su hermandad. El Cristo entraba a la hora fijada. Las cruces de las hermandades colocadas en su sitio. Y junto a la cruz de San Benito, otra cruz, la que soportan durante un mes los interinos de educación primaria que llevan encerrados un mes en la Catedral.

Tras la reflexión del cardenal se puso el cortejo de nuevo en marcha. Tocaba regresar. Mientras, el viento frío había aprovechado para hacer acto de presencia tras una tarde de temperaturas tibias y agradables. El Cristo de Buen Fin se encaminaba hacia el andén del Ayuntamiento. No faltó el nuevo espécimen cofradiero: el fotógrafo de turno que a todas horas quiere sacar una cofradía bajo las catenarias.

La sobriedad también se impuso a la vuelta. La junta de gobierno quiso que a partir del Ayuntamiento el Cristo quedara depositado en los hombros de quien quisiera. Un ejemplo, como tantos, de hermandad franciscana.

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