Cuaresma · Mis personajes

Leyenda viva del Lunes Santo

  • Criado a la vera de uno de los grandes sacerdotes que mejor entendieron las cofradías, el extremeño Eugenio Hernández Bastos, Manuel Yruela es un libro abierto de historias y anécdotas.

Sevillano de honda memoria. Se fotografió con el primer avión Super Constellation que aterrizó en Tablada, jugó con bolas de nieve en el Patio de los Naranjos y en la Plaza de Santa Cruz en 1954 y cumplió el servicio militar en el servicio secreto del Ejército del Aire. El pasado marzo le echó el cierre a su relojería y joyería de la Plaza de San Francisco, un local que su padre alquiló en 1933. Manuel Yruela (Sevilla, 1935) es un archivo vivo de la Semana Santa. Hermano número 3 de Montserrat, hermano número 19 de Santa Cruz, hermano mayor de la Redención entre 1991 y 1995, delegado del Lunes Santo de 2000 a 2008, etcétera... "Nací en la calle María Auxiliadora, pero entonces no se llamaba así porque era los años de la República. El marido de una tía abuela mía me apuntó en Montserrat, donde comencé a salir con varita. Por eso soy de los más antiguos hoy".

Cuando la familia Yruela se traslada a la calle Rodrigo Caro, comienza la vinculación con Santa Cruz. "A mi padre lo cogieron como secretario. Y a mí me encargaron un capirote muy alto para parecer mayor y que me dejaran salir antes de cumplir los 14 años". Después se trasladaron a la calle Adriano, por lo que alguno de los nueve hijos del matrimonio se apuntó al Baratillo.

En 1955 se funda la Hermandad del Rocío, fruto de la labor de unos tertulianos del bar Vinolandia, en la calle Hernando Colón. Por allí paraban, entre otros, Marín Vizcaíno, Francisco Justo Nieto Pérez, José López Prieto y Manuel Yruela Antiñolo. "Pero mi padre no ejerció como fundador. Más bien fue testigo de todo aquello. Eso sí, su fecha de inscripción como hermano es la misma que la de la fundación de la cofradía".

En los comienzos de esta hermandad adquiere un especial protagonismo un cura de Hervás (Cáceres) que sería clave para la forja de Yruela como cofrade: don Eugenio Hernández Bastos. Este sacerdote presidió la gestora que dirigió a la hermandad en sus primeros 21 años de existencia. "Se puede decir que la hermandad no nació como debiera. Eso de fundar una hermandad de penitencia en Santa María la Blanca, desde donde se sabía que no se podía sacar una cofradía..." Como la hermandad no obtuvo el permiso eclesiástico para salir, alguien apostó por pedir amparo nada menos que al gobierno civil, que derivó el asunto al Arzobispado. Don Eugenio expuso el problema a Bueno Monreal. Casi le planteó la disolución de la hermandad, pero el arzobispo le contestó: "Esto es lo mismo que cuando uno trae un hijo al mundo. Hay que pensarlo muy bien antes, pero si finalmente lo trae hay que criarlo, educarlo y sacarlo adelante". Y la autoridad eclesiástica nombró la gestora con don Eugenio al frente. La primera salida de la cofradía aconteció en 1959, con un solo paso, con candelabros de la pastora de Triana, y poco más de 80 nazarenos desde la iglesia de la Misericordia. Los ciriales eran prestados por el Gran Poder. "Yo tenía 24 años y llevaba el libro de reglas. Hacía tiempo que no se estrenaba una cofradía. Había expectación y la verdad es que la gente se volcó".

Cuantísimos cofrades se han forjado como tales a la vera de aquel cura inolvidable, que se caracterizaba por la especial atención que prestaba a los niños y a los actos que se convocaban para ellos, como el pregón del Niño Cofrade. "Veía el futuro en los niños. Tal vez por eso la hermandad ha experimentado tanto crecimiento". Yruela estuvo trabajando codo con codo con Hernández Bastos muchísimos años: "Cuando yo era el secretario aludía al latín para explicarme el significado etimológico del término secretario".

Ha conocido Semana Santas en las que las sillas se cogían la misma mañana del Domingo de Ramos, "como ahora se hace con los asientos del Corpus". Aquellas sillas tenían en el respaldo la publicidad en forma de abanico de Casa Rubio, también especializada en paraguas. Semanas Santas con muy pocos policías locales, por lo que la guardia de gala en la representación de la Ciudad en los palcos la hacían bomberos. Ha visto hundirse una tribuna de sillas de la Plaza de San Francisco un Jueves Santo. "Las señoras de mantilla cayendo eran un espectáculo". Y, por supuesto, cuaresmas en las que se encargaba del reparto de las túnicas de su cofradía en colaboración con su amigo Fernando Baquero. "Él como mayordomo y yo como secretario lo hacíamos todo con lápiz y papel, sin necesidad de ordenadores".

Las hermandades del Lunes Santo lo eligieron como su delegado, pese a estar fuertemente vinculado con una cofradía del día. "Sabían de mi ecuanimidad. Quiero al Lunes Santo como a un hijo". Y una de las anécdotas que más recuerda con cariño estando en el palquillo de la Campana al paso de la Candelaria: "Un nazarenito con vara se acercó y nos dio la mano a todos. Nos dijo que como nuestra mesa tenía colgadura y unos grandes sillones debíamos ser gente importante, por eso nos saludaba".

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