Por Derecho

Luego se fue vistiendo...

DE no sé qué ropajes y la fui odiando sin saberlo". Con frecuencia, y ahora, al comenzar la cuaresma, vuelvo a hacerlo, evoco los famosos versos de Juan Ramón, pertenecientes al Poema V de sus Eternidades y los aplico a mi relación con la Semana Santa. La complicación se ha apoderado de esta fiesta de tal modo que es difícil moverse ya sin brújula en un mundo que se muestra cada vez más artificioso y tornadizo. Mucha desmesura. Más anécdota que categoría. Poca esencia. Se desdibuja el fundamento religioso de la celebración y ponemos la atención, el interés, en lo que debería ser instrumental y secundario. Peleas por capataces, anuncios más o menos mediáticos de futuras candidaturas o alquimias sobre horarios y recorridos ocupan titulares de periódicos, de blogs y de tertulias. Abundan los actos de emulación. Prolifera el politiqueo. Y todo ello impulsa una dinámica sin freno que puede acabar con la afición.

En esos momentos de zozobra, en los que uno piensa que no merece la pena prestar atención a tal montaje, vuelvo a Juan Ramón, recordando esa Semana Santa que vino, primero, pura, vestida de inocencia, a la que muchos amamos como niños. La nostalgia de un momento pasado, más íntimo y sencillo, por verdadero, se apodera de nosotros. No se trata sólo del paraíso perdido de la infancia. Es el recuerdo de una manifestación religiosa, en la que se combinaban proporcionadamente espiritualidad, historia y estética, que arrastraba con el poder de atracción que sólo logra lo sincero.

No se pretende defender con ello que las hermandades fueran en otro tiempo un camino vocacional para vivir el cristianismo, el cual haya que recuperar a toda costa. Nunca tuvieron ese objetivo. Basta con recobrar el tino para captar su esencia, con no olvidar que nacieron con el fin de dar culto a Dios a través de las imágenes y con encontrar en las cofradías un modo de identificación con nuestra historia y, para muchos, con lo que creyeron y vivieron nuestros padres y abuelos. Una forma simple y sincera de espiritualidad.

En estos artículos uno no espera, aunque aspire a ello, dar el nombre exacto de las cosas, suponiendo que todas lo tengan, pero sí traer a colación lo que de más puro y desnudo, más esencial, tiene para todos esta fiesta.

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