De capa y cola (Un paréntesis en las vísperas)

Muerte y victoria

Cae la noche sobre las viejas entrañas de la ciudad. El telón oscuro cubre el cielo del primer lunes de Cuaresma. La lluvia es una constante amenaza. Miradas en vertical que interrogan a un universo huérfano de estrellas. Sobre el negro manto del infinito emerge una columna de luz con brillos más o menos dorados. Hace viento, mucho viento. Aires que apagan cirios sostenidos por manos que aguantan la humedad y el frío.

El luto lo anega todo. Abrigos, chaquetas y trajes femeninos que se olvidaron de ceñir el cuerpo (pura abstinencia para la vista). No hay más color que el morado de unos lirios que acarician los pies que son ya presos de la muerte. El Cristo carretero  va camino de la Catedral por el rincón más bello del mundo. Allí le esperan catorce estaciones que le recuerdan el sendero andado. A los pies de la Giralda la cabeza de Dios inerte. En su cúspide, la Fe que pregona la victoria: la vuelta a un tiempo que nunca se fue. 

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