Cruz y guía

Muriendo entre naranjos y saetas

  • Gozo grande por este Lunes Santo que incrementa su nómina con ese punto de evangelización que es la cofradía del Polígono l Día con dos Cautivos en la calle, cobra gran protagonismo el azahar de San Vicente.

TODAVÍA no habrá cantado el gallo y ya viviremos momentos de ensueño. Llegará inevitable la madrugada y la Plaza Nueva se llenará de un gentío abigarrado desde la Casa Grande hasta el Rey Conqueridor. Tras la congoja de ver cómo Jesús muere poco a poco entre azahares, inciensos y al aire de Sevilla, la sevillanía de ver cómo por el Andén viene la Virgen de las Aguas sobre los pies, siempre sobre los pies de sus hermanos costaleros. Será todo sobre la medianoche, que a esa hora es cuando la Virgen de las Aguas surca el Andén del Ayuntamiento al son de Amarguras, de dos o tres veces la gran pieza de Font de Anta.

Aleluya. En esta Semana Santa se abre un nuevo frente hacia esa Sevilla extramuros que también tiene derecho a participar de esta especie de comunión a lo sevillano. Hoy viene una nueva cofradía a la Catedral y eso es motivo de alegría y señal de que la gran celebración está viva, muy viva, y que no es cosa sólo de rancios y de gente con chaqueta azul y corbata. Un nuevo Cautivo y que llega desde tan lejos como el que viene desde el Tiro de Línea, doce o trece horas de camino, una penitencia tremenda si no fuese por el motor que es la ilusión de esos sevillanos que llevan tantos años en lista de espera.

Dos cortejos maratonianos y una barbaridad de gozo bajo los naranjos del Barrio León. Si hay una cofradía que en este día tenga sabor a pueblo sin ser de pueblo, ésa es la de San Gonzalo, Nuestro Padre Jesús en su soberano poder ante Caifás y Nuestra Señora de la Salud. Y bajo esos naranjos de allí donde Triana ya no es Triana se vive una gran manifestación de fervor, sobre todo cuando los asilados de la Avenida de Coria rinden pleitesía entre naranjos y saetas.

A esa hora, más o menos a esa hora, el Lunes Santo, día de bullas y de escenificaciones excelsas en ese reino del azahar que es San Vicente, la del Beso de Judas y Nuestra Señora del Rocío habrá iniciado un camino lleno de compás y de buenas maneras, que hay que ver cómo se mueve el paso de esta Virgen salida de la gubia del prolífico Antonio Castillo Lastrucci. El camino de ida ya es una fiesta, pero es que a la vuelta no se puede aguantar por ese tramo mágico que va de Cuesta del Rosario a la Alfalfa.

...y Santa Marta. El misterio de los hosteleros es una de las cumbres de la gran celebración, del mágico ritual que estamos contemplando en la mayor ópera urbano que conoce Occidente. Contrapunto en el tiempo de las maratonianas que abren el día, sólo cuatro horas en un recorrido de abrir y cerrar de ojos, la representación del traslado al sepulcro de Jesús es de una belleza increíble asentada en un paso neobarroco de mérito indudable. Y ante Santa Marta se abre el primer motivo de congoja en un lunes único que no se tiñe de marrón en el calendario del año según Sevilla.

Ya con cinco cofradías en la calle hay que adentrarse por el reino del azahar para ver lo que se cuece por allí. Hierática la antiquísima imagen del Cristo de la Vera Cruz por Gavidia, tanto a la ida como a la vuelta, tiene un empaque grande la cofradía de las Penas en su aparición por Cardenal Cisneros. Y mientras se aguarda a que Cristo tome su último hálito entre los naranjos del Museo habrá que extasiarse con la Virgen de Guadalupe, obra magna de Luis Álvarez Duarte, escapando del Arenal  y de las catenarias.

Pero esta cofradía tiene un momento indescriptible en su caminar de vuelta cuando ha superado el Arco del Postigo para darse de frente con el punto exacto en que perdió a uno de sus costaleros. Nueve años ya de aquel sacrificio de Juan Carlos Montes bajo la trabajadera y momento emocionante en el homenaje que su cofradía le rinde cada Lunes Santo, cada vez que supera en un apasionado no quiero verlo el Postigo del Aceite y cuando la casa propia está sólo a tiro de piedra.

Pero en este día hay que volver obligadamente al papel que en él desempeña la cofradía que mora en el Museo. Espléndida hermandad del Museo,  llama viva de fe en derredor al Cristo de la Expiración y a la Virgen de las Aguas, dos imágenes bellísimas sobre sendos pasos con la medida justa, que a ver qué palio se mueve con el temple, la fijeza y el ritmo como se mueve el de la Virgen de las Aguas. Cortejo sin dientes de sierra, todo en do mayor. Desde que sale, ya abierto el azahar que rodea la estatua de Murillo hasta que entra, la cofradía del Museo camina sin mirar el reloj, gustando y gustándose siempre, moviéndose el palio a los sones de Virgen de las Aguas, casi siempre a los sones vibrantes de esta marcha procesional.

El camino de vuelta de la hermandad del Museo a su casa es cita de obligado cumplimiento, quizá la cita más obligada de todas las del Lunes Santo. Sin apuros, aunque ajustándose todo lo que puede al horario de forma disciplinada, la cofradía es una apoteosis de sevillanía desde que entra en el Andén hasta que se despide en el dintel de su iglesia del Museo bajo un fuego cruzado de saetas que van y vienen mientras el Cristo toma su último aliento y la Virgen mira hacia Él, sólo quiere verlo a Él, con la vista superando un mar de cabezas que saben que desde hace un buen rato es martes, Martes Santo.

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