La semana santa de... Jaime Ybarra

"Oigo la saeta a la cruz del Silencio y me quedo aturdido"

  • Sus vivencias más directas están entre el Silencio y la Candelaria, sus recuerdos en las sillas junto al 'Cronómetro' y su pasión es ser nazareno cada Madrugada

Lleva sangre de primitivo nazareno. Conversador pausado y de referencias continuas a su hermano Ramón, alma mater de la Candelaria en tiempos felices y revueltos. Nazareno fiel de las Madrugadas en San Antonio Abad, de las que sólo guarda un mal recuerdo. "De los sucesos en la Madrugada del año 2000 no quiero ni hablar, porque lo pasé tan mal… Menos mal que Dios nos dio serenidad". Jaime Ybarra (Sevilla, 1938) es fijo cada año en ver la Candelaria "por Argüelles" y en la Plaza de la Contratación, la salida de San Bernardo desde casa de su hija y la entrada del Cachorro. Aprendió a vivir la Semana Santa desde muy niño: "Aunque realmente la hermandad de mi familia ha sido de siempre la del Silencio, como de pequeños vivíamos en la calle Conde de Ybarra, que está a cien metros de la iglesia de San Nicolás, la primera cofradía en la que salí fue la de la Candelaria. Tendría yo ocho o nueve años. Como éramos niños, mis padres no me dejaban salir de madrugada, ni de nazareno, ni simplemente a ver las cofradías. No salíamos. Además de ser hermano mayor de la Candelaria, Ramón salía también en el Silencio. Y salíamos los dos juntos. Él iba en la presidencia del Señor y yo salía como antonino".

No olvida su primer día con túnica y capirote: "De mi primera salida en la Candelaria recuerdo que todo me llamaba la atención. La entrada en la Alfalfa siempre ha tenido para mí un gran recuerdo. También la plaza de Argüelles hasta entrar en la Campana. Casi todos los vecinos de la zona de San Nicolás estaban por esos tramos del recorrido. Y no digamos cuando salíamos de la Catedral y entrábamos en la Plaza de la Contratación, calle San Fernando y la entrada apoteósica en los Jardines de Murillo, que es algo que gracias a Dios perdura y espero que por muchos años. Desde niño hacía el recorrido entero. Siempre. ¡Y cualquiera me sacaba de la cofradía!"

Como tantos niños, comenzó a ver cofradías en plena carrera oficial: "Recuerdo a la perfección que en la calle Sierpes, donde está el Cronómetro, nuestro padre nos sacaba el abono de las sillas para toda la Semana Santa. Era un sitio estupendo, porque las cofradías no terminaban muy tarde de pasar. Eran unas sillas idóneas para unos niños que querían verlas todas, porque había que verlas todas y ese sitio nos lo permitía. Nosotros éramos seis hermanos. Yo soy el quinto. Los dos mayores ya no iban a las sillas, pero sí estaban con nosotros nuestros primos. Podíamos reunirnos en las sillas doce, catorce o dieciocho… En aquellas tardes en las sillas me dedicaba a hacer lo que hemos hecho todos los niños: la bola de cera, pedir caramelos, protestar porque te mandaban a casa porque era muy tarde… A la vuelta a casa nuestro padre nos daba dinero para comprar una rueda de calentitos en la Cuesta del Rosario. No se me olvidará nunca. La tomábamos al llegar a casa".

Ser del Silencio imprime carácter todo el año: "Los Jueves Santos por la mañana siempre íbamos y sigo yendo a San Antonio Abad. Jamás se me olvidará mi primera salida en el Silencio. En cuanto tuve la edad requerida, salí de nazareno. Fui con un cirio en la Virgen. La primera salida en una cofradía como el Silencio, como se es muy joven, nos impresiona desde que entramos en la iglesia hasta que volvemos a ella. ¡Si me sigo impresionando hoy! Cuando aún estás en el patio y ya se han abierto las puertas y oyes que ya le están cantando la saeta a la cruz, te quedas realmente aturdido. Todos hemos estado en otros templos cuando se ha formado una cofradía y no tiene absolutamente nada que ver con lo del Silencio. Nada".

Se siente un privilegiado por vivir la Madrugada en el interior de San Antonio Abad: "De aquel primer año me impresionó que la cofradía, ya de regreso, llegó al quicio de la puerta del templo cinco minutos antes del horario, y se esperó para entrar a su hora en punto. Los nazarenos entramos y nos vamos disponiendo por el templo para recibir a la Virgen de frente. El ruido de los costaleros descendiendo por la tarima, ¡eso es lo que más impresionó y me sigue impresionando de toda la cofradía! Es una mezcla de sentimiento y de emoción. Es una pena que el público de Sevilla no pueda ver el espectáculo por dentro que es la entrada del Silencio. Es increíble, algo fantástico. Mi primer año de nazareno íbamos muy pocos nazarenos en la cofradía. Como la cofradía de la familia era el Silencio, ¡qué sé yo cuántos Ybarra estábamos allí!"

Relata cómo desde niño conoció el milagro del azahar: "Desde muy pequeño siempre he oído antes de la Semana Santa comentarios de preocupación sobre si había llovido o no lo suficiente y si había hecho o no frío. Todo porque no sabíamos si habría azahar para el paso de la Virgen de la Concepción. Y la realidad es que la Virgen tenía y tiene su azahar. El milagro del azahar. El azahar podría venir de diferentes fincas, dependiendo del año y del clima".

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