La Borriquita

Palmas para el Salvador

  • Una procesión iniciática que lleva por Orfila un Heraldo de la primavera

A las dos menos veinte se cerraban las puertas del templo. Muchos se quedaban fuera porque la cola para ver los pasos del Salvador se mezclaba con quienes tomaban cerveza en los soportales de la plaza, esas viseras urbanas que tanto le gustan al arquitecto Fernando Mendoza, nombre fundamental de lo que van a ver quienes consiguen entrar antes de que el hombre cierre la puerta.

Todavía no ha salido la Borriquita, Sevilla puerta de Jerusalén, y hay otra cola dentro de la iglesia: la de quienes quieren ver de cerca Pasión, el hijo de Dios más humano de todas las teologías. Cristo múltiple que saldrá a lomos de la borrica que antes nadie montó, según el relato bíblico.

Lo haría por la rampa que en las horas previas era un parque infantil donde los niños hacían snowboard. Cuando se ven los ciriales por Cuna, ya está la ciudad convertida en patio de butacas. Orfila parece que va a recibir a un Heraldo de la primavera. El niño que acababa de nacer en el relato de la Epifanía es el mismo que ahora se dirige al Gólgota a morir. La vitualla llena los bares y los bancos de la plaza de San Andrés sirven de picnic cofrade.

Es la procesión iniciática. Dos niñas en la puerta interior del templo colocan la palabra Amor en las solapas. La que justifica toda esta sucesión de escenas. Si la Semana Santa tiene tantos siglos de vida, es porque tiene por cimiento esta apoteosis de nazarenos de tan pocos años. Salvador al cuadrado que lleva a los niños por Cuna en una mágica redundancia. El tiempo acompaña aunque la semana es larga. Y santa. Pasa la Borriquita y se levanta el anfitreatro de la calle.

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