Perfección sin masas y con frío

  • El Vía Crucis del Cristo de las Cinco Llagas ofreció un recorrido de bellas estampas pero con una asistencia discreta de público en los traslados.

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Fue el 28 de febrero de 2002 cuando el entonces arzobispo de Sevilla, monseñor Carlos Amigo Vallejo, actual cardenal, bendijo el crucificado de las Cinco Llagas. Aquel "Hijo de la Esperanza" -como así lo bautizó su autor, Luis Álvarez Duarte- 14 años después ha protagonizado el Vía Crucis del Consejo de Cofradías. Menos de dos décadas le han bastado para que su advocación llene los titulares de este primer lunes de cuaresma. La imagen más joven que preside este culto que comenzó en las horas vespertinas de una jornada laboral, cuando pocas son las personas que están exentas de obligaciones laborales o domésticas y al que este año se ha sumado una temperatura que invitaba poco a echarse a la calle. Condicionantes, sin embargo, que en nada empañaron la solemnidad y la perfecta organización de un cortejo que discurrió por un itinerario de gran belleza donde el público fue incrementándose conforme se acercaba a la Catedral.

El Vía Crucis de este año tampoco ha sido de grandes masas. Hay que remontarse bastante en el tiempo -quizás al de la Candelaria, que se celebró en vísperas de un festivo- para afirmar que este acto llenó las calles desde su inicio hasta el fin. Varios son los condicionantes que juegan en su contra, principalmente, que se celebra un día laborable y a unas horas en las que -excepto esa Sevilla que disfruta de las tardes libres- son laborables. Pero la falta de esa masa de público no restó ni un ápice de belleza a un acto que estuvo desde su inicio bien organizado y que discurrió por un itinerario repleto de belleza. Incluso en algunos momentos, dicho déficit resulta beneficioso para un culto pensado para el recogimiento y la reflexión. 

Otro de los factores a los que se ha enfrentado este año el Vía Crucis ha sido el drástico cambio que han experimentado las temperaturas durante el pasado fin de semana. La bajada del mercurio ha venido acompañada de un fuerte viento que en nada invitaba a salir de casa. 

Esta presencia de público, sin embargo, fue incrementándonse conforme el cortejo se acercaba a la Catedral, momento que coincidía con la salida del trabajo de muchos cofrades que se acercaron hasta las inmediaciones del templo metropolitano para contemplar de cerca al titular de la Trinidad. 

El traslado hasta la Catedral comienza a la hora fijada. Pasadas las cinco y media se abren las puertas del Santuario de María Auxiliadora. En la recoleta capilla de la corporación trinitaria, el Cristo de las Cinco Llagas se eleva, en horizontal, sobre unas andas que estrenan guardabrisones dorados. Lirios morados a los pies del crucificado. Al fondo,  la Virgen de la Esperanza, bellamente vestida de hebrea, concentra las miradas de todos quienes acuden a la misa preparatoria. Fuera, una legión de fotógrafos lleva más de media hora esperando la salida de cortejo.

Chaquetas, corbatas oscuras y abrigos. Por fin se ha sacado del armario esta prenda invernal tras un enero con temperaturas de marzo. Ahora que llega la cuaresma y que la luz empieza a ganarle la batalla a la noche, el mercurio se desploma como en un intento por recuperar el frío perdido. Sale el Cristo de las Cinco Llagas entre las voces de la Escolanía de María Auxiliadora. Se detiene el Crucificado en la puerta. Sahumerio que disuelve de inmediato el gélido viento. Los hermanos que conforman el cortejo intentan, en vano, que la llama de los cirios se mantenga. La saga de los Villanueva se estrena delante de este Cristo. El alcalde, Juan Espadas, con corbata negra y abrigo gris, porta al crucificado en la salida junto al director de Fiestas Mayores, Miguel Bazaga. Los acompañan varios miembros del Consejo de Cofradías, entre ellos, su presidente, Carlos Bourrellier. 

Salva el cortejo el cruce con la ronda histórica, el enclave más inhóspito para este tipo de acto. Va buscando la Plaza del Pelícano y la calle Enladrillada. Bellas estampas de un cortejo de medida perfecta. Ni largo ni corto. En su justo término. Desemboca en la Plaza de San Román. Apenas una hilera de público presencia, a estas horas, el traslado del crucificado de la Trinidad, lo cual confiere la ventaja de poder ir acompañándolo durante todo el recorrido de ida. De fijar la mirada en cada detalle de una de las imágenes más jóvenes de la Semana Santa. El recogimiento también es de agradecer. Los templos cercanos al itinerario permanecen abiertos. Grupos de cofrades y curiosos los visitan en ese otro vía crucis contemplativo, el que practican los sevillanos con demasiadas horas ociosas en esta cuaresma adelantada y metida en las costuras de invierno.

Las voces de la escolanía se mezclan con los avemarías del preste. Olor a almendras al pasar por el convento de Santa Inés. Llega el cortejo a la Plaza del Cristo de Burgos. Cae la tarde. Se encienden las luces. En la Alfalfa, al incienso se suma el aroma del café. Escaparates colmatados de torrijas y pestiños en una tarde que invita más al polvorón y al rosco de vino. Empieza a llegar más gente. En la cuesta del Bacalao la Policía Local -tran estrechamente vinculada a la corporación trinitaria- abre paso. 

Entra el Cristo de las Cinco Llagas en la Catedral cuando el reloj pasa de las ocho de la tarde. Allí se rezan las 14 estaciones del Vía Crucis. El arzobispo, monseñor Juan José Asenjo, a su término insta a los cofrades a la "conversión". Después de varios años, el prelado hispalense acude a este culto, ya que en ocasiones anteriores se ha encontrado fuera de Sevilla.

Acabado el rezo del Vía Crucis, el cortejo inicia su regreso por otro recorrido diseñado a la perfección. Por calles que parecen trazadas para este tipo de culto. Donde la estrechez solivianta la falta de público. Se va el Cristo de las Cinco Llagas y se queda el frío. Como en el aire queda la pregunta que ha de hacerse la nueva junta que gobierne el Consejo a partir de junio. La conveniencia de mantener el Vía Crucis un lunes, cuando el éxito de público no está garantizado.

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