Retales de historia y cátedra de belleza

  • Martes de ronin en el Arenal y San Benito. En la Universidad se graba un impactante plano cenital del Cristo de la Buena Muerte.

LOS martes se estiran hasta romper las costuras. Después de que la semana encienda la caldera con el lunes, esta segunda jornada entra en pleno rendimiento hasta el punto de perder su nombre en los confines del miércoles. Martes diseñados para consumir los minutos y las horas bajo las bóvedas centenarias de los templos o al amparo de una capilla minúscula que condensa los rezos estudiantiles. Martes de sol tamizado y termómetros a la baja, en los que el tiempo queda anclado, como lo hacían hace siglos los barcos que, procedentes de un Nuevo Mundo, arribaban al puerto sevillano.

Aquel Arenal al que llegaba el oro y la plata es el retal de la mejor historia. Del devenir de la que fuera primera y principal ciudad del mundo. El resplandor de aquel siglo dorado, tamizado ahora por el tiempo, presume de vetustos brillos en la capilla de la Carretería. Es tres de febrero y en su interior el aire parece condenado a un profundo duermevela mientras que Pepe Nieto, operador de cámara de la primera edición de La Caja de la Semana Santa, se desplaza con el ronin, artilugio que sirve para dotar de estabilidad a la cámara, especialmente cuando se trata de grabar planos que incluyen desplazamientos. Uno de los más bellos de esta edición se realiza a través de la balaustrada del coro. Al frente, bajo un medio arco, el Cristo de la Salud traza en vertical el radio que sirve de compás a esta cofradía de guantes de cuero y azul terciopelo.

Son las nueve de la noche cuando el equipo de grabación abandona el barrio del Arenal. Hay que buscar el extramuro. La calle por donde corrían los caños que venían de Carmona y donde un puente se alza todos los años en la memoria del mejor martes de primavera. El día en que Pilatos se pone al frente del barco.

San Benito está de cultos. Triduo a la Virgen de la Encarnación. La espera se hace en el bar La Chicotá, donde la ensaladilla -manjar indispensable en el menú del director audiovisual- es una obra de arte bastante efímera, como la Semana Santa. También se degustan montaditos. El de bacalao con salmorejo es el de mayor reclamo. Acaba la breve parada y continúa el trabajo en un templo donde el frío corta el cuerpo. Los cirios del altar continúan encendidos. Forman un perfecto triángulo inverso en cuyo vertice se alza el llanto quebrado de la Madre. Se queda la parroquia vacía. El ronin reaparece en escena.

En los asientos situados bajo el órgano el cansancio encuentra acomodo. Allí presencia la grabación la mayor parte del equipo y el hermano mayor de San Benito, José Luis Maestre, quien comenta las últimas novedades cofradieras con el ayundante de producción José Javier Comas, que hilvana una conversación con otra sin solución de continuidad hasta encanallar los oídos. Antonio Casado, el director, exige silencio. Se apagan las luces. Sólo permanece encendido el altar del triduo y el camarín del Señor de la Presentación, cuyas manos atadas parecen apresar los últimos minutos de este martes.

Siete días después la cita es en la capilla del Rectorado. Seis horas para grabar al Cristo de la Buena Muerte, con el que se logra una de las imágenes cenitales más impactantes de esta primera edición gracias a la cabeza caliente de La Guadaña. Las reducidas dimensiones de la capilla obligan a maniobrar desde la lonja. La labor llama la atención de varios estudiantes con apuntes y cigarros en mano. Al fondo, Dios imparte una cátedra de belleza.

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