Las dos Semanas Santas

  • A partir de hoy se evidenciarán dos grandes realidades como dos nazarenos que hacen pareja y se miran de reojo para no perder la referencia: la Semana interior, de ritos, y la cotidiana, cutre en ocasiones

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HOY comienza la Semana Santa con permiso de los porcentajes de riesgo de lluvia. Hay una Semana Santa interior, de rituales y memoria retenida, y una Semana Santa real, cotidiana, ordinaria y vulgarizada. La primera es soñada y entronca directamente con la ilusión, la segunda es brusca y se topa con los sótanos de la realidad. En la calle siempre buscamos la primera a través de la segunda. La Semana Santa real es el pretexto, la coartada perfecta para seguir alimentando esa Semana Santa interior. Casi sin darnos cuenta negamos la segunda para darle exclusividad a la primera, al igual que creemos que la Semana Santa del pasado es la mejor. Lo creemos y lo necesitamos creer para digerir con más facilidad una Semana Santa decadente. Para disfrutar de la Semana Santa interior hay que mirar muchas veces a otro lado, taparse la nariz o simplemente quedarse en casa, renunciar a muchos pasajes con tal de seguir sosteniendo la imagen idealizada de aquel otro más bello que se quedó congelado en la memoria.

Dicen muchos sevillanos que ya no se identifican con la actual Semana Santa. Tal vez no sea exactamente así, tal vez simplemente es que no quieren saber mucho más de ella para no estropear la Semana Santa interior que han ido construyendo en su memoria desde la niñez. Por eso se dice que el joven se patea las calles para ver todas las cofradías y el adulto escoge dos o tres momentos, sabedor de lo frustrante que puede resultar eso de consumir cofradías. La memoria discrimina, selecciona y envía a la papelera de reciclaje lo ruidoso, grosero e inútil. Pero a veces la memoria se declara llena, sin paciencia para seguir discriminando. No quiere filtrar más. Y renuncia a más incordios, se niega a asimilar nuevas aportaciones que le resultan irrelevantes. La memoria se exilia y dice basta.

Hay una Semana Santa interior en las visitas matutinas a los templos, donde aún se conserva la intimidad del devoto con la imagen en las horas inminentes a la estación de penitencia. La hay también en cada hogar donde se viste un nazareno, en el camino hacia la iglesia por el camino más corto, en la espera interior en el templo antes de que las cámaras de televisión comenzaran a enseñarlo todo, en las horas de transición del Jueves Santo a la Madrugada, justo cuando se funden las emociones, las sensaciones y el rumor de plata batida, justo a esa hora en que la ciudad bulle. Esa Semana Santa interior está labrada a prueba de lluvias. Existe por mucho que llueva y deje los pasos huérfanos de vítores y silencios de oraciones. La Semana Santa interior busca rincones, calles, huecos, atajos, horas exactas, compañías reducidas, nazarenos en soledad a la búsqueda de una iglesia, algunas tabernas que superan el control de calidad y, sobre todo, cofradías de retorno a casa con el cortejo ahormado por las horas y la cera a media altura. La Semana Santa interior siempre se encuentra. Solamente hay que tener claro dónde se encuentra para acudir puntuales con su cita. La Semana Santa, al fin, es memoria forjada con la paciencia de prioste.

Hay una Semana Santa real, cotidiana, de trompetería estruendosa, de turistas en calzonas, de ausencia de trajes oscuros con los que el sevillano contribuía a engalanar la fiesta, como se engalanan los balcones de damasco. Esta Semana Santa, aunque no queramos verla, ha existido siempre. Pero no queremos reconocerlo. Es preferible creer que la de ahora es peor porque tal vez sea la única forma de conservar la esperanza en que algún día acabará enderezándose lo torcido. Una Semana Santa de consumo, carente de criterio. Una Semana Santa espectacularizada, bullanguera más que de bulla, de público cutre comepipas por las tardes y de gentío encanallado por las noches. Pero esta Semana Santa no interesa que se vea, algunos pretenden camuflarla en el trastero y enseñar tan sólo el salón de la casa. La zona noble. Con lo discutible que es eso de la nobleza.

Las dos Semana Santas juntas son al fin y al cabo dos nazarenos de capa que hacen pareja en el tramo de la memoria del sevillano. Se miran de reojo para no perderse nunca como referencia.

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