Cofrades por el mundo

Vísperas entre llamadas de muecín

  • Hermano de la Quinta Angustia y los Estudiantes, Ignacio Díez de la Cortina pasa su primera cuaresma en los Emiratos Árabes. Este Martes, tras 15 años, ya no será costalero del Cristo de la Buena Muerte.

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Para que siga la tradición y los años se rompan en el tiempo, pero que el amor del costalero continúe vivo". Esta frase viene al recuerdo de Ignacio Díez de la Cortina cada día que pasa en Abu Dhabi, capital de los Emiratos Árabes. Se la dedicaba Manuel Santiago a su cuadrilla, a esa gente del costal con los que tantas horas de esfuerzo y disfrute ha pasado este cofrade al que su profesión le ha llevado a vivir en un país árabe de edificios megalómanos. Este año no se meterá bajo la trabajadera de su Cristo de la Buena Muerte, pero sí disfrutará de la cofradía del Martes Santo y vestirá la túnica morada de su otra hermandad, la que tantos ratos de la niñez y la adolescencia ha jalonado: La Quinta Angustia.

A sus 34 años, Ignacio Díez de la Cortina vive uno de los momentos más "enriquecedores". Su trabajo como responsable de desarrollo de negocio de una multinacional le obligó a principios de este año a  trasladarse a Abu Dhabi, ciudad que ya visitó con asiduidad en 2011. En los próximos años, debido a los proyectos que debe gestionar, tendrá que residir en Omán, Qatar, Arabia Saudí, Kuwait y la India. La urbe en la que ahora reside está situada en una isla al oeste del Golfo Pérsico, donde el 60% de su población son extranjeros procedentes de países como Pakistán, Sri Lanka, Bangladesh, Filipinas, Egipto, Reino Unido y Holanda. Por tanto, se trata de una ciudad bastante cosmopolita, de diseño contemporáneo y donde, pese a que el idioma oficial es el árabe, la lengua que más se habla a pie de calle es el inglés.

Este sevillano estudió en los Jesuitas y se licenció en Derecho por la Hispalense. Sus vivencias cofradieras se reparten por igual entre la Magdalena y el Rectorado. La vinculación con la Quinta Angustia se produce a través del mejor amigo de su padre, Manolo Guardiola, quien fuera tesorero de la corporación del Jueves Santo. "Él fue quien me inculcó desde niño el significado de pertenencia a una hermandad", recuerda Díez de la Cortina. Con los años, se integró en el grupo joven, donde conoció a uno de sus mejores amigos, Jesús Rodríguez de Moya, con quien formó parte del cuerpo de acólitos. En esta cofradía ha salido de pertiguero del preste, nazareno, costalero y actualmente de penitente.

En su familia también tuvo claros precedentes cofradieros. Tal fue el caso de su tío abuelo, Juan Díez de la Cortina, un referente en la Semana Santa de Morón de la Frontera (pueblo natal de su padre), o el de su abuelo materno, José Hermógenes González, que ostentó el cargo de hermano mayor de la cofradía de la Humildad, en Fuentes de Andalucía.

La juventud, que tanto alborota los sentidos, también llamó a su puerta en versión cofradiera. Sus estudios de Derecho y una novia fueron el germen de su nueva devoción hacia el Cristo de la Buena Muerte y la Virgen de la Angustia. Especial incidencia tuvo en este acercamiento -que terminaría en la jura como hermano- el que fuera prioste durante algunos años de la corporación universitaria y "gran amigo", Alfredo Contreras. Tal fue su involucración en esta hermandad que el primer año que realizó con ella la estación de penitencia la hizo como diputado de tramo.

Luego llegarían 15 años ininterrumpidos metiéndose bajo las trabajaderas del dulce Crucificado de Mesa. Una década y media de vivencias junto a compañeros del costal cuyos nombres y apodos enumera como el listado de una clase de párvulos: Ernesto, Javier, Joaquín, Gonzalo, Candi...Todos al frente de un capataz, Antonio Santiago, a quien dice guardar "un profundo cariño, respeto y admiración". Este año, al  serle imposible acudir a los ensayos, no será costalero, una renuncia no exenta de sacrificio al dejar de disfrutar ya de esos momentos con la otra "familia" que ha creado compartiendo sudor y esfuerzo bajo un monte de lirios.

La memoria -a veces hiriente, otras melancólica- ha traído estos días a la mente de Díez de la Cortina las imágenes de aquellos ensayos por la lonja universitaria en los que Manuel Santiago, en una silla de ruedas, acompañaba a su hijo. También hay hueco en su pensamiento para un buen amigo: Luis García de Tejada "quien tantos valores me enseñó en la Quinta Angustia". Pero, si hay una figura a la que el recuerdo acude a cada instante es a la de su padre, que falleció en 2008. "Él fue mi referencia, mi ejemplo a seguir", dice este sevillano, que pasa una cuaresma entre el toque de oración del muecín de las mezquitas y los continuos atascos de tráfico de los coches de alta gama que colmatan las carreteras de los Emiratos. Alejado del ruido que impera en la ciudad, este cofrade siempre encuentra un hueco de silencio para leer el evangelio ante la imposibilidad de asistir a misa. Sobre su pecho siempre lleva colgados al Cristo de la Buena Muerte y el escudo de la Quinta Angustia. Los dos asideros de una fe que no quebranta la distancia.

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