En el día más torero de la semana

  • El Miércoles Santo es el ecuador de la fiesta y día en que salen dos cofradías de grandes reminiciscencias taurinas, la de San Bernardo y la del Baratillo · Día también para el ascetismo franciscano por San Antonio

HEMOS llegado al ecuador de la gran celebración y aunque lo mejor esté por llegar, estos días gozosos caminan de forma inexorable hacia su punto final. Hoy, Miércoles Santo, es un día en el que comienzan los movimientos migratorios por la gente que se va de esta Jerusalén efímera en busca del puente vacacional y los que llegan por lo mismo, porque ¿dónde mejor unas vacaciones que en Sevilla cuando a Sevilla la surcan los pasos de su Semana Santa?

A la vez, es este Miércoles Santo el día torero por excelencia gracias a dos cofradías que polarizan gran parte del protagonismo de la jornada. La hermandad del barrio más torero, ese San Bernardo cuna de los Vázquez y que tuvo como hermanos mayores a toreros como Curro Cúchares, El Tato y Manolo Vázquez, cofrades como Pepe Luis, Costillares, Pepete o Diego Puerta. Hermandad de toreros que se refugiaban en el manto de la Virgen del Refugio en ese paso prodigioso que esta noche, no mucho antes de que den las diez, hará el milagro anual de torcer esa especie de Cabo de Hornos que es la revirá de Fabiola a Madre de Dios.

Y si la de San Bernardo es torera por sus hermanos, la del Baratillo lo será por vecindad con el coso maestrante. Tan vecina que allí, en la plaza, es donde se organiza la cofradía alrededor de las muy toreras cinco en punto en todos los relojes del Arenal. Pero también tuvo hermanos toreros como Pepe Hillo en tiempos muy pretéritos o modernos como Manuel Jesús El Cid. ¿Puede dudarse, entonces, que este día es el más torero de la Semana Santa de Sevilla?

Es día también en que todo empieza muy pronto, justamente cuando el sol, Dios lo quiera, esté en su cénit, en la vertical de Sevilla por Nervión. A esa hora ya pone sus pasos en la calle la hermandad de la Sed para llegar a la Campana seis horas después. Irá tras el Carmen Doloroso y casi coincidirá con la de San Bernardo en el camino de vuelta.

Y este día contará también con el ascetismo franciscano del Cristo del Buen Fin y la Virgen de la Palma, hermosísima procesión que se viene muy arriba cuando se para a visitar a su vecino el Señor de Sevilla. Horas después, cuando es noche cerrada y la collación del azahar está a tope de gente, por San Lorenzo se reavivarán los recuerdos de gente que no está para surquen los espacios las saetas, que sonarán nítidas cuando el convento de San Antonio de Padua esté pronto a cerrar sus puertas.

Habrá también tintes apoteósicos por San Martín con la Lanzada y se recordarán tiempos pasados cuando vuelvan a caer saetas al Cristo de las Siete Palabras desde donde estuvo el Estado Mayor de la Región Aérea del Estrecho y el general Díaz de Lecea tenía a su disposición una cuadrilla de saeteros de lujo.

Y bajará Castilla a esta inigualable ópera urbana con el hieratismo tan castellano del Cristo de Burgos y de Madre de Dios de la Palma. La meseta se posa en la plenitud de esta Sevilla que vive el ecuador de sus días gozosos, de sus días más importantes, más repletos de sevillanía y fervor a partes muy similares. Y será portentoso el retorno a casa del paso de los Panaderos, misterio excepcional que va seguido por la Virgen de Regla, iluminada de forma singular con la cera colocada en aspa, como simulando la cruz de San Andrés.

Estaremos ante una fiesta grande en el centro mientras cruje San Bernardo, barrio espléndido y lejanos aquellos tiempos en que cada Miércoles Santo se producía el reencuentro con la nostalghia y los exilios de un barrio muerto. Ahora es otra historia bien distinta. El barrio ha emergido con fuerza, se ha poblado de gente nueva y los de siempre se agolpan al paso de esa Virgen del Refugio presa entre sus varales de oro por Santo Rey camino de casa.

Más al oriente de la ciudad, el Cristo de la Sed serpenteará por las entrañas de Nervión en su camino de vuelta, sin prisas, como si nada tuviera fin. Se le estará dando el pase de pecho al día más taurino de todos los que conforman la gran celebración, pero sigue bullendo la fiesta por todo el Arenal, que si ha sido un delirio el paso de la Piedad por el Postigo del Aceite, Arfe y Adriano serán como una especie de Vía Apia por donde discurre la cofradía singularísima del Baratillo.

Sonará Caridad del Guadalquivir cuantas veces sea menester por el Compás de la Laguna y aquí sí que se acabaron las prisas, nadie quiere reconocer que ya es Jueves Santo y que el Jueves Santo es el día más largo de Sevilla. Nadie quiere dar su brazo a torcer y abandonar los territorios de la del amarillo albero. Nadie quiere reconocer que la gran celebración ha cruzado ya su ecuador en el día más torero de la semana.

Y ahí, en el Arenal, donde hubo un tiempo ya lejano en que el río parecía mar no queda otra salida que tirar la toalla. Hemos vivido un día eminentemente taurino gracias a dos cofradías, una por lo que aportó humanamente a la Fiesta y la otra por domicilio, por su vecindad con el primer templo de Tauro. Lo malo de todo esto es que, aunque lo mejor está aún por llegar, ya no hay opción para la vuelta atrás, se ha doblado todo por la mitad y a la mayor ópera urbana de Occidente sólo le queda la mitad. Pero, claro, qué mitad...

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