El dulce gozo de la normalidad

  • El tiempo respetó a la Madrugada y las seis corporaciones de la nómina pudieron realizar su estación de penitencia sin contratiempos · El frío y la humedad de la noche no redujeron la masiva afluencia de público en las calles

A la tercera fue la vencida y los cielos quisieron que después de un Miércoles Santo aciago por la pertinaz lluvia y medio Jueves Santo frustrado por la última tormenta, la ciudad pudiera disfrutar de una Madrugada plena de normalidad. Ésa es siempre la mejor noticia cuando las seis hermandades de la nómina de la noche más larga e intensa del año se encargan del resto. Fue una noche fría, como se esperaba a tenor de la tempranera página del almanaque en que caía la Semana Santa, aunque tampoco el mercurio bajó más que en años recientes. Eso sí, abundaron las bufandas, los guantes y demás indumentaria invernal en el día en que comenzaba científicamente hablando la primavera. Pese a la temperatura, el público que acompañó a las seis corporaciones fue similar al de años anteriores, aunque quizá se concentró especialmente en determinados puntos para despoblar otros, demostrando que también en la Madrugada hay tendencias.

Había muchas ganas de cofradías en el ambiente después de un Jueves Santo más corto que nunca y la Hermandad de la Macarena ponía su cruz de guía unos minutos antes de tiempo. A las doce y media de la noche el Señor de la Sentencia sale de la Basílica y allí le aguarda la misma muchedumbre de siempre. La cofradía avanza por la parte ancha de la Feria justo cuando Montesión apura una jornada de valentía por el comienzo de la misma calle. Solventado el incidente causado por un grupo de irrespetuosos que no sabe guardar silencio y a los que el alcohol no les excusa, el Señor del Gran Poder abandona su templo en San Lorenzo con todo el rigor de siempre. Viste la túnica de cardos, que gusta en la misma medida en que se confía en su provisionalidad. "Sin el movimiento de la túnica es diferente", dice una señora a su marido. La Esperanza Macarena cruza el arco y pone ya la noche al rojo vivo.

público joven

No es nada nuevo, pero el público joven es el predominante en la noche y confirma una tendencia. De sobra es conocido que el relevo generacional está garantizado. Las escasas mantillas y las familias al completo se repliegan después de un intenso final del Jueves Santo y el protagonismo pasa a la chavalería, que opta siempre por la comodidad de las zapatillas de deportes y el casual al clasicismo indumentario. En Feria la gente come churros con la digestión a medio hacer y bebe para entrar en calor. La Esperanza es asaeteada por los piropos habituales. Pureza pugna por que el personal no contenga las emociones: el paso de las Tres Caídas se mezcla con su gente. Es su cumpleaños -400 años de la fundación de la primitiva corporación homónima- y sale con intención de celebrarlo. Mientras, el Silencio es el que reina en la carrera oficial porque el primero de los Nazarenos de Sevilla ya ha entrado en una Campana repleta. Deja tras de sí la misma paz que trajo al sur a la familia de Isaías Carrasco, ex concejal socialista en Mondragón y última víctima mortal de ETA. La Fundación Jiménez-Becerril invitó a su viuda e hijos a los palcos de la plaza de San Francisco.

La flamenca plaza de San Román aguarda hace ya rato la llegada de la cofradía de Los Gitanos. La bulla es rotunda, aunque menos compacta. Ocurre en todas partes, porque la densidad de las concentraciones se reduce al tiempo que ganan su sitio las sillitas plegables, que limitan el suelo disponible en derredor. También hacen improbable la práctica tan sevillana de colocarse delante del que aguarda desde hace tiempo en su localidad la llegada de los pasos. El Señor de la Salud se acerca a su antigua casa casi en familia por la calle Matahacas. La lluvia de pétalos arrecia para recibir a la Esperanza de Triana en su barrio. La apoteosis habitual. El vistoso y exótico exorno floral de la Virgen es una vuelta de tuerca más para alimentar el júbilo. La Madrugada acaba de nacer en algunos lugares mientras en otros crecen los trazos de las ojeras. El Silencio y la Virgen de la Concepción avanzan por Cuna de vuelta entre capilla y saetas.

contrastes

El Cristo del Calvario alcanza Rioja sin apreturas de público y seguido de muy cerca por la Virgen de la Presentación. Sevilla agradece con respeto el contrapunto que ofrece a la noche la hermandad de la Magdalena. Ya son las cuatro de la mañana, el tiempo vuela, aunque la cofradía regale estampas del pasado. La Plaza Nueva está semivacía a esa hora. Las únicas colas son las de los urinarios públicos: hay que pagar un euro para usarlos. La bulla a esa hora se desplaza al horno San Buenaventura de la Avenida. "¡Qué barbaridad, que me haya tragado esta bulla aquí y no viendo cofradías!", dice un joven. "Esto parece Finlandia", afirma un señor a su lado al ver tanto abrigo. Sigue haciendo frío, hay hambre y caras de cansancio.

Triana asoma ya en O'Donnell. Hay algo de retraso, algo más de veinte minutos, que causa el paso de la Hermandad de la Macarena. Son ganas de buscarle pegas a una noche sin peros. Lo dijo muy bien un costalero de la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso: "Hemos estado parados unos minutos en Castelar, pero, ¿qué prisa hay?" En Zaragoza el tapón es importante para ver al Señor de Sevilla y el público se conforma con disfrutarlo a treinta metros. Poco a poco, la Madrugada comienza a escaparse de las manos. El Silencio es un suspiro y está a punto de alcanzar su templo.

Media Sevilla, acaso la más experimentada, reservó fuerzas para disfrutar de la segunda parte de la Madrugada, la que se disfruta desde que el cielo se atreve a clarear. La ciudad difumina sus preferencias y comienza a tomar posiciones en los puntos cardinales de la jornada. El sol de la mañana mete en calor a los cuerpos y todos se despojan de las mantas para vivir un epílogo radiante. Macarena, Triana, Magdalena, San Lorenzo, Puerta Osario: allí estuvieron los protagonistas. El frío y el retraso son ya historia. A quién le importa ya eso.

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