José Ignacio Jiménez Esquivias, Teniente de hno. mayor del Gran Pode

La semana de su vida

  • E l suyo es un estilo elegante de ser cofrade en desuso, el de quien ve las cofradías en soledad para evitar el ruido de las charlas. La Semana Santa es la razón de ser de su existencia.

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LA eternidad tiene una medida en Sevilla. Eternidad es el tiempo que tarda José Ignacio Jiménez Esquivias en cruzar la Plaza de San Lorenzo después de aparcar la moto y atender uno por uno a los hermanos de la cofradía y a los vecinos que conoce. Este veterano de las cofradías, de las bullas, de las buenas tertulias y mejores tabernas y de una elegancia en desuso, nació un año de Semana Santa lluviosa. Aquel Viernes Santo de 1948 salió el Santo Entierro Grande, pero se deshizo. Unos pasos fueron a buscar refugio al Salvador, otros a la Magdalena y otros a la Anunciación. Se lo sabe al detalle porque heredó las publicaciones de Semana Santa del doctor Serrano Pérez, el que fue hermano mayor de Los Negritos. José Ignacio Jiménez Esquivias tiene cargo cofradiero -es teniente de hermano mayor del Gran Poder- pero eso es lo de menos, salvo lo que supone de título oficial en un mundillo muy oficialista. Pertenece a la legión de niños que conocieron las cofradías en las sillas. "Mis padres nos depositaban a mi hermano y a mí en una parcela frente a Filella, al cuidado de mi tía, que hoy vive con 99 años. Recuerdo que mi padre sacaba las sillas de día en día. Hoy eso, como tantas cosas, resultaría inimaginable".

Un Domingo de Pasión -o de Pregón, como le gusta decir- acompañaban los dos hermanos a su padre camino del Gran Britz, cafetería con escaleras de mármol ubicada en la esquina de Rioja con Tetuán, cuando el progenitor realizó una pregunta hoy imposible. "¿Queréis ir al Pregón?" Y fueron. "Mi padre se acercó a la taquilla y pidió tres localidades. Se podía ver el taco de entradas". Entre sus recuerdos más antiguos está contemplar junto a esa misma cafetería la formación de la banda del Soria 9 para tocar tras el paso de palio de la Paz desde Tetuán hasta la Catedral en sustitución de la banda de pueblo que traía desde el Porvenir.

Ha participado como nazareno del Gran Poder en muchas peticiones de venia a la Macarena. "Estuve en la de 1979 a pesar de que no era oficial de la junta, pero fue por una deferencia del entonces hermano mayor, Juan del Cid. También es verdad que en aquellos años no se veía lo de ir a pedir la venia como una golosina. Hoy hay que hacer turnos porque todos quiere ir".

Tiene capilla propia, su domicilio, convertido en una suerte de acogedora casa de hermandad: "La Semana Santa es la razón esencial de mi existencia. La vida es una semana, sí, como dice Caro Romero. Cuento los años de mi vida por Semanas Santas. Y ya tengo más a mis espaldas que de frente. Yo me refiero mucho a la estación de penitencia de mi vida, como dice Carlos Colón. Al salir de la Catedral, punto intermedio, la vida puede ser corta como el recorrido de la Carretería o el Baratillo, o larga como el del Cerro...".

Echa de menos los años en que las cofradías salían si simplemente no llovía a la hora de poner la cruz en la calle. "He conocido hasta tres Semanas Santas seguidas sin agua. ¡No sé qué pasa ahora! He visto salir cofradías con nubarrones gordos. Si llovía, mala suerte. Pero... ¿Y si no llovía y te habías quedado dentro? Qué cambio ha dado todo: el pregón, las sillas, la lluvia..."

Su experiencia le dice que la Semana Santa de hoy ha perdido mucha espontaneidad: "Ahora hay tontos que te dicen lo que le van a tocar a un paso en un sitio concreto. Antes no se sabía nada de eso. Yo mismo le he pedido marchas a directores de bandas en plena calle. Recuerdo pedírselas a don Pedro Gámez Laserna, que un día se llegó a cabrear, y a Manuel Pérez Tejera, que era más bondadoso. Pero ahora hay listas cerradas con las marchas, Dios mío..."

En la Semana Santa de su juventud mandaban los saeteros. "Hoy la saeta molesta, nadie manda callar a una banda para oír a un saetero, y eso que las hermandades llegaban a pagar de mil a dos mil pesetas por una". Este baratillero añora cuando el recital de saetas a la entrada de la cofradía del Arenal comenzaba con el palio de la Caridad a la altura de la confitería Los Ángeles: "Y también he conocido al paso de la Piedad con sólo doce músicos". Las bandas tocaban no tanto para los pasos como para el público, porque los músicos formaban muy alejados de los pasos. Con el tiempo, las hermandades suprimieron los tramos de penitentes tras los palios para acercar las bandas a los pasos.

En los hitos de su trayectoria cofradiera está señalado con lápiz rojo su pertenencia a la primera cuadrilla de hermanos costaleros, en Los Estudiantes, el Martes Santo de 1973. "Fui de patero en el zanco derecho y pisé dos veces al maniguetero, que era Hernández Díaz. Le pedí perdón. Recuerdo unos ensayos durísimos en los que nos examinaban con lupa, porque eran muchos los que no se terminaban de fiar de nosotros. Manolo Santiago fue el alma de todo, el que bregó con nosotros de verdad, aunque El Penitente era el capataz titular".

¿Qué va buscando en una cofradía? "A la imagen, siempre a la imagen. Distingo entre lo devoto y lo bonito. Algunas cofradías son tan bonitas que me tienen que gustar, aunque no las quiera. En Semana Santa no todo es bonito. Hay cosas raras..."

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