Las últimas mañanas de la Semana Santa

  • Se fastidió por la lluvia la mañana del Jueves Santo l Pese a todo, esperanzas ante las Esperanzas que aguardaban en la Macarena y Triana l La otra gran mañana del Viernes Santo acabará al salir la Carretería

TRES mañanas históricas tiene la Semana Santa de Sevilla: la del Domingo de Ramos, la del Jueves Santo y la del Viernes Santo. A ellas se han unido, cada año con más fuerza, las mañanas de los días laborables. Así, una parte de la Sevilla residencial ha recuperado ese ambiente de Semana Santa popular que era patrimonio del Miércoles Santo en el arrabal de San Bernardo.

Pero las tres mañanas históricas tienen características diferentes. La del Domingo de Ramos es la que estrena la ilusión, es la que vemos los primeros nazarenos (de los que pasan por la Catedral, se entiende) y la que nos abre los ojos a tanto gozo por llegar. La del Jueves Santo también guarda una parte de ilusión, porque llegan los momentos esenciales de la Semana Santa, el día más grande, porque no tiene horas, no hay interrupciones y es como un amago que muestra a Sevilla la cara de la eternidad. Esa ilusión, infantil si se quiere, del primer nazareno, la representa el Jueves Santo la primera mantilla, que nos trae la certidumbre de que está ahí la tarde de Santos Oficios y sagrarios, que alcanza su colofón cuando nos encontramos con los ojos verdes de la Virgen del Valle y la silueta perfecta de Jesús con la cruz, representada en el Señor de Pasión.

Una mañana de Jueves Santo como la de ayer, con lluvia a ratos copiosa, abruma y deja mal cuerpo. Aunque los pronósticos auguraban que el tiempo mejoraría conforme avanzaran las horas, la lluvia del Jueves Santo sabía a lágrimas más que nunca, a Lágrimas de Santa Catalina (ahora en Los Terceros) y al dolor de no saber si saldría la Quinta Angustia, en ese justo momento en que alcanzan su plenitud las horas mágicas de la Semana Santa. Una mañana de Jueves Santo con lluvia nos embarra de nostalgias de otros jueves santos más alegres y soleados, delante de la Macarena, de Triana o el templo de los Gitanos, o ante ese Gran Poder que hoy lleva túnica bordada, como ante el Nazareno del Silencio con la suya -que es también obra de arte mayor-, o en la penumbra del coro de la Magdalena, donde están los pasos del Calvario.

Así que, una vez que se nos fastidió la mañana del Jueves Santo, las mayores esperanzas se concentran en las Esperanzas de la mañana del Viernes Santo. Hay que confiar en que la calle Feria, que es un terremoto más allá de Montesión, y todas las calles del barrio que santifica la Macarena, vuelvan a tener esta mañana ese aire limpio de alegrías y esperanzas, que se vislumbra desde que aparece la cruz, que alcanza momentos supremos cuando el paso de la Sentencia se mece de costero a costero, que se hace nube blanca de plumas de avestruz con la Roma bética de los armaos; y que todo eso, tantísima apoteosis, no es nada cuando nos encontramos de cara con la verdadera imagen de la Madre de Dios.

En Triana, desde el puente a Santa Ana, hay otro delirio de emoción en la mañana de Viernes Santo, que en este arrabal es día también de retornos y reencuentros. Triana es como un Cirineo colectivo de las Tres Caídas del Cristo y el mar inmenso que acoge el oleaje amoroso de la Esperanza. Como en San Román, y ahora más allá, en el antiguo templo del Valle, se arremolinan los gitanos en torno al Señor de la Salud y la Virgen de las Angustias, en una devoción compartida con los payos, y hasta con la alta aristocracia, como recordó el pregonero.

Mañana de Viernes Santo que es la última gran mañana, y que no sólo se prolonga con las tres cofradías de capa de la Madrugada. Es mañana de Viernes Santo aún cuando sale el Cachorro al final de la calle Castilla, para continuar la Semana Santa de Triana. Y sólo acaba la mañana del Viernes Santo cuando el paso de las Tres Necesidades de la Carretería repite un milagro: parece que no cabe y sale de su capilla. Entonces es ya tarde de Viernes Santo, tarde más triste y amarilla, cuando se acaba la última gran mañana.

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