Testimonios

La voz de los que la conocieron

  • Seglares y religiosos. Todas las personas que trataron a Madre María de la Purísima destacan sus enormes cualidades y su halo de santidad.

Enrique Murillo (Oncólogo)

Atendió a Madre María de la Purísima cuando fue operada de un cáncer de mama en el año 1994. Llevaba la dirección del Centro Regional de Oncología y el profesional que operó a Madre le remitió el caso para que le hiciera el seguimiento. En ese momento comenzó una relación que se prolongaría hasta la muerte de Madre María de la Purísima, en octubre de 1998. “Durante cuatro años venía a verme primero cada tres meses y luego cada mes, siempre acompañada de su inseparable Sor Sofía”. Aunque los encuentros se limitaban a la relación entre médico y paciente, tuvo tiempo de comprobar la alegría y el entusiasmo que desprendía incluso cuando empezó con el tratamiento de quimioterapia: “Siempre estaba de buen ánimo y con una sonrisa en su boca, aunque era muy comedida en su relación”. Desde que la metástasis de hígado apareció hasta que Madre murió pasó apenas un mes. Dos cosas quedaron grabadas profundamente en la mente de este profesional de la medicina tras aquello: “Le dije que un tratamiento con quimioterapia podría retrasar su supervivencia y me respondió que lo que ella quería era el encuentro con el Señor. No se me olvidará la frase que exclamó: 'Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor'. Eso me lo recordó Sor Sofía años más tarde”. En sus 42 años como oncólogo Enrique Murillo sólo escuchó otra vez esa frase. Fue a una monja de Santa Paula.

Antonio Alcayde (Vicario episcopal para la vida consagrada)

Atendió a Madre María de la Purísima cuando fue operada de un cáncer de mama en el año 1994. Llevaba la dirección del Centro Regional de Oncología y el profesional que operó a Madre le remitió el caso para que le hiciera el seguimiento. En ese momento comenzó una relación que se prolongaría hasta la muerte de Madre María de la Purísima, en octubre de 1998. “Durante cuatro años venía a verme primero cada tres meses y luego cada mes, siempre acompañada de su inseparable Sor Sofía”. Aunque los encuentros se limitaban a la relación entre médico y paciente, tuvo tiempo de comprobar la alegría y el entusiasmo que desprendía incluso cuando empezó con el tratamiento de quimioterapia: “Siempre estaba de buen ánimo y con una sonrisa en su boca, aunque era muy comedida en su relación”. Desde que la metástasis de hígado apareció hasta que Madre murió pasó apenas un mes. Dos cosas quedaron grabadas profundamente en la mente de este profesional de la medicina tras aquello: “Le dije que un tratamiento con quimioterapia podría retrasar su supervivencia y me respondió que lo que ella quería era el encuentro con el Señor. No se me olvidará la frase que exclamó: 'Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor'. Eso me lo recordó Sor Sofía años más tarde”. En sus 42 años como oncólogo Enrique Murillo sólo escuchó otra vez esa frase. Fue a una monja de Santa Paula.

Antonio Alcayde (Vicario episcopal para la vida consagrada)

Durante 15 años, gracias a sus responsabilidades en la archidiócesis, conoció a Madre María de la Purísima. Ya en su primer encuentro, ocurrido cuando visitaba los conventos al poco de tomar posesión de su cargo, le llamó poderosamente la atención su figura: “Descubrí que era una persona totalmente diferente, tanto en lo humano como en lo cristiano y religioso”. Antonio Alcayde recuerda con gran cariño cómo fue aquel día de agosto en el que se dirigió hasta la Casa Madre de las Hermanas de la Cruz y preguntó por la Madre General para presentarse: “Estaba en el patio trabajando con otras hermanas. Preparaban lo que le iban a dar ese día a los pobres. Llevaba puesto un delantal azul y me llamó la atención con la elegancia y dignidad que lo portaba. Tenía una gran obsesión de servicio a Dios, a sus hermanas y a los pobres. Cuando falleció le dije a las hermanas que conservaran aquella prenda como reliquia. Creo que lo tienen expuesto”. De sus enormes virtudes este veterano sacerdote destaca en lo humano, la comprensión, la sinceridad, la entereza, el cariño y la ecuanimidad. De las cristianas, que era extraordinariamente fiel y seguidora de Jesucristo desde muy joven. Por último, de sus valores como religiosa, asegura que supo hacer realidad los sueños que Santa Ángela tuvo al fundar la Compañía de las Hermanas de la Cruz: “Estaba comprometida totalmente con el carisma de Santa Ángela y fue su mejor seguidora”.

Luis Rueda (Delegado diocesano)

Ha vivido de manera muy intensa todo el proceso de la beatificación por su cargo como delegado diocesano. El canónigo Luis Rueda tuvo la dicha de conocer a Madre María de la Purísima cuando era muy pequeño, “aunque no tuve la oportunidad de hablar con ella”. En estos años se ha familiarizado con la figura de Madre gracias a su estudio y a los testimonios de las personas que la conocieron: “Todos destacan de ella que tenía algo especial, que traslucía una gran vida interior. La sonrisa tenía algo especial cuando todos la acentúan”. Rueda llama la atención sobre la rapidez del proceso de beatificación, puesto que normalmente han de pasar cinco años de la muerte para iniciar los trámites: “Su fama de santidad era tal que se tuvo que pedir una dispensa para recoger los testimonios de personas que la habían conocido y por su edad podían fallecer”. Mañana sábado la Iglesia sevillana vivirá un día grande con la subida a los altares de uno de sus miembros: “Es algo que nos llena a todos de alegría y satisfacción. María de la Purísima es contemporánea nuestra y ha sido capaz de conseguirlo”.

Olga Salvat (Sobrina de Madre María de la Purísima)

“Estamos viviendo todos estos acontecimientos con mucha emoción y muy impresionados. Va a ser una santa, pero para nosotros es, y será siempre, nuestra tía María Isabel”. Olga Salvat es sobrina de Madre María de la Purísima y tanto ella como toda su familia han vivido todo el proceso de beatificación con mucha sorpresa y alegría desde Madrid, la ciudad natal de Madre: “Cuando murió ya nos causó una gran sorpresa la reacción de la gente, pero según ha ido pasando el tiempo parece que cada vez esté más presente en todos”. Desde que decidió integrarse en las Hermanas de la Cruz, las visitas a la familia se fueron reduciendo, sobre todo en la medida que iba alcanzando más responsabilidades, pero siempre que visitaba Madrid tenía tiempo para estar con los suyos: “Su madre murió sólo un año antes que ella y los pocos ratos que tenía los pasaba junto a ella. Cuando venía, los más pequeñitos siempre estábamos un rato con ella. Era muy cercana y cariñosa y se interesaba mucho por nosotros. Te hacía sentir especial. Su sonrisa era fuera de lo común”. Desde muy temprana edad, la joven María Isabel tenía clara su vocación, a pesar de que su padre intentara  por todos los medios que se le quitara de la cabeza: “Cuando volvió a Madrid tras la Guerra ya lo tenía muy claro, aunque no lo comentara abiertamente”. A pesar de su educación en el colegio de las Irlandesas y tener dos tías monjas en esa congregación, María Isabel sentía que ese no era su destino: “Ella era muy compasiva. Cuando entró en contacto con las Hermanas de la Cruz supo que ese era su lugar”. Desde ese momento, dedicó su vida a los demás, aunque como afirman en su familia: “Destacó por no querer destacar”.

Antonio Calero (Estudió sus escritos)

Conoció profundamente a Madre María de la Purísima, tanto de manera personal como a través de sus cartas y escritos. El salesiano Antonio Calero fue contratado por Madre para que se ocupara de la formación de las hermanas: “Ella tenía una gran preocupación e inquietud por este tema. Se dio cuenta de que era algo fundamental, y me llamó a mí para cuidar de la formación de las novicias y las más jóvenes”. Del trato personal con Madre, Calero subraya su gran serenidad y su sonrisa permanente, una vez más la sonrisa: “También era poseedora de una gran intuición y tenía una determinada determinación, como yo digo. Sabía claramente por dónde tenía que caminar las Hermanas de la Cruz”. Calero ha sido el encargado de estudiar los textos de María de la Purísima para el proceso de beatificación. Se trata de un grueso volumen de circulares que realizaba para las hermanas y textos pastorales articulados a través de tres momentos litúrgicos: Adviento, Cuaresma y Pascua. También hay otros textos más devocionales escritos en mayo y junio y dedicados a María y al Sagrado Corazón. Por último, hay otros escritos más propios de la congregación. La palabra que más se repite es Dios, casi 400 veces. “Es un tema recurrente que se trata desde muchos puntos de vista. También Jesucristo, y Jesucristo en la Cruz”. Sus virtudes también están presentes en los textos a través de la humildad, la sencillez y el silencio.

Francisco de P. Muriel (Delegado diocesano)

Junto al canónigo Luis Rueda se ha encargado en los últimos meses de todos los preparativos de la beatificación. No tuvo la oportunidad de conocer a Madre en vida, pero gracias a su cometido ha podido acercarse de manera profunda a la vida y obra de la séptima sucesora de Santa Ángela al frente de las Hermanas de la Cruz. “Lo que más me ha llamado la atención es poder comprobar cómo hoy en día se puede ser santo”. Muriel asegura que Madre es un ejemplo de comportamiento para los cristianos de hoy: “Su decisión de hacerse hermana de la cruz es una llamada de atención para la sociedad actual: “Que una chica de una familia muy bien de Madrid, con una formación magnífica y un futuro más que prometedor, lo deje todo para irse con las Hermanas de la Cruz, es todo un ejemplo muy a tener en cuenta”.

Alberto Álvarez Pérez (Diácono permanente)

Cristiano activo y comprometido, conoció a Madre María de la Purísima de manera casual, en 1993, cuando desempeñaba el cargo de diputado de caridad en la Hermandad de la Penas de San Vicente. Empezaron a colaborar con las Hermanas de la Cruz, todas las semanas acudían al convento a llevar bolsas de alimentos para las niñas, y cada mes las llevaban al cine, al teatro, o al circo: “Nos recibió en más de una ocasión. Era una persona tremendamente cercana”. A este diácono permanente, que desempeña su labor en la Parroquia de San Vicente, lo que más le sorprendió de ella fue su comportamiento: “Era una más y siempre estaba ayudando. Transmitía alegría”.

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