Amarga resaca en la Puerta de Alcalá

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La reacción de la clase política tras el abrupto asesinato del sábado fue tan rápida y modélica que pareció impropia, convocando en horas la primera concentración unitaria relevante de repulsa a ETA en diez años. Pero en cuatro días no se puede ajardinar un desierto. La Puerta de Alcalá alojó un penoso espectáculo, en el que el rebaño dio la espalda a los pastores justo cuando el lobo feroz vuelve a dar dentelladas.

Apenas 5.000 valientes desafiaron la gélida noche madrileña y el escepticismo reinante sobre esa incipiente unidad que ahora postulan sin demasiada convicción PP y PSOE. Quien dijo que nunca es tarde se equivoca: la calle, como el Congreso, se ha partido en dos. Madrid desprecia tanto a ETA como la organización terrorista odia a todo lo español, y nadie duda que la exigua concentración del martes alrededor de la Puerta de Alcalá es una cariacontecida representación del sentir de los más de tres millones de vecinos de Madrid, a los que tampoco encarnan ni muchísimo menos los cavernícolas que arremetieron contra Pedro Zerolo por su orientación sexual.

Es muy doloroso que la unidad contra los terroristas se haya fracturado también en la calle entre los que defienden el posibilismo de Zapatero y los que se niegan ahora a hacer la más mínima concesión a los terroristas y a sus secuaces políticos.

Y es muy preocupante que las concentraciones contra los terroristas se queden mirando al dedo que apunta a la luna. Esto es, que lo que debería ser un ejercicio de repulsa a los verdugos se convierta en un coro de reproches al Gobierno o a la oposición.

A sólo tres meses de las elecciones generales, la esperanza de que PP y PSOE vayan de la mano en la lucha antiterrorista es de cristal. Los políticos siempre subordinan las emociones a la estrategia. Y bien que lo están demostrando los dos grandes líderes. El uno, Zapatero, perdió el martes una oportunidad de oro para dejar almacenada en la retina de la mente colectiva la imagen de unidad y optó por visitar a la familia del agente ayer tristemente fallecido en vez de engrosar el escuálido coro contra ETA (¿precaución, miedo al abucheo?). Su ausencia sonó elusiva por muchas explicaciones que dé. El otro, Rajoy, ahora se desmarca (aunque no lo reconozca) gentilmente de la AVT: no fue el 24 de noviembre a la última de sus ocho manifestaciones contra la política antiterrorista y le reprochó que no asomara el martes por la Puerta de Alcalá.

Los dos se han ganado la respuesta que obtuvieron el martes, esa especie de amarga resaca de su borrachera de desencuentros. Cuanto antes se acabe la leña en este bosque, peor para ETA.

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