lo que el tiempo se llevó | the sport

Bar con carácter de casino sólo para los mismos de siempre

  • El Sport, en plena calle Tetuán, era un bar abierto al público, pero a nadie se le ocurría entrar. No necesitaba de apelar al derecho de admisión para que la clientela fuese la de todos los días, una mezcla de señoritos, agricultores de éxito, ganaderos de bravo, nadie que fuese extraño a la causa

La puerta lateral de The Sport, con detalle de la época, el burro de un proveedor La puerta lateral de The Sport, con  detalle de la época, el burro de un proveedor

La puerta lateral de The Sport, con detalle de la época, el burro de un proveedor

Cuando murió el dueño, el Sport empezó a languidecer. Fue casi al compás de una clientela que, definitivamente, se había hecho mayor. Fue en junio de 1964 cuando don José Guillén Beso, familiarmente conocido como Pepe el del Sport, entregaba su vida a Dios y todo iniciaba su final. Ya nunca fue igual y en el tiempo quedó ya marchito aquel rosario de reuniones que tenían siempre a los mismos protagonistas. Y es que, aunque se trataba de un local abierto al público, nadie que no perteneciese al exclusivo club de tertulianos osaba entrar en él. O sea, que el Sport no necesitaba del reglamentario "derecho de admisión" para seleccionar a su clientela.

La principal seña de identidad del edificio estaba en el magnífico azulejo del Studebaker que siempre iba en contramano. Y es que Tetuán no era peatonal y el tráfico se establecía desde Plaza Nueva a la Campana. El monumental azulejo fue obra del prestigioso azulejero Enrique Orce Mármol y lo dató en 1924, fecha en que se inauguró el Sport. Fue un anuncio que publicitaba ese automóvil de seis cilindros y al que el artista le colocó el volante a la derecha. Ese azulejo ha sufrido muchas vicisitudes, sobre todo por parte de un vandalismo que no es cosa sólo de nuestros días. En el año 1978, coincidiendo que la propiedad pasaba al joyero José María García Peñalver, ya fue restaurado por un descendiente de Orce, lo que se está repitiendo en estos días.

Una curiosidad es de qué forma coincidieron el cierre del Sport y el de la estadounidense fábrica Studebaker, que fue en el año 1969. El edificio estuvo sin uso hasta que, ya con el azulejo nuevamente en perfecto estado de revista, el día de San Andrés de 1981 abría la Joyería Chico.

Pero volviendo a lo que nos atañe, el Sport y sus tertulias, hay que decir que el torero Luis Fuentes Bejarano, los agricultores Fernando Cámara, Álvaro, Francisco, Pedro Luis y Antonio García Carranza, Pepe Cova, Salvador y Juan Guardiola solían ser de los habituales. También toreros como Pepe Luis Vázquez, Antonio Ordóñez, Diego Puerta cuando se casó con María del Rocío García Carranza o Curro Romero, por el que sentían especial predilección tras su brillantísima presentación en Sevilla.

Al Sport solía ir en sus visitas a Sevilla el califa cordobés Rafael Guerra Guerrita, al que siempre acompañaba un hijo de su entrañable amigo y compañero José García Algabeño, aquel Algabeño que una tarde en Barcelona tuvo que estoquear seis toros de Miura porque el primero de la tarde, Receptor de nombre, mató a Domingo del Campo Dominguín, su compañero en el mano a mano, en una de las páginas más llamativas de la épica del toreo. En 1961, cuando la gran riada, vino el ministro Pedro Gual Villabí a dirigir las operaciones de reconstrucción, tuvo despacho en el Ayuntamiento y al final de la jornada se pasaba por el Sport.

También hubo tiempo para el humor, pues aquellos señoritos, en una de sus continuas bromas, decidieron pedir la Medalla del Trabajo para Pepe el del Sport. El 21 de enero de 1950, en el hotel Alfonso XIII se celebró la entrega de la medalla a un hombre que no se había caracterizado, precisamente, por un sentido estajanovista de la vida. A los postres intervinieron varios de la mesa presidencial, haciendo las delicias de los asistentes Ramón Resa, presidente de la Asociación de la Prensa, que glosó con gracejo la personalidad de Pepe Guillén. El general Bohórquez, hermano mayor de la Macarena, ensalzó el espíritu sevillano y macareno del homenajeado y éste dio las gracias rogando que las flores que adornaban la mesa fuesen llevadas a los pies de la Esperanza.

He aquí parte de la historia de un bar de puertas abiertas y condición cerrada que funcionó durante casi medio siglo. Cuando falleció Pepe Guillén apenas le quedó motor para subsistir, ya que la clientela también había hecho mutis por el foro. Además, los tiempos cambiaban y ya no tenía efectividad un derecho de admisión tácito, sin el preventivo que lo pusiese en vigor.

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