Brillos de abril en el traslado del Señor a Santa Rosalía

  • Una gran cantidad de público acompañó a las sagradas imágenes, aunque sin aglomeraciones · La luz de mediodía redescubre nuevos perfiles en la imagen de Juan de Mesa

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Disfrutar de la cercanía del Gran Poder cuando anda por las calles de Sevilla. Poder admirarlo sin la bulla ni la masificación propia de la Semana Santa. Deleitarse en la rejuvenecida ternura de su rostro con una luz a la que no se está acostumbrado. Fueron las ventajas de un traslado histórico donde hubo mucho público, aunque sin grandes aglomeraciones. El Gran Poder y la Virgen del Mayor Dolor se encuentran ya en Santa Rosalía, donde permanecerán los seis meses que durarán las obras de reforma de su basílica.

Comenzaba la jornada con cierto frescor cuando terminaban de colocarse las vallas en la Plaza de la Gavidia. Resonaba el andar de la gente en una misma dirección. Todos los caminos conducen a la Plaza de San Lorenzo, una especie de Roma en el imperio de las devociones. Son las nueve de la mañana. Quien quiera conseguir un hueco en la primera fila lo empieza a tener complicado. Hay quien lleva desde las ocho esperando junto a la valla. Entre ellos, José Manuel, quien muchos domingos cruza esta plaza para ver al Señor. A él no le hace falta que le digan lo que sucederá horas después. No es la primera vez que está allí, soportando la espera. Ya lo hizo en los vía crucis del 79 y del 87. Y en el traslado al alba a San Lorenzo. Pero ahora es distinto. Con esta luz con la que no lo recuerdan los hermanos más antiguos de la corporación. Un sol que asoma por encima de la espadaña y que amenaza con una buena levantá del mercurio.

Los bares de la zona atestiguan que es la hora del desayuno. Cafés y copas de aguardiente forman un perfecto cortejo en las barras. Los hermanos que participan en el traslado llenan el estómago y alivian el gaznate antes de entrar en el templo.

En la plaza, las sillas de los chinos reaparecen en la geografía urbana. Apenas un mes guardaron resposo tras Semana Santa. En una de ellas espera Margarita. Nunca sus ojos se encontraron con los del Señor en la Madrugada. Pero muchos viernes son los que sus labios sellan con un beso el talón del Que todo lo puede. Ha cogido el primer autobús del pueblo. Ha llegado a la plaza con su asiento plegable. Sabe que le esperan varias horas, por eso viene bien surtida. Un bocadillo le acalla el hambre. "Como si lo quieren sacar a las cuatro de la madrugada, me vengo andando desde el pueblo", afirma.

El sol aprieta cada vez más fuerte. Sevilla recupera la primavera que se creía perdida. La mañana es un mosaico con tintes de un Jueves de Corpus y del despertar de un 15 de agosto. Devotas que llegan desde la provincia o de los barrios periféricos. Vienen cargadas con su sillas y con sus promesas. "Siempre queda algo por pedirle al Señor, que para eso es el Gran Poder", dice una de ellas.

La plaza tarda en llenarse. La espera se mitiga con la lectura de la prensa. El reloj de sol de la fachada de la parroquia apunta las once y media. Suena una campana y se escucha descorrer un cerrojo. Las puertas se abren con la misma puntualidad con la que el pulso corre vertiginoso. Sale la cruz de guía. La luz matinal descubre el desgaste del tiempo en su dorado. El andar es pausado, lento.

Pero las miradas no se percatan ya de los detalles del cortejo, ni de la avanzada edad de los que lo integran ni del pequeño número de hermanas que participan en él. Las pupilas apuntan al final de la hilera de cirios que se pierde en la penumbra de la basílica. Hay quien ya identifica en la oscuridad una silueta que avanza poco a poco. Como el ritmo con el que se ha ido haciendo el silencio en la calle. Ya no se escucha el trajín de vasos ni el retranqueo de veladores. Sólo se oye el trinar de los pájaros. El Señor está detenido en el dintel de la puerta, a escasos centímetros de encontrarse de nuevo con su pueblo. Suena el martillo. El Señor abandona su casa. Los últimos pasos redescubren al Dios de los abuelos. Ahora sin luz artificial, sino con la claridad cegadora que preludia al mediodía. El rejuvenecimiento de su rostro es más evidente. La baja altura de las andas favorecen la cercanía para hablarle de Tú a tú. Ya no es el Padre al que se le dirigen las plegarias, sino el Hijo próximo que nos hace favores. Se cierran los abanicos con los que cubrirse del sol, porque es el propio Sol el que protege a los que convergen sus miradas en un mismo punto: El Gran Poder de una imagen que aprieta el nudo de la emoción en la garganta. Cantan el padrenuestro desde un balcón. En la puerta de San Lorenzo se reza ante los estandartes del Dulce Nombre y la Soledad. El Ilustre Vecino abandona la plaza por unos meses. En su marcha ha dejado un surco de lágrimas. Hay algún que otro fotógrafo al que le cuesta enfocar el objetivo. El líquido elemento que brota de sus ojos tiene la culpa. Mientras, la silueta del Señor se recorta en la frondosidad de los árboles.

Hay que recuperarse de la emoción. Siempre hay un pañuelo a mano para estos casos. Apenas da tiempo. La Virgen ya está en la puerta. El ambiente está más calmado. Es momento para fijarse en los detalles. Como en el manto celeste con el que va ataviada la Dolorosa. Todo el mundo sabe que pertenece a la Macarena (a estas alturas este tipo de préstamos no es ninguna novedad), pero nadie pasa por alto que es la ocasión perfecta para redescubrir la belleza de una talla condenada por siempre a un segundo plano.

La plaza comienza a vaciarse. Acceder a ella no había sido demasiado complicado, como en la Gavidida. Hubo gente, pero menos de la esperada. Tanto, que la entrada -prevista para las dos y media de la tarde, como informó la hermandad- se adelantó media hora. La asistencia es imprevisible. Pero fueron momentos idóneos para ver al Gran Poder sin aglomeraciones ni bullas. Con la tranquilidad con la que se le puede rezar cualquier día del año en su basílica. Como se le rezará a partir de hoy entre las paredes conventuales de Santa Rosalía, donde muchas hermanas desconocían su rostro. Ya lo dijo la madre superiora del convento. "Estamos muy nerviosas y contentas con la llegada del Señor". No es para menos. Nunca hubo casa sevillana con mejor huésped.

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