La Noria

Cambio de ciclo

  • El tercer mandato de Monteseirín, del que se han cumplido ya nueve meses, arroja un saldo muy distinto en intensidad al periodo previo a las últimas municipales, cuando la Alcaldía era lo que estaba en juego

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DEJÓ escrito Aristóteles: "Todos los aduladores suelen ser mercenarios, y todos los hombres de bajo espíritu tienden a ser aduladores". Una verdad como un templo. Sobre todo en tiempos en los que hay que saber administrar la victoria. En política rara vez deja de cumplirse tal aserto: el poder, en cualquiera de sus múltiples formas, generalmente necesita de la adulación para consolidarse, no dudar de sí mismo -el principal signo de la inteligencia, paradójicamente, consiste en la duda metódica, como preconizó Descartes- y proyectarse con éxito hacia afuera. Pero este mecanismo de reafirmación, esencialmente psicológico, se quiebra en cuanto se produce la más mínima crítica. De ahí que determinados poderes prefieran no oír más que cantos de sirena.

el camino: perseverar

De cualquier forma, la historia nos enseña que nada viene a durar para siempre. Ni siquiera aquellas cosas que se han logrado con esfuerzo y sufrimiento. "Somos lo que hacemos día a día, de modo que la excelencia no es un acto, sino un hábito". De nuevo el filósofo griego enseña el camino del éxito: perseverar. No hay otro. El gobierno local de Sevilla, nueve meses después de haberse constituido formalmente, parece, sin embargo, empeñado en ignorar ambos consejos, ya que el saldo de su gestión es bastante discreto en comparación con la efervescencia que marcó el periodo previo a los últimos comicios electorales, cuando Monteseirín se jugaba la permanencia en la Alcaldía. En una coyuntura difícil -con una credibilidad más que relativa y movimientos internos en su contra en su propio partido- el alcalde logró forzar la maquinaria municipal al máximo para llegar a las elecciones con un balance político que, aunque fuera bastante discutible, no podía ignorarse. Tal efervescencia, que en realidad se inició dos años antes del 25-M, y que tuvo en los 12 meses previos a las elecciones su punto más alto, parece haberse diluido después de que la aritmética electoral garantizase a PSOE e IU tranquilidad y buenos alimentos para cuatro años más.

Desde su constitución hasta ahora, el ejecutivo político que preside Monteseirín anda a medio gas. Ha intentado proseguir por la senda de los grandes proyectos -que fue la que marcó el anterior mandato- pero los resultados son bastantes más discretos que antaño. Está, por decirlo de forma expresa, viviendo de las rentas (algunas virtuales; otras algo más ciertas) y como a la expectativa. Su gran ventaja es, sin embargo, que enfrente -ido el PA, que hacía las funciones de minoría combativa; al igual que en los años noventa este papel le tocó a IU- no tiene una alternativa sólida que haga pensar que corre ni el más mínimo peligro. La línea populista por la que ha decidido transitar Juan Ignacio Zoido (PP) -en perpetua campaña electoral de sonrisas y visitas- no arroja aún resultados ciertos como para hacer peligrar la mayoría política que han armado PSOE e IU, cuyos visos de perdurar son grandes. Mayúsculos.

los frentes abiertos

Y no es precisamente por exceso de aciertos. PSOE e IU, que en la última fase de la anterior etapa municipal prácticamente sorprendían cada semana con nuevos proyectos y determinadas propuestas bastante singulares -algunas mucho más afortunadas que otras, la verdad-, lleva casi nueve meses dando volantazos y con rumbo bastante irregular. Como si no tuviera impulso para seguir la labor iniciada en 2003 o, quizás, los cerebros municipales estuvieran en otras cuitas. Acaso emulando aquella célebre frase de Cervantes: "Tuve otras cosas de las que ocuparme".

Algunas muestras de esta languidez son las obras en los principales espacios públicos de la ciudad -los escaparates de la gestión municipal en los últimos tiempos- o la repetición con marcha atrás de iniciativas ya amortizadas. En el primer capítulo, los hechos son evidentes: la reforma de la Encarnación sufre un retraso de dos años por la impericia a la hora de llevarla adelante. El Parasol ha pasado de ser un activo a convertirse en un pasivo al no saber cómo construirlo. En la Alameda también se eternizan las reformas: debieron haberse culminado el pasado verano y todavía tienen un sinfín de flecos pendientes. El gobierno local ya ni se atreve a dar plazos. La Plaza de las Libertades, otro proyecto emblemático, está bloqueada sine díe. En lo que se refiere al resto de asuntos, el balance no es mejor: el tranvía, cuyo resultado de explotación no está siendo bueno, tiene aparentemente en marcha su ampliación, pero únicamente sobre el papel. Igual que la ronda SE-35: no ha salido todavía de la fase de estudio técnico. La peatonalización del centro se ha convertido en otro proyecto interruptus por las presiones de los comerciantes y la falta de valentía política. Fibes, cuya primera piedra se ha puesto siete años después de lo prometido, avanza piano, piano. Hasta el segundo Plan de Barrios despierta entre risa y miedo en ciertos distritos teniendo en cuenta el mediocre balance de la primera edición. ¿Qué queda pues de estos nueve meses? Poca cosa. Buenas palabras y la sensación de que, igual que con la economía, vivimos un cambio de ciclo en la vida municipal. Que se le llame crisis o recesión es lo de menos. Lo trascendente es que ocurre. Y esto no es bueno para (casi) nadie.

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