El Espartero del Siglo XX

Comentarios 1

Nacido en el Cerro del Águila y muy identificado con San Bernardo, Diego Puerta representa un hito clave en la historia del toreo según Sevilla. Decir Diego Puerta en el toreo es hablar de honestidad y gracia, de valor y pinturería, de vergüenza torera y de un amor propio que transportaba el toreo a unos niveles de competencia superlativos. Formó con su compadre Paco Camino una pareja que siempre llevó el nombre de Sevilla por las cotas más insospechadas del mundo de Tauro y en la galería de perpetuos de esta ciudad, Diego ocupó y ocupará un lugar preeminente.

Hay en la vida de Diego Puerta muchas fechas para el recuerdo, pero una está grabada a sangre y fuego para servir de plataforma de lanzamiento hacia una carrera imparable aun llena de dificultades y de sangre derramada. Es la tarde del 30 de abril de 1960, en los chiqueros del Baratillo está encerrada una corrida de Miura y en ese lote va Escobero. Diego tanía las cosas no encarriladas y llegó al patio de caballos ensimismado y consciente de que su carrera dependía mucho de esa tarde. Tan mentalizado llegó que llamó a su banderillero Antonio Galisteo para pedirle encarecidamente que la cuadrilla estuviese muy pendiente porque esa tarde iba a ser de hule. 

Y Diego se la jugó como se la juegan los toreros machos y, prácticamente, salió rico de la plaza pero hecho un ecce homo. Y tanto se le encarriló su trayectoria profesional que con el primer dinero ahorrado compró una finca en Los Palacios para, en signo inequívoco de agradecimiento, bautizarla con el nombre de Escobero, el toro que le catapultaba para el alto honor de ser considerado en adelante como torero universal y pilar ineludible en todas las ferias del mundo taurino.

A partir de ese año de 1960, Diego dejó de venir en el 63 porque sufrió una cogida en Barcelona el día antes de torear su primera de Feria, pero ese cartel de Puerta, Camino y El Viti era santo y seña en aquella década prodigiosa. Raro era el día en que Diego se iba de vacío y hay otra tarde sevillana en que el ya llamado Diego Valor forma un lío de tal dimensión que Manuel Zambrano, el policía que ejercía de presidente, no tuvo otra salida que concederle el rabo del segundo, Gallineto, un toro colorao, hociblanco y con bragas del Marqués de Domecq con el que Puerta formó un alboroto inconmensurable.

Era viernes de Feria del 68 y en el palco estaban los Príncipes de España en la única vez que doña Sofía presidió una corrida en la Maestranza. Junto a Diego figuraban en el cartel Antonio Ordóñez y Curro Romero. Sin que nadie corriese al toro, Diego hincó las dos rodillas en el albero para, al hilo de las rayas, pegarle dos largas cambiadas espeluznantes. A partir de ahí, una sinfonía de toreo con el capote en la que hubo sevillanía de pies juntos y ortodoxia de suerte cargada, chicuelinas y gaoneras, hasta el punto de que casi tenía el rabo cortado cuando, con prisas, le brindó el toro a los Príncipes. La imagen de Diego con el rabo del toro en una mano y el bastón de mimbre del ganadero Samuel Flores en la otra se ha quedado archivada en la más brillante historia gráfica del toreo. 

Y siguieron más ferias y más triunfos, y más cornadas, hasta que a finales de la temporada del 74 dijo hasta aquí hemos llegado y ya estoy en mi casa con mi mujer, María, María García-Carranza Ternero. Era el 12 de octubre del 74 y un toro en Zaragoza le había reventado los huevos, pero Diego no iba a rajarse por esa nimiedad y vino a Sevilla para poner el no hay billetes y despedirse en un mano a mano con su compadre Paco Camino, el torero que más le motivaba, el que le hacía hervir el agua a un radiador pujante, lleno de energía, como el de un nuevo Manuel García El Espartero, que para eso fue Diego Puerta considerado de forma unánime el auténtico Espartero del Siglo XX.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios