Transporte público La ciudad vuelve a quedarse sin alternativas públicas para desplazarse

Esperas de hasta dos horas y colapso en los taxis por el paro de Tussam

  • Los servicios mínimos del 25% se cumplieron, pero fueron insuficientes · Los empleados del tranvía no secundan la protesta · La Facua la rechaza y lamenta que se tome como "rehenes" a los ciudadanos

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Colas en las paradas, autobuses abarrotados que pasaban de largo, citas médicas anuladas, llamadas para avisar de demoras, el servicio del taxi colapsado, estudiantes arrastrando maletas de fin de semana y un ánimo que se movía entre la resignación y el cabreo. Con esta ausencia de incidentes se desarrolló ayer la jornada de huelga de Tussam, cuya principal exigencia es que se anulen los expedientes disciplinarios que se abrieron a ocho trabajadores -"padres de familia", insiste el comité de empresa- que causaron, supuestamente, destrozos en decenas de vehículos en el anterior día de protestas.

Los servicios mínimos se cumplieron. Circularon el 25% de los autobuses. Con suerte, uno a la hora por línea. El presidente del comité, Antonio Núñez, aseguró que el seguimiento de la plantilla había sido "del cien por cien", un dato con el que quiso avalar la legitimidad de la huelga. Pero ésta no afectó al Metrocentro. Los conductores del tranvía -distanciados del resto desde que algunos compañeros les pusieron en el punto de mira por solicitar su traspaso al nuevo transporte público- no se sumaron. Según la empresa, tampoco lo hizo nadie del personal de oficina, ni de los talleres.

Los consumidores tampoco la respaldaron. Sólo había ocurrido una vez, en los 90, con una protesta sanitaria. La Facua está en desacuerdo con los motivos del comité de Tussam. No son "reivindicaciones laborales", dijo su portavoz, Rubén Sánchez, quien opinó que, tal y como está la negociación, "no se puede tomar como rehenes a los ciudadanos" y exigió que, de mantenerse la huelga de Feria, se amplíen los servicios mínimos.

A pie de calle, los principales problemas se dieron temprano, cuando los trabajadores que no estaban al tanto tuvieron que perder la mañana en desplazarse. En las paradas con pantalla se llegó a anunciar más de 50 minutos de espera (muchos transbordos no pudieron hacerse) y se pedían "disculpas" a los usuarios. La noticia se fue propagando de boca en boca, con indignación creciente cuando pasaban los minutos y los usuarios lograban subir, con suerte, comprimidos y acalorados en los coches.

Al mediodía, las colas se repitieron a pesar de que muchos de los que se movían por trabajo ya habían buscado alternativas: coches compartidos, taxis -hubo más vehículos privados, pero el tráfico fue fluido con menos autobuses- paseo a pie o en bici. Otros se quedaron a almorzar. Los que esperaban eran sobre todo personas con poco poder adquisitivo, con movilidad reducida y sin alternativas. Los más débiles.

El abanico de testimonios era extenso. Mirta, una inmigrante que trabaja como auxiliar de ayuda a domicilio de una empresa especializada, llegó tarde a las casas de los dos usuarios que debía atender, personas mayores que la esperan para sus tareas básicas. Ana Isabel Mallén, que bajó a coger el 20 en la calle Tharsis a las diez, aún esperaba pasadas las doce frente al ambulatorio de María Auxiliadora para transbordar en el 1 y llegar a su trabajo en los pisos de la Estrella. Antes de saber que había huelga, desayunó y ya no le daba para un taxi. A las dos y media, cedieron el asiento a una señora con muleta en la parada del 24 en la Encarnación. No le quedaba otra cosa: ya se había gastado 12 euros por la mañana en el taxi que la dejó, por los pelos, en su cita con el médico.

Bibiana, Verónica y Óscar -dos limpiadoras bolivianas y un ecuatoriano- compartieron también taxi, sin conocerse, de Triana a la Ronda de Capuchinos: 1,50 por cabeza. Óscar ya estuvo a punto de perder una clase práctica de conductor de tráiler. Tuvieron suerte, Ángeles, trabajadora del Bingo Gigante, llamó para que la llevaran a Hacienda a pagar las tasas y encargar cartones para el fin de semana, no había forma de que lograra un coche.

En cuanto a las opiniones, los afectados oscilaban entre la resignación ("es lo de siempre", "la forma que tienen de presionar"), o la crítica de los que admitían conocer las causas de la huelga. "Pagamos todo, los destrozos y la huelga, con nuestro dinero y nuestro tiempo", sentenciaba Luis, poco antes de que otro C-3 pasara sin abrir por su parada. Echó a andar hacia el Parque de los Príncipes.

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