OBITUARIO

Muere el escritor y columnista sevillano Íñigo Ybarra Mencos

  • Nacido en 1960, pasó por 'Sevilla Información' y fue columnista de 'Diario de Sevilla' y 'ABC'.

Cuando Íñigo Ybarra Mencos (Sevilla, 1960-2015) le decía a sus amigos que iba a bautizar su columna de Diario de Sevilla como El currinche, la mayoría le preguntábamos extrañados por el significado del vocablo, a lo que él respondía a bocajarro con la definición que ofrecía el Diccionario de la Real Academia Española: "Entre periodistas, principiante, gacetillero". La anécdota sirve para ilustrar dos de sus características: la modestia y una forma de ser anticuada que le confería un especial encanto. Evidentemente, el escritor y periodista sevillano, que murió durante la madrugada de ayer debido a una enfermedad incurable que le fue diagnosticada este verano, no era nuevo en las lides del periodismo, como bien atestigua su paso por el desaparecido Sevilla Información o sus columnas en Abc.

Nacido en el seno de una conocida familia sevillana e hijo del también escritor Eduardo Ybarra Hidalgo, Íñigo Ybarra dio buenas muestras de su idea del columnismo en su esperado artículo de los lunes en Diario de Sevilla: desprecio absoluto e insobornable por la actualidad, sentido del humor y de la ironía, amor crítico a su ciudad, humanismo costumbrista y una forma de ser caballerosa que le impedía cebarse con nada ni con nadie. Pese a presumir de una cierta indolencia y desdén por las cosas del trabajo, en sus últimas semanas de vida, ya con una salud deteriorada que le obligaba a pasar breves temporadas en el hospital, Íñigo Ybarra dio a todos los que hacemos periódicos un inolvidable ejemplo de casta, dignidad y profesionalidad, escribiendo sus columnas hasta su último aliento. Muchos recordaremos durante toda la vida piezas como Unidad de sangrantes o Bondad vs. Maldad, claros ejemplos de una pluma certera y un alma generosa. No se podría desvincular esta grandeza de ánimo de su profunda religiosidad, un catolicismo como el de Azorín: "Firme, limpio y tranquilo", muy lejos del puritanismo y el oscurantismo. Tenía algo de cristiano epicúreo, de discípulo andaluz de Montaigne. Como buen miembro de la familia Ybarra, era hermano del Silencio y no era extraño encontrárselo en la calle Jesús del Gran Poder después de confesar y comulgar en la iglesia de los Jesuitas; pero también tomando cervezas, tapas y copas en numerosos bares de Sevilla. Fue gran paseante del centro y nunca faltaba a la tertulia de los martes en el restaurante de Robles Placentines, junto otros miembros de la fauna literaria y periodística de la ciudad.

Pese a que se licenció en Ciencias Económicas, tras estudiar Bachillerato en los Maristas de Sevilla, Íñigo Ybarra sintió desde siempre la llamada por la literatura. En este aspecto alternó una serie de libros de encargo de carácter institucional con obras más personales que tocaron la literatura de viajes, la biografía, el relato corto y la novela. Entre los primeros se encuentran los dedicados al Real Club de Andalucía (Aero), la Naviera Ybarra o el empresario y cazador Valentín Madariaga y Oya. Como biógrafo destaca Thebussem: realidad y ficción (Renacimiento), en el que se adentra en los vericuetos de la vida del gran erudito y gastrónomo andaluz, antepasado del propio escritor. En A trompicones, relata sus peripecias como peregrino en el Camino de Santiago por la ruta de la Plata y en el relato La encina del Francés lleva al lector a los turbulentos años de la Guerra de Independencia. Sin embargo, quizás su obra más querida sea Las ardillas, novela que iba a ser la primera parte de una ya malograda trilogía y que se ambienta en los ambientes juveniles de la alta sociedad sevillana durante los años de la Transición.

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