Navidades en la comisaría

  • Decenas de personas soportan la espera de toda una jornada para poder renovar el documento nacional de identidad · La tensión y las quejas se apoderan de las colas

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Si pasar un día entero en la sala de espera de una comisaría de Policía a la espera de renovar el DNI o el pasaporte ya es de por sí uno de esos inevitables e insoportables trámites de la vida, hacerlo un 26 de diciembre se convierte en una experiencia especialmente ingrata. Ayer fueron muchos los que, abarrotando la sala, vivieron la experiencia de pasar una jornada casi al completo entre las paredes de la Jefatura Superior de Policía de la avenida de Blas Infante.

Los adornos navideños que cuelgan en la sede de comisaría no ayudaron a suavizar el trance por el que le tocó pasar a Victoria Gordillo, que abandonó Almensilla a las ocho y media de la mañana. Victoria se dirigía a San Juan de Aznalfarache dispuesta a renovar su Documento Nacional de Identidad después de haberlo perdido recientemente en la capital de España. En la comisaría de la localidad aljarafeña, los trámites le impedían obtener el documento en el mismo día, de ahí que se decidiera por acudir al reclamo de la sede de Blas Infante. Después de terminar su jornada laboral al cuidado de un niño pequeño en un domicilio de la capital, la señora llegaba pasadas las dos de la tarde a la comisaría de Los Remedios.

Cuatro horas y media después, Victoria no había conseguido siquiera un número para el turno de la tarde. La organización de la comisaría había repartido en la mañana 200 números tanto para el turno mañanero como para el vespertino, lo que dejaba con un palmo de narices a las varias decenas de personas que esperaban conseguir su vez desde primera hora de la tarde. Para esos casos, la comisaría organizó una lista de espera con la que se cubriría las ausencias del listado repartido por la mañana. “Venimos de Carmona, donde nos dan turnos de un mes a otro, y nos hace falta el DNI ya para el médico. Llegamos a media mañana y tenemos el número 196. Es increíble que a estas alturas tengamos que perder un día entero y aguantar estas colas”, explica Gracia Pérez, que aguardaba acompañada por su marido.

El caos se apodera de jornadas así. Las señoras mayores piden a los más jóvenes ayuda para interpretar las extrañas combinaciones de números y letras en los paneles electrónicos. Un cocker ronda los asientos. Los empleados de la sala salen cada cierto tiempo a pasar lista y a advertir que las fotografías tienen que ser recientes. “Por favor, atención a todos, tengan preparado el dinero exacto”, vociferaba uno de los encargados de la logística.

Los niños corretean, algunos aprovechan para echar un sueñecito a esa hora de la tarde y otros incluso para estudiar un rato. José María, que cursa Ingeniería Informática, saca provecho a la hora que lleva adosado a la silla para trabajar sobre un grueso manual en inglés. “Sinceramente, esto debería hacerse de otra manera, hay diez mesas oficialmente y algunas vacías. Llegué esta mañana a las once a coger número y ya veremos cuándo me toca. Si quieres que te atiendan por la mañana, te tienes que venir a las cuatro o las cinco de la mañana”. 

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