Pasear, jugar, tal vez soñar

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Era portuario, pero se le va a quedar alma de tranviario. Ya forma parte de su paisaje. Este sevillano de Triana que trabajó de estibador sale de su casa y se regala los detalles a una vida llena de privaciones. "Mi señora se queda en casa porque está enferma". No dice su nombre. Sí su edad: 74 años. Antes que el periodista, se le acerca al banco de la Puerta de Jerez una turista y le pregunta el camino más corto para la Maestranza. La atiende con educación, baja el volumen de su transistor, por el que se escucha la voz de Michael Laudrup analizando la derrota del Getafe.

"Cada uno es de una opinión, pero yo lo veo muy bien", dice del resultado final de este espacio neurálgico de la ciudad. Una de las nuevas plazas que ha empezado a disfrutar o a padecer la ciudadanía. La dualidad sevillana en estado puro. La turista se dirige a la Maestranza. "Sólo fui una vez a los toros. El bicho cogió al torero, lo levantó, por poco lo mata. Ya no volví más. Era un torero que se metió en un convento", dice en referencia a Mondeño. Los domingos está allí como un clavo porque viendo pasar al tranvía escucha una emisora que sólo da sevillanas. Es lo que más le relaja."¡Peligro! Carril compartido de peatones y bicicletas". El cartel evoca un peligro desigual. Titular impensable: ciclista atropellado por peatón. Suenan las campanas de Nuestra Señora de Jesús, frente al palacio que fue cuartel de Franco y cuna de Aleixandre. Peatones. Ciclistas. Tranvías. Una cosa muy afrancesada. ¿La catedral de Sevilla o la de Chartres? Pasa por la puerta del Sagrario Antonio Fontán, el único concejal (del PP) que en 28 años de Ayuntamientos democráticos ha publicado sus memorias municipales.

En la plaza del Pan es abrumadora la hegemonía de las novias. El hijo de Juanita Reina se prueba un traje en Ropero, tienda de ropa donde estuvo una de las ferreterías más reputadas de la ciudad. Desde la oficina de Imagina, agencia de publicidad que fundó Juan Luis Asencio, se ve la nueva plaza del Pan. "Natalio, el platero, la llama plaza de la Baguette". Por extinción de oficios, espacios y hasta alientos, es imposible encontrar en este lugar la descripción que del mismo hacía Luis Cernuda en las páginas de Ocnos. Desde la perspectiva del diablo cojuelo, este edificio de Espiau es mirador del espacio que algunos vecinos le ganan al cielo. Lo de los holandeses en la tierra de María Santísima.

"A mí me parece regular, qué quieres que te diga". Pepe Díaz tiene su tienda de anticuario en las Siete Revueltas, a espaldas de la plaza del Pan. "Las farolas son un desastre". No influye en su opinión el hecho de que sea anticuario, oficio que empezó a ejercer en Inglaterra y después en México, en el abigarrado mercadillo de la Lagunilla, variante del Jueves. Del país donde murió Cernuda, Pepe Díaz regresó a la plaza del Pan que evocó el poeta. "Me gustan las cosas antiguas, es evidente. Si tuviera una tienda tipo Ikea, estaría encantado". Vista una plaza, vistas todas, argumenta el anticuario. "Me da la sensación de que es todo en este proyecto muy uniforme. Todas las calles parecen la misma calle. Hay una cosa noble en el adoquín que la han suprimido". El anticuario tiene un Greco. Es el nombre de su perro. "Greco comparte mis opiniones. Dice que donde se pongan los olores antiguos, que no se pongan los modernos". No desdeña lo nuevo. Su hija Daniela acaba de cumplir dos años. Con ese bagaje internacional, su plaza de juegos infantiles es la de San Lorenzo. "Es la única cuyo arreglo me convence. Han mantenido la fisonomía. Evidentemente la han castrado".

En la Alfalfa ya no hay mercadillo de animales. Tampoco se puede ver a Garmendia retratando al personal en la barra del Gran Tino. Una madre y una abuela prueban el flamante parque infantil. "Yo soy mucho de la Alfalfa y a mí me encanta", dice Lola Torrado, 38 años, licenciada en Bellas Artes, aunque su única ocupación en la actualidad es cuidar de su hijo Álvaro, que juguetea con un amiguito entre toboganes.

"Me gusta mucho la obra de la Encarnación. Me convence el proyecto y creo que más me va a convencer el resultado". Antes de que abrieran este espacio para los pequeños, iba con su hijo a la Gavidia, "pero estaba saturada de niños". Casada con un funcionario, tuvo que hacer proselitismo doméstico. "Mi marido es más tradicional, pero yo tengo la mente abierta porque mi profesión lo requiere, aunque aquí haya mucho clasicismo. Me gusta mucho lo moderno y creo que a mi marido le he influido bastante".

Las hermanas Antonia y Carmen, casadas con sendos hermanos, toman un aperitivio en la terraza del Sardinero. Dentro del bar, la foto que Atín Aya hizo antes de la reforma con la caída de la hoja otoñal, metáfora del paso del tiempo. Las acompañan Marina y Laura, hijas de Antonia, y Alberto, su nieto. "Esta plaza la han respetado bastante, pero las demás son horrorosas", dice Marina. La estatua de Juan de Mesa (1583-1627) ya forma parte de la iconografía de la plaza.

La Alameda es una de las grandes apuestas del Ayuntamiento. El Escorial de los antiguos lupanares. Laura, Marian, Fátima y Andrea salen del instituto San Isidoro y vuelven a casa por la Alameda. "Me gusta, pero yo quitaría la suciedad y la botellona", dice Marian. Fátima cogerá una de las bicicletas colocadas en la antigua pila del Pato. Laura y Fátima estudian Ciencias de la Salud en el instituto donde estuvo un curso trabajando el futuro Nobel Severo Ochoa.

Los agujeros de las Meninas de Manolo Valdés son los más fotografiados después de la Maestranza vista desde el costado abierto de Juan Belmonte en la escultura de Venancio Blanco situada en el Altozano. Las colegialas pasan junto a los okupas, que se han asentado en la Casa de las Sirenas. En sus delirios de duquesa, les gustan los palacios.

"Ése es Excalibur". Un hombre señala una de las obras de Valdés. Acaba de inventar el hombre-espada, variante antropomórfica del pez espada. María Antonia Álvarez y Bernardo Pareja entran en la Alameda entre las columnas de Hércules y Julio César. "Somos ya habituales. Venimos muchas tardes desde Nervión". En el carrito llevan a Elena, su nieta. María Antonia es valenciana y de Letras; Bernardo, de Granada y de Ciencias. Llegaron a Sevilla hace 30 años. "No hace mucho, te llenabas de barro y de polvo cada vez que venías a la Alameda".

"Nos gustan todas las obras que se están haciendo para darle a Sevilla un aire de ciudad europea moderna", dice María Antonia. "El Metrocentro nos encanta. Cualquier ciudad que se precie tiene algo parecido". Lo que menos les entusiasma es la obra de Valdés. San Lorenzo vive un viernes de Gran Poder. En la terraza del bar Sardinero, los amigos de una plaza virtual: seis componentes de la Asociación Andaluza de Periodistas Digitales. Lo más urbano que piden es un Habana Club.

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