Mendicidad coactiva Impresiones iniciales tras la entrada en vigor de la ordenanza antivandalismo

Poca vigilancia y muchos 'gorrillas'

  • El Consistorio se abstiene aún de multar a los aparcacoches ilegales y se limita a informar de la cuantía de las sanciones · Bami, Nervión y Plaza de Armas son zonas de actuación preferente para el Ayuntamiento

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Desde ayer está vigente la ordenanza municipal contra el vandalismo que, entre sus principales acciones, incluye sanciones a la práctica de aparcar coches de manera ilegal, lo que se traduce en posibilitar a la Policía Local para multar a los conocidos gorrillas. Sin embargo, los vecinos y comerciantes de zonas como Bami, Nervión o la estación Plaza de Armas acogen con bastante desconfianza la medida. Pocos creen que la ordenanza pueda eliminar esta actividad, cuyo foco se concentra en los aparcamientos cercanos al hospital Virgen del Rocío.

En un simple recorrido al mediodía, la comprobación de si la medida había surtido efecto disuasor entre los gorrillas daba como resultado un rotundo no. Decenas de aparcacoches ilegales seguían con su actividad como si nada, pues la vigilancia no era muy constante. Fuentes del Ayuntamiento confirmaron a este periódico que aún no se ha multado a ningún aparcacoches y que tan sólo se les informa de la cuantía de las sanciones económicas, valoradas en un mínimo de 120 euros. "La normativa no va a valer para nada", sentencia Juan Gutiérrez, dueño de la floristería Bami II y vecino de la calle Castillo de Alcalá de Guadaíra desde hace 15 años. Juan piensa que las multas a los gorrillas no ayudan mucho: "Son insolventes y, además, ¿a qué domicilio le van a enviar la multa?; no tiene sentido".

A pesar de disponer ya de postestad legal para denunciar, lo cierto es que algunos comerciantes prefieren no emitir ninguna opinión sobre el tema por miedo a alguna represalia. "Mi negocio es pequeño y siempre estoy sola aquí dentro", comenta una quiosquera cercana al hospital. Los usuarios del Virgen del Rocío también están acostumbrados a pagar el euro correspondiente. "Son los mismos de siempre. Si no consiguen el dinero aparcando, lo harán robando", matiza Julia Fernández, que visita semanalmente a su sobrino Antonio, hospitalizado en Traumatología, desde hace más de dos meses.

El coche es el principal medio de transporte entre los trabajadores de Bami. "No puedes faltar al pago. Siempre hay que dar los 50 ó 60 centimos, porque si no, te insultan", comenta Esperanza, dependienta de 26 años de una tienda de ropa en la calle Marqués de Luca de Tena. "La ley es estupenda pero la multa no la van a pagar". Esther es la dueña de dicho comercio, que abrió hace tres años, y trabaja en la zona desde hace siete: "Sólo quieren ganar dinero fácil y en la obra no lo consiguen". Ambas aseguran haber tenido problemas cuando no pagan al aparcacoches, aunque las amenazas siempre se quedan en insultos y nunca han recibido ningún daño en sus vehículos.

La farmacia Neto del Río en la calle Castillo de Constantina recibe habitualmente a los gorrillas que compran tranquilizantes para pasar el síndrome de abstinencia. "Les conviene llevarse bien con nosotros", aclara Fina, farmaceútica de 27 años. "A veces nos piden que le cambiemos el dinero que recogen de aparcar, porque prefieren pagarle al camello con billetes". Jesús Sánchez, de 33 años, también trabaja en la misma farmacia: "Son personas que están al margen de la ley. Se aprovechan de la sensibilidad de los usuarios del hospital; piden dinero a quien viene a visitar a un familiar grave y no tiene opción".

Más allá de los problemas que generan los aparcacoches ilegales, hay quien intenta entender las causas de su situación. "Ellos creen que tienen un trabajo normal, con puesto y esquina fijos", comenta Guillermo Migens, vecino del barrio desde hace 10 años. Migens relata la historia de un gorrilla al que consiguió sacar de la calle hace tres años: "No parecía un toxicómano; un día le enseñé su cara en un espejo y se sorprendió por su aspecto". Después contactó con los padres del individuo -adinerados empresarios de Huelva- y decidió regresar con ellos. "Muchos, simplemente, se meten en un pozo a raíz de una depresión y no saben cómo salir".

Diego tiene 43 años y porta una bolsa con algunos paquetes de patatas fritas y un refresco. Es un gorrilla viejo en la zona. Cuatro años durmiendo al raso por la noche. Por la mañana, al trabajo: "Ahora ya he terminado y me voy a comer". Dice que nunca ha amenazado a nadie y que reprende a los que lo hacen: "Son los que están enganchados a la droga". En el lado legal están los vigilantes voluntarios, los conocidos como vovis. Jose María Luque, de 47 años, lleva 14 aparcando coches en un callejón cercano al colegio de Infantil y Primaria Almutamid: "Yo tengo un horario y un sueldo mensual y ellos lo consiguen intimidando a los vecinos".

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