Calle Rioja

Remontada en el Puesto de los Monos

  • Cosas que pasan. He vuelto a comprobar la veracidad de ese título de Graham Greene del que le hablé a Juan José Millás: el que pierde, gana.

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He vuelto a comprobar la veracidad de ese título de Graham Greene del que le hablé a Juan José Millás: el que pierde, gana. María Luisa Galisteo, una trianera que es manchega consorte, es sevillista. Horas después de que su equipo perdiera contra el Levante, ganó la porra casera del Madrid-Barça. Rezaba para que Cristiano no acortara distancias en la falta postrera. ¿Qué más le daba a ella el goal average?

Pepe, mi panadero de la calle Feria, es bético casi de nacimiento. Nació un 14 de abril y la única Liga de su equipo es de la Segunda República. En la primera no había llegado el fútbol a Huelva. Fue a Heliópolis a ver si se rompía la racha de uno de treinta, que suena a canción de Luis Eduardo Aute. Quería librarse de los atascos y se fue antes del descuento, con el 0-1 en el marcador. Uno de treinta y tres. A Pepe Mel lo crucifican, pensaría en el camino. El empate le sobrevino arrancando el coche, y el 2-1 que rompía el maleficio a la altura del Puesto de los Monos. Normal. Allí lleva las riendas Rafael Juliá, uno de los hijos de doña Pilar, vástago que jugó en el Real Betis Balompié.

Cuando le comenté a Millás la racha de Pepe Mel desde que presentó su novela El mentiroso, me dijo que pobre hombre, que tendría que dejar de escribir o dejar de entrenar. Gracias a Rubén Castro, con nombre de personaje de Cunqueiro, podrá seguir haciendo las dos cosas. El que no ha roto el maleficio es el que firma estas líneas. Como un día le dije a doña Cayetana, duquesa de Alba, soy del Real Madrid y del Calvo Sotelo, equipo de Puertollano que dejó en las hemerotecas su denominación industrial. Yo perdí la porra y el goal average.

El domingo del Pregón, 10 de abril, vino el equipo de mi pueblo a enfrentarse contra el filial del Sevilla en la Ciudad Deportiva José Ramón Cisneros. Me libré de la goleada, 5-0, porque a esa misma hora yo intervenía, invitado por mi amiga Rocío Ortiz, en el ciclo Mirar un cuadro del Museo de Bellas Artes. Elegí el monaguillo de Alfonso Grosso, de quien por cierto el otro día vi un espléndido retrato de los patronos del Museo. Casi ocho meses después, como no tenía ningún compromiso que lo impidiera, fui a la ciudad deportiva del Sevilla. Una mañana fría pero agradable, alternándose las nubes y el sol en el dominio del juego. El fútbol modesto, título de un poema de Leopoldo de Luis, tiene una inocencia de familias, de tortilla de patatas, de blasfemias sutiles. Saludé al vendedor de almendras, un clásico. Pero por mucha literatura que le quiera echar, volvió a repetirse con precisión milimétrica la hecatombe del día del Pregón: otra vez perdimos 5-0. Esta vez no estaba yo con Grosso. Pero echaba de menos a Velázquez y Gento.

María Luisa Galisteo veía las luces de Santa Justa desde su piso, una quinta planta. En su casa nos habíamos reunido tres amigos de la infancia en torno a una comanda de freiduría: Paco Luis Arista, Fernando Muela (en su colegio mayor de Madrid vi por primera vez a Alberti recién llegado del exilio) y quien firma estas líneas.

Un poco más allá, en este cogollo de Nervión que ha diseccionado en el centenario del barrio el doctor Antonio Ojeda, se adivina el estadio Ramón Sánchez Pizjuán. Próxima parada del Madrid que la hizo ganadora de la porra. Pepe, el panadero, recuperó el optimismo en la avenida de la Palmera. La carretera que va a Cádiz, próximo destino del Valencia, que se enfrenta mañana en partido de Copa al Cádiz. Un choque con sabor a Carranza que completa las tres patas de la biografía balompédica de Joaquín Sierra Quino: el hijo de Juan Sierra, Borges del Tardón, el amigo de DiStéfano que jugó en el Betis, Valencia y Cádiz.

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