Vida laboral bajo las lonas

  • Casi todas las casetas se encuentran ya preparadas, a falta de colocar los farolillos y los últimos adornos · Gran ambiente de trabajo durante la jornada de ayer en el real de Los Remedios

Dar un paseo por el real de los Remedios a ocho días de que se inaugure la Feria de Abril es deambular por un paisaje desordenado de marquesinas, celosías, hierros, tablones, farolillos y algún que otro parqué acompasado por el ruido de martillazos, soldaduras y voces de mando en el interior de las casetas. Casi todas ellas están montadas a falta de los últimos adornos. Trabajadores y curiosos son los que llenan sus calles en un templado domingo de marzo, en el que algunos aprovechan para redondear su sueldo.

"La verdad es que es raro poner farolillos este mes, que suele ser época de hacer torrijas y pestiños", dice María, una de las diez mujeres que durante 15 días se desplazan desde Utrera para colocar farolillos y flores de papel. Se encuentran almorzando en la caseta número 61 de Antonio Bienvenida, que durante las semanas previas a la Feria se convierte en comedor para los cientos de trabajadores que se encargan del montaje de las casetas. A ocho euros el menú. Aunque hoy han preferido pedir fuera de carta. Raciones de pijotas y merluza fritas. Se hierven los primeros aceites en los peroles. Emilio lleva ocho años trabajando tras una barra en la feria. Es la primera vez que lo hace en las semanas previas. Ahora la labor es más tranquila. Se piden cervezas y los operarios (de abultado vientre) refrescan el gaznate con el dorado líquido. Y más cerveza. Las cajas de manzanilla y fino son invitadas de piedra. Habrá que esperar al fin de semana que viene, cuando lleguen los socios de las casetas, para que se abran las primeras botellas.

"Ésta es la feria de los trabajadores", dice Chari, otra de las mujeres, que junto a María, pone farolillos. "Ahora se llevan más las flores de papel. Echamos ocho horas en las casetas. Nos ponen bien de comer, y luego a casa, cuando ya nos hemos ganado el jornal". Su conversación prosigue mientras apura los trozos de merluza.

A pocos metros de allí José Enriquez también almuerza. En este caso, un bocadillo de charcutería sirve para llenar el estómago durante las 12 horas que vigila la caseta de Sando, una de las más sofisticadas, pues cuenta con parqué flotante y aire acondicionado. Este trabajador, de origen argentino, es uno de los que más tiempo se lleva en la Feria. Dos meses. "Aquí se empieza a montar todo con mucha antelación, porque tiene mucho lujo. Cuando estoy aburrido me traigo el ordenador y me distraigo. La pena es que no haya internet. Aunque todo se andará".

En otra caseta Noemí coloca flores de papel con otra compatriota boliviana. Lleva tres años haciendo esta labor, tanto en Sevilla como en Málaga. Le pagan 55 euros la jornada, que a veces supera las doce horas. Cuando llegue la semana de farolillos pasará a la cocina, donde han adquirido fama sus tortillas. "Hasta las han pedido para otras casetas", presume.

El calor se va acentuando. Los vendedores de chatarra (que soluciona mil problemas) buscan la sombra de los árboles. Mientras, Javier Buzón descarga en Gitanillo de Triana los lavabos y retretes que le han pedido sus clientes de siempre. "Lo peor es que algunos se quieren ahorrar en fontaneros y al final nos acaban llamando porque han conectado mal el lavavajillas". Mil y una anécdotas para escuchar estos días de trabajo. El fin de semana que viene será ya otra historia la que se cuente.

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