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En brazos de Morfeo

  • Cabalgata. La cabezada de Manuel Navarro en el pregón de los Reyes Magos de su padre, organizado por el Ateneo, es el mejor homenaje al sueño de la noche más mágica

Manuel Navarro, dormido en el palco del Lope de Vega, junto a su hermano Miguel y su madre, Amalia Cardenete. Manuel Navarro, dormido en el palco del Lope de Vega, junto a su hermano Miguel y su madre, Amalia Cardenete.

Manuel Navarro, dormido en el palco del Lope de Vega, junto a su hermano Miguel y su madre, Amalia Cardenete. / Antonio Pizarro

Hemos dormido de tantas maneras a nuestros hijos. Con nanas, con arrullos, con cuentos de hadas, unos inspirados en el arcano de Perrault o los hermanos Grimm, otros sencillamente inventados como el que alguna vez le conté a mis hijas de un congreso en el que se encontraban los lobos de todos los cuentos. Con la mayor, cuando era la pequeña, me inventé hasta una tabla de gimnasia para que los movimientos del moisés la adormecieran. El método que más he utilizado es una canción que se me quedó grabada en la mili, Por el camino de Loja, un clásico de Juan Lucena del que a veces hago también una versión qatarí por el camino de Doha.

Lo que nunca había visto era a un padre durmiendo a su hijo desde el atril de un teatro. Fue una de las escenas más conmovedoras del pregón de la Cabalgata que el pasado jueves pronunció en el Lope de Vega mi compañero Carlos Navarro Antolín. Yo compartía el palco número 20 con Luis Carlos Peris y Carmen, su mujer; a nuestra izquierda estaban Stella Benot con su marido y Alfonso Pedrosa, coautor de la biografía de Carlos Amigo que escribió al alimón con el pregonero; a nuestra derecha, Antonio Ojeda Escobar, primer presidente del Parlamento Andaluz y notario, el oficio de Amalia, la madre del niño durmiente, y José Rodríguez de la Borbolla, que fue varios años presidente de la Junta y una noche rey Baltasar, protagonista de excepción en el relato del pregón. Desde los tres palcos vimos cómo ese niño, Manuel, había depositado su cabecita sobre el filo del palco convertido en almohada mientras seguían atentamente el pregón su hermano Miguel, su madre, Amalia, y su abuela, María del Pópulo, extremeña de Almendralejo.

El pregonero evocó la Cabalgata de 1987, año en que el Lope de Vega estaba cerrado por obras

Por este teatro hemos visto pasar la flor y nata del teatro español: José Luis López Vázquez, Ana Belén, José Sacristán, Concha Velasco, Berta Riaza, Juan Luis Galiardo... Las mejores compañías. Aquí estrenó hace cuarenta años Carlos Cano la Blanca y Verde. El año que evocó el pregonero, la Cabalgata del 5 de enero de 1987, el Lope de Vega estaba cerrado por obras. Edificio del 29, construido por el arquitecto Vicente Traver que sustituyó a Aníbal González como arquitecto director del certamen, lo estaban rehabilitando para la oferta cultural del 92. Recuerdo perfectamente la reapertura. Fue el 12 de octubre de 1987, y se abrió el telón para la partida inaugural del Mundial de Ajedrez que ese otoño disputaron en Sevilla Anatoly Karpov y Gari Kasparov, una metáfora de los tiempos de perestroika, el telón abierto como metáfora de la caída del muro de Berlín que tendría lugar dos años después. Ese teatro acogió en 1992 el último Pregón de Semana Santa antes de su traslado al teatro de la Maestranza. Lo pronunció Antonio Moreno Andrade, magistrado que se acaba de jubilar y a quien tanto admira el pregonero.

La terna de Reyes Magos de aquel año fue majuestuosa, valga la redundancia. A Melchor lo encarnó Juan Antonio Ruiz Espartaco, un torero que utilizaba en los carteles el nombre del esclavo que se rebeló contra Roma y que interpretaba en el coso de la Maestranza un arte de reminiscencias micénicas. Gaspar fue Jesús Aguirre. La cólera de Dios se había amansado al casarse en 1978, año constitucional y capicúa, con la duquesa de Alba. Y Baltasar era Pepote. El entonces presidente de la Junta soñaba con ser presidente del Betis, alcalde de Sevilla o hermano mayor del Calvario, pero esos ropajes de la Epifanía compensaban con creces aquellos anhelos incumplidos.

Fue una noche emocionante. Me quedé con una frase de Carlos: "Los niños nunca mueren". Y con una imagen que parecía una escena de una película de Garci: la bulla de la Cabalgata al paso por la Plaza Nueva y el silencio de San Onofre, el hilo ininterrumpido de la Oración Perpetua. El triunfo de los niños, carne de cañón de las guerras, los abusos, los trasiegos migratorios, monstruos como los de la película La noche del cazador de Charles Laughton. En el palco adyacente al del niño dormido estaban los hermanos y el padre del pregonero. Su abuelo Luis es americanista. Mi abuelo Andrés también lo fue. En realidad era panadero, pero a todos sus nietos, y tuvo nada menos que 23, nos contaba que lo que en realidad era una herida de la Guerra Civil se la había producido un toro cuando hizo las Américas. Lo único cierto es que había sido testigo de la espantá de Cagancho en Almagro.

Con el teatro a rebosar y el alcalde convertido en sastre literario, el único que de verdad estaba entendiendo el pregón de la Cabalgata era aquel niño dormido, Manuel Navarro Cardenete. Ya se sabe que los Reyes sólo entran en las casas donde todos duermen y Manuel quería que las palabras del mensajero de los magos de Oriente no se quedaran en la puerta, sino que se esparcieran por toda la casa. Soñar es una palabra maravillosa que significa a la vez descanso y ajetreo: cuando soñamos somos capaces de surcar oceános, revertir glaciaciones, marcar goles inverosímiles o volar como leonardos ingrávidos. Al cabo de los siglos y las galaxias, nos despertamos. Manuel seguía dormido. No lo despertó ni la cerrada ovación del público a la bella pieza oratoria de su padre, ni siquiera el himno de Andalucía con la voz de Carlos Cano incrustada en alguno de los sueños de la tramoya donde habitan los duendes del teatro.

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