El cardenal de nadie

  • Amigo domina la distancia corta, atento a ver siempre detrás del debate de las ideas a personas con inquietudes y valores.

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Carlos Amigo Vallejo es un hombre que se mueve entre metáforas de cristal. Capaz de asumir intelectualmente que el paso del tiempo contribuye a definir la formulación de los dogmas de la Iglesia católica y, a la vez, de remarcar de manera roqueña la inalterabilidad del contenido de esos mismos dogmas. Capaz de defender la reasignación de sexo como una prestación de la sanidad pública para quienes la necesiten y de oponerse sin fisuras a la ordenación sacerdotal de las mujeres. ¿Es un tipo de derechas? ¿De izquierdas? A él le divierten, en cierto modo, esa clase de desconciertos que despierta a veces y que suele atribuir, con su retranca de hermano lobo (la publicación crítica del tardofranquismo y la raíz del relato franciscano, otra vez la metáfora y sus polisemias) a que no siempre se explica adecuadamente y a que se mete en charcos de los que no siempre sale bien parado.

Pero esos episodios que salpimentan su carrera (porque forman parte de su manera de vivir) no sólo le divierten. Le son muy útiles. A veces, casi los provoca. Porque le sirven de palanca, de punto de apoyo, para conectar con cualquiera en su territorio preferido, que domina con maestría: lo personal. Siempre con respeto, procurando escuchar primero (mucho) y después, hablar. Una vez, alguien le preguntó en público, precisamente, por un asunto de banderas. El cardenal, con un juego de muñeca probablemente aprendido en Andalucía y con una pizca del espíritu anarca propio de algunas señas de identidad de la orden franciscana, respondió que su bandera era la del arco iris. ¿Y eso, qué es? ¿Un tributo al pacto esperanzado de Dios con Noé después del Diluvio? ¿Un guiño a la diversidad ecológica que está en el centro del activismo medioambiental? ¿Un gesto de cercanía a la comunidad gay? Pues puede ser todo eso. Depende del interlocutor, porque Amigo Vallejo entiende que lo primero son las personas. Y está dispuesto a ir con ellas adonde sea, aun forzando las costuras de las instituciones y de los usos tradicionales, excepto a un lugar: el exterior de las fronteras del magisterio católico. Cuando ha sentido alguna vez que se habría podido ver en esa tesitura, su decisión siempre ha sido la misma: rectificar, si ha habido que hacerlo, y alinearse sin dudar con la jerarquía de la Iglesia .

En otra ocasión, comentando la polémica de los símbolos religiosos en los colegios, se despachó a gusto, a su estilo socarrón alimentado por la sabiduría heredada de saberse de pueblo e hijo de un médico de pueblo: "Parece que se recuperan viejas recetas ya superadas, que lo mejor para solucionar los problemas de cabeza es el jarabe de guillotina. ¿Que hay unas niñas que van al colegio con velo y unos niños que van con crucifijo? Aquí nadie viene con velo ni con crucifijo. Cuando lo ideal, en mi modesta opinión, sería que la chica musulmana aprendiera a respetar al chico cristiano y que el chico cristiano aprendiera a respetar a la chica musulmana, y venga usted a clase adornado como quiera". De nuevo la noción nuclear del pensamiento de este hermano menor que ha sabido relacionarse con más de un hermano mayor: las personas. "Antes se respetaba a los padres llamándoles de usted. Lo importante es que respetes a tu padre, ése es el principio. Que le llames de usted, de vos o Manolo, es lo de menos".

Vivir entre metáforas exige un fino sentido del equilibrio, que no es lo mismo que renunciar a mojarse. De hecho, a muchos les gustaría que el cardenal Amigo se mojase menos. Chesterton define precisamente la ortodoxia como un equilibrio, que es el que sostiene todo el edificio de la fe -cuando se deja de creer en Dios, se cree en cualquier cosa- apoyándose en un vértice precario: inclinarse hacia un lado o escorarse hacia el otro puede ser fatal. Y a Amigo Vallejo, siempre en la ortodoxia, le gusta el vértigo del equilibrio.

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