Antonio Rivero Taravillo. Traductor y escritor

"Es una pena que la casa natal de Cernuda esté en las condiciones ruinosas que está"

  • Toca todos los palos literarios y ha protagonizado auténticos 'tour de force', como la traducción de una completa antología de la poesía antigua irlandesa o la biografía de Luis Cernuda

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Hubo un tiempo en que Antonio Rivero Taravillo formaba parte del mobiliario del desaparecido pub Flaherty en compañía del otro irlandés de las letras sevillanas, León Lasa. Cuando el plumilla se lo recuerda sonríe con nostalgia. "Tenía domiciliada mi nómina allí". Poeta, traductor, novelista, librero, director de revistas, editor... Antonio Rivero Taravillo ha pasado por todos los gremios de la república cultural hispalense. Como traductor ha permitido a los hispanoparlantes acercarse a la poesía medieval irlandesa, a los sonetos de Shakespeare o a los versos de Yeats. Como ensayista es autor de la más completa biografía que, hasta la fecha, se ha escrito sobre Luis Cernuda. Rivero Taravillo es un hombre más bien serio, uno de esos sevillanos que destrozan el tópico del guasón meridional. Sonríe poco y es casi imposible verlo lanzar al aire una carcajada. Cuando fue director de la Casa del Libro consiguió la cuadratura del círculo de convertir unos grandes almacenes de libros en una  librería de fondo, en un auténtico referente para la vida cultural sevillana. Pese a su amor a los pubs, Rivero Taravillo es un estajanovista, como demuestra continuamente con sus traducciones, sus poemas, sus novelas, sus revistas... No va a parar. Está claro que nunca lo hará.

-Traductor, poeta, novelista y ensayista. Toca usted muchos palos...

-En la literatura la compartimentación es un tanto artificial. Me gusta lo fronterizo y sobrepasar las lindes, pero no es algo programático, surge espontáneamente. Empecé escribiendo poesía y la traducción fue un complemento natural. El ensayo y la novela vinieron después.

-Pero quizás es en la poesía y en la traducción de ésta donde usted se siente más a gusto.

-La poesía es el núcleo, el tronco del cual surgen las otras ramas. La poesía es, sobre todo, una forma de ver el mundo, una mirada, un ver desde ángulos distintos, casi mágicos, realidades que parecen planas o faltas de relieve. La mirada poética me interesa más que la escritura del poema medido en la página.

-Le voy a meter en un pequeño compromiso. ¿Me puede ejemplificar lo que está diciendo con unos versos?

-Hay un poema de Juan Ramón que viene bien [cita de memoria]: "¡Quién sabe del revés de cada hora!/ ¡Cuántas veces la aurora/ estuvo tras un monte!/ ¡Cuántas el rejio hervor del horizonte/ tenía en sus entrañas de oro el trueno!". Juan Ramón nos está hablando de cómo una realidad determinada esconde cosas que, incluso, podrían ser opuestas a esa misma realidad.

-De su labor como traductor impresionó mucho uno de sus primeros trabajos Antiguos poemas irlandeses (Gredos, 2001). ¿Cómo un entonces joven sevillano terminó traduciendo la lengua irlandesa?

-La llave para abrir esa puerta fue la música. Mi interés por Irlanda empezó a surgir a partir de conocer un repertorio musical riquísimo que iba desde lo más animado y bailable a lo más melancólico y profundo. Por cierta excentricidad comencé a estudiar la lengua irlandesa, a la que le he dedicado casi 30 años de trabajo. Ese libro, honestamente, supuso un hito, ya que es la antología de poesía irlandesa medieval más completa que existe en cualquier otra lengua... Incluso en inglés no hay ninguna recopilación que, en un sólo volumen, recoja tantos poemas. Para mí fue una auténtica gratificación que se publicase en Gredos, una editorial con un gran peso filológico y literario.

-Cuando hablamos de Irlanda es inevitable referirnos a la cultura celta, que siempre produce en el público una cierta fascinación. ¿A qué se debe?

-En general, lo céltico tiene interés porque se refiere a otra Europa que no fue la que predominó. Nosotros venimos de Roma y de una serie de estructuras sociales y culturales muy definidas por esta civilización. Sin embargo, la cultura celta representa lo brumoso, lo vedado, esos países de la periferia de Europa que fueron derrotados. En una ciudad luminosa como Sevilla, lo natural para mí es aspirar a lo lluvioso, a lo frío y verde. En definitiva, a lo complementario.

-En España y Andalucía se olvida muchas veces que aquí también hubo cultura celta. Solemos creer que lo céltico sólo afectó a Galicia y a las islas del norte...

-Habría que hacer un estudio de cómo se ha ido echando a un lado la herencia celta. En la Primaria nosotros estudiamos que los celtas y los iberos eran los dos componentes de la España prerromana, pero luego se ha ido postergando este asunto. Sí, España y Andalucía tienen un sustrato céltico muy importante, aunque después hayan venido muchos otros pueblos.

-Este verano estuve en Galicia y, en Cedeira, coincidí con una boda celta multitudinaria, una completa mamarrachada de tipos disfrazados de druidas y de señoritas ataviadas de princesas del bosque con coronas de flores. Lo seudocéltico suele atraer a mucho impostor y a mucho friki.

-Hay dos momentos de mitificación más o menos espuria de lo céltico. El primero fue en el siglo XIX y está muy vinculado al nacimiento de los nacionalismos. El segundo es el boom en los años 80 y 90 de un celtismo que vinculaba cierta música tradicional con lo hippie, tal es el caso del Festival de Ortigueira. Todo lo que tiene mucho atractivo suele servir de imán para muchos tergiversadores y advenedizos, y lo irlandés y lo céltico no es una excepción.

-Me acuerdo de un artículo suyo muy divertido en la revista Mercurio en la que trazaba un sorprendente paralelismo entre Sevilla y Dublín.

-Ese artículo pretendía tener un estilo muy irlandés en cuanto a lo humorístico y lo exagerado. Comparaba algunos pubs con algunas tabernas; recordaba que 1904 es el año en que se desarrolla el Ulises y en el que se creó la Cruzcampo; hablaba de las similitudes entre el Guadalquivir y el Liffey y entre el barrio del Arenal y el de Sandymount; mencionaba el colegio de las Irlandesas. Era un divertimento, una boutade, pero con una base real.

-La novela contemporánea tiene varios padres. Unos dicen que Proust, otros que Faulkner... Me imagino que usted es de los que defiende que es Joyce, uno de los irlandeses más universales.

-Sí, Joyce es el más importante. Sobre todo porque llegó a extremos que ya no son superables. En su última obra, Finnegans Wake, convierte el lenguaje en un magma absolutamente maleable en el que las palabras cambian y sugieren multitud de significados. Muchas cosas de Faulkner, como el flujo de conciencia, está ya en el Ulises.

-El Ulises tiene fama de ser una obra más citada que leída.

-Sí, efectivamente es un libro más citado que leído. A mí no se me cae ningún anillo al decir que nunca me lo he leído de una sola sentada. Ahora bien, lo habré leído cinco o seis veces a saltos, porque es un libro que se presta al tapeo. Lo más divertido del Ulises es ver cómo Joyce emplea diferentes recursos y estilos que se pueden leer por separado.

-Otros de sus tour de force como traductor ha sido la poesía reunida de Yeats, del que ahora se cumplen 150 años de su nacimiento.

-Yeats es un poeta de una enorme riqueza. Le propuse a Pretextos traducirlo al completo porque es un autor que toca muchos palos: el amor, lo esotérico, lo simbólico y lo místérico. Además es un poeta que no elude los hechos turbulentos que lo rodearon sin tomar un partidismo burdo o violento.

-¿A qué hechos históricos se refiere?

-Asistió a los acontecimientos de la independencia irlandesa y escribió poemas muy intensos, como Meditaciones en tiempos de guerra civil, texto en el que el hecho histórico se trasciende con una reflexión sobre la naturaleza humana.

-Una de sus obras más importantes es su amplia biografía de Luis Cernuda en dos tomos, que mereció el XX Premio Comillas. De repente cambió la poesía del norte por un autor meridional de la Generación del 27. ¿Por qué este cambio?

-Cernuda fue para mí un enorme descubrimiento. Es un poeta que, a diferencia de otros aparentemente más accesibles como Lorca, es más hondo, más meditativo, hasta cierto punto más anglosajón. Me atrajo mucho esa faceta suya de amante de la ciudad, como se ve en Ocnos, que, sin embargo, mira más allá y se pone en contacto con otras tradiciones culturales, como la anglosajona. Escribí esta obra porque me di cuenta de que no existía una biografía exahustiva como Cernuda merecía. Le he dedicado mucho tiempo y esfuerzo, porque no sólo he pisado las hemerotecas y los archivos, sino también los lugares por los que él transitó.

-Cernuda, un poeta cuya apreciación ha ido creciendo con el tiempo. Tanto que hoy en día es quizás el más valorado del 27. Sigue siendo un autor de una gran modernidad.

-Una de las cosas más importantes de Cernuda es que fue quemando etapas: el clasicismo inicial, el surrealismo, la vena meditativa influenciada por Hölderlin... El Cernuda final, sobre todo a partir de Las nubes, es un poeta muy actual, con un tono sosegado, casi de intimidad... El conflicto continuo de Cernuda, que se expresa inmejorablemente en La realidad y el deseo es, al fin y al cabo, el gran dilema del hombre. Es muy fácil que el lector se mire en este espejo.

-Sevilla sigue teniendo deudas con él: la fundación que desapareció, la desafortunada polémica de su estatua...

-Yo no soy partidario del concepto deuda. Cualquier artista recibe menos de lo que da. Lo que es una pena es que la casa natal de Cernuda en la calle Acetres esté en las condiciones ruinosas en las que está. Hay un proyecto del arquitecto Antonio Barrionuevo para convertirla en una casa-museo, pero ha quedado totalmente parado. El que se cerrase la Fundación que llevaba su nombre me parece absolutamente imperdonable. Tampoco es de recibo que el instituto que llevaba su nombre se fusionase con otro y el resultado se llame Salvador Távora.

-Me da la sensación de que su investigación sobre Cernuda le ha llevado al descubrimiento de un país como México. ¿Es así?

-México ejerce un influjo muy poderoso en casi todas las personas que lo conocen. En mi caso, además, se da la circunstancia de que mi madre nació en Ciudad de México. Mi abuelo puso allí un negocio durante varios años, pero le tocaron los tiempos turbulentos del asesinato de Zapata y Villa... Al año siguiente de nacer mi madre se volvieron a España. Por eso en mi familia hay toda una memoria en forma de fotos y narraciones que han hecho que, desde niño, este país operase sobre mí una especie de atractivo mítico. Es un país que te hace segregar endorfinas, en el que siempre tienes que estar ojo avizor, con muchas contradicciones; en el que convive una gran violencia con una alta cultura de primer orden.

-Hay un tópico que asegura que no merece la pena leer literatura traducida.

-Evidentemente, todo aquel que pueda leer una obra en su lengua original debe hacerlo. Ahora bien, estaríamos muy limitados en nuestro conocimiento del mundo y en el disfrute literario si no tuviésemos acceso a obras escritas en otras lenguas que no conocemos. Todo el mundo habla, por ejemplo, de Kafka, pero si alguien no lo hubiese traducido del alemán ahora no podríamos usar el término kafkiano.

-Como escritor también ha frecuentado la literatura de viajes con libros como Viaje sentimental por Inglaterra o Macedonia de rutas. Volvamos a ese debate que ya parece carente de sentido, ¿en qué se diferencia un viajero de un turista?

-Eso, actualmente, es muy difícil de diferenciar. Ya hay muy pocos lugares vírgenes en los que uno pueda ser un aventurero. Lo único que se puede hacer es lanzar una mirada distinta a aquello que está a tu alcance. No se trata tanto de reflejar sitios como sí de experiencias y de las vinculaciones de los lugares con la cultura. Cuando yo disfruto de verdad de un sitio es cuando conozco que detrás hay una serie de referencias que de alguna manera me hacen vibrar... Si voy a Buenos Aires y no soy un amante del tango me estoy perdiendo muchísimo de lo que me ofrece la ciudad. De la literatura de viajes me interesan las estampas, las iluminaciones que producen los lugares.

-¿Y como poeta, qué busca?

-Para mí la poesía tiene que tener un componente rítmico y musical, aunque con el tiempo cada vez soy más consciente de que hay que ofrecer ciertas imperfecciones o rupturas del ritmo para no convertir el poema en un sonsonete monótono. Me interesa la poesía que emociona, que tiende a una lección moral o reflexiva pero que parte de una experiencia vital.

-Usted fue el director fundacional de la Casa del Libro de Sevilla y protagonizó los años dorados de este negocio, al que convirtió en un auténtico referente en la vida cultural sevillana. En su momentos muchos dijeron que supondría la desaparición de las pequeñas librerías sevillana, pero, sin embargo, actualmente estamos asistiendo a un auténtico renacer de este negocio.

-Ese es un fenómeno cultural que trasciende a las librerías y también está pasando, por ejemplo, en las discográficas y en el mundo editorial, en los cuales han surgido numerosos sellos que aprovechan los resquicios que no cubren los grandes grupos.

-¿Pasea las librerías?

-Sí, de hecho ahora estoy un poco huérfano desde que ha cerrado Birlibirloque y estoy pendiente de su reapertura en un nuevo local. También voy a Palas, a la Extravagante... Visitar librerías es fundamental.

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