Un castellano en Sevilla

  • Hombre del Norte, llegó a Sevilla desde el sur del Sur, la diócesis de Tánger, un ecumenismo que le fue útil para la convivencia con cinco alcaldes de tres partidos.

Ancha es Castilla, menos por Andalucía... El alegato forma parte de una obra teatral de Salvador Távora, que en su fuero interno, entre sueños de Al-Mutamid y pesadillas de Bonifaz, sabe que sobre todo por Castilla se ensancha Andalucía. Le da hasta el nombre a una calle de Triana, la más populosa, arteria central de todos los Viernes Santos.

De todas las Castillas que jalonan la historia de Sevilla, hay un peso específico asociado con cuatro sílabas: Valladolid. Ese vocablo es como un palimpsesto de la historia de la ciudad, como si en la distancia, que en este caso no es el olvido, estuviera preescrita parte de su historia. De allí llegó a Sevilla un historiador y archivero, José de la Peña Cámara, que fue senador socialista en las Cortes de 1977 y dirigió el Archivo de Indias cuando lo frecuentaban Chaunu y Hamilton. Vallisoletanos de Sevilla, sevillanos de Valladolid son Enrique Valdivieso, decodificador de los signos del Barroco, y Julio Cardeñosa, que llevó a España con un pase imposible en el Maracaná de Belgrado al Mundial de Argentina. En Tordesillas, asociado al tiralíneas transoceánico del tratado entre ibéricos, nació Gonzalo Queipo de Llano. En el Archivo de Simancas murió mientras hacía recuento de los tripulantes que viajaron con Colón la investigadora norteamericana Alice Bache Gould, hecha sevillana al ser la única mujer de la Galería de raros de Ramón Carande Thovar, castellano de Sevilla. En Medina de Rioseco nació Carlos Amigo Vallejo, al que Dios se le cruzó en su inicial sueño de la Medicina.

Amigo Vallejo es un hombre del norte que vino a Sevilla desde el sur del sur, desde la diócesis de Tánger, escenario para el ecumenismo cotidiano. Es un contrapunto a esa evidencia de que desde Spínola, don Marcelo, gaditano de San Fernando, todos los que han llegado a la archidiócesis nacieron de Despeñaperros arriba. Don Carlos se hizo andaluz en África, un sueño nazarí. Cualquiera pensaría que llegó a Sevilla aquel día de junio de 1982 para frenar la ola de protestantismo. El día de su proclamación como obispo auxiliar de la diócesis se enfrentaban en el Mundial de España 82, el de Naranjito, las selecciones de Inglaterra y Alemania. El Papa de Roma, que era polaco, debió quedar contento con el resultado final: ganó Italia.

En 1982 un abogado laboralista de Estepa, Rafael Escuredo, se convertía en el primer socialista que ganaba unas elecciones desde la República. Triunfo que precedió a la constitución del primer Parlamento andaluz en el Alcázar. Sevilla fue la sede de la selección brasileña y compartió sus aires de fiesta. El 28 de octubre, otro abogado laboralista del mismo bufete de Capitán Vigueras ganaba por mayoría absoluta las elecciones generales. En cinco años, de la clandestinidad a la Moncloa. En pleno relevo de gobernantes, doloroso crepúsculo de la Unión de Centro Democrático, se producía la primera visita de Juan Pablo II a Sevilla.

Dos palabras del mismo árbol etimológico se daban la mano en aquella sociedad: reconciliación y Concilio. En 2012 se cumplen cincuenta años del Concilio Vaticano II alentado por Juan XXIII, el Papa bueno que da nombre a una abigarrada barriada sevillana con parada de Metro. Un año y medio antes de la llegada de Amigo Vallejo, el país había asistido al último coletazo de la hidra ultramontana del 23-F. Este obispo que se ordenó sacerdote en Santiago de Compostela, patrono de la Velá de Triana, siempre tuvo como obsesión esa idea de la reconciliación. No como un concepto abstracto, sino en el ámbito más cotidiano. En la piel y en las vísceras. En los sentidos y en los sentimientos.

Su convivencia con la clase política ha sido un modelo de aggiornamento. Su larguísimo y sin embargo ligero mandato episcopal desde obispo auxiliar hasta cardenal (y papable) coincidió con cinco alcaldes de tres partidos políticos distintos, a saber: Luis Uruñuela, Manuel del Valle, Alejandro Rojas-Marcos, Soledad Becerril y Alfredo Sánchez Monteseirín. Curiosamente, su sucesor en la diócesis hispalense, Juan José Asenjo, coincidió con el nuevo alcalde, Juan Ignacio Zoido, en sus respectivas etapas pastoral y política en Toledo.

Vivió las alegrías de su gente y compartió sus tristezas. Entre éstas, los zarpazos del terror en los asesinatos de Alberto Jiménez-Becerril y Ascensión García Ortiz el 30 de enero de 1998 y del doctor Antonio Muñoz Cariñanos el 16 de octubre de 2000, así como las cuatro víctimas mortales producidas por el paquete-bomba enviado a la prisión de Ranilla el 25 de junio de 1991. También se sumó al tremendo dolor de los que perdieron a sus seres queridos en el derrumbe del Bazar España en las horas previas a la Nochevieja de 1998. Un cardenal cercano que parafraseando a Pascal nunca discriminó a la razón del corazón.

l Carlos Amigo saluda a un niño en la Catedral.

l Con el padre de Marta del Castillo (2009).

l Con el ex presidente andaluz Manuel Chaves (2000).

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