El Rastro de la Fama · Pedro Romero de Solís

"La crisis de los toros se debe al triunfo de la filosofía de Mickey Mouse"

  • Este profesor de Sociología pertenece al grupo que impulsó la Fundación de Estudios Taurinos, un colectivo que ha realizado aportaciones fundamentales para la valoración intelectual de la fiesta de los toros.

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-Su campo académico es la sociología, una carrera que estuvo muy de moda en su generación.

-Yo empecé Ciencias Políticas y Económicas en la Complutense. Estábamos en la calle San Bernardo, a un paso de la Gran Vía, un sitio estratégico para las manifestaciones estudiantiles donde se protestaba perfectamente. En esa época empezó una Escuela de Sociología que montó Aranguren. Me decanté por la Demografía y me marché a París con una buena beca para hacer mi tesis. Aquellas investigaciones las publiqué en la editorial Siglo XXI.

-Sin embargo, y a la vista de sus libros y artículos, no ha sido la Demografía su campo favorito.

-Me cansé de contar muertos y vivos y decidí dedicarme a temas más libres en los que podía actuar como francotirador. Después de estar un tiempo como profesor en la Complutense me vine a vivir a Carmona y saqué la plaza en la Universidad de Sevilla.

-¿Qué nuevos temas llamaron su atención?

-Me dediqué al simbolismo de las sociedades. Hice mi tesis doctoral sobre el simbolismo de la Giralda y una serie de leyendas que estaban vinculadas al origen de esta torre.

-¿Y cuáles fueron las conclusiones?

-Que la Giralda es una especie de zigurat: el número de plataformas es múltiplo de siete, las tablas de ajaraca [sebka] representan la naturaleza... Es un zigurat abstracto. En la plataforma superior de la torre, antes de la construcción del campanario cristiano, el juglar que acompañaba a Alfonso X invitó a una gran cena a los caballeros que iban con el monarca. Desde allí vieron por primera vez una ciudad desde el punto de vista ortogonal, que es el punto de vista de Dios. Alfonso X cayó consternado al ver la ciudad destruida y juró enterrarse al pie de la Giralda. Eso significa, simbólicamente, fertilizar la nueva tierra...

-Una tierra, la andaluza, a la que usted ha dedicado una especial atención en sus trabajos.

-Sí, empecé a hacer antropología de esta tierra, del Rocío, las procesiones, de la ciudad, de las costumbres...

-Y, sobre todo, de la tauromaquia.

-Llegué a la conclusión de que era lo que más me interesaba. En el año 70 o por ahí publiqué con Antonio García Vaquero e Ignacio Vázquez Parladé el libro Sevilla y la Fiesta de Toros, donde hicimos un primer estudio de lo que era una corrida de toros y sus significados.

-Usted pertenece a un grupo pionero que rompió con la visión costumbrista y castiza de los toros...

-En la Universidad no se había hecho ninguna tesis doctoral y siempre se habían puesto muchas dificultades a la tauromaquia. A mí, por ejemplo, con más de cien artículos sobre la materia, no se me permitió crear una cátedra sobre tauromaquia, algo que se consiguió mucho después por otros procedimientos. En Sevilla hay mucha palabrería, pero a la hora de la verdad la gran mayoría de las instituciones son antitaurinas.

-Todos los que se dedican a la tauromaquia tienen una deuda importante con el antropólogo inglés Julian Pitt- Rivers.

-Mi primer artículo sobre tauromaquia lo publiqué en la desaparecida revista Separata. En ese texto, en el que analizaba el final de la tauromaquia caballeresca y el surgimiento de la popular a través del tumulto, están prefigurados todos mis trabajos posteriores. A partir de ahí empecé a frecuentar los festejos de los pueblos y las distintas formas de la fiesta. También fue cuando tomé contacto, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, con Pitt-Rivers. Me encontré con un individuo de una cultura enorme que había sido catedrático en Berkeley, en la London School of Economics, en la Sorbona... Un hombre con un currículum gigantesco y con un enorme interés por los toros. A él le divertía estar en Sevilla tomando una copa y, al enterarse de que había una fiesta de toros en Teruel, partir esa misma tarde en coche para no perdérsela. Yo hice muchos viajes inolvidables con él, en agosto, sin refrigeración... Era valiente y decidido, todo lo contrario a lo que solemos ser por aquí. Además, tenía un pensamiento muy original. Era un hombre muy interesado en la religión, un gran conocedor de la Sagradas Escrituras y, en la fiesta de los toros, siempre veía una estructura religiosa.

-¿Cuál es la gran idea de Pitt-Rivers sobre los toros?

-La del sacrificio, algo que no es totalmente original, porque ya se había apuntado algo. Sin embargo, él publicó un artículo fundamental: El sacrificio del toro. En él hace un análisis religioso y antropológico del significado de la fiesta, donde la sangre tiene un significado fundamental, igual que en la misa. La presentación en Sevilla de Pitt-Rivers fue durante un curso de la UIMP que dirigió Antonio Ordóñez. Pitt-Rivers sostuvo que, en una corrida, el toro pasa de ser un animal hipergenital a una figura femenina que es penetrada por la espada, y que el torero, en cambio, hace el trayecto contrario, sale femenino hasta que se quita la montera y se convierte en macho. Los taurinos se indignaron y salieron de la sala, decían que estaba loco. Antonio Ordóñez sí lo entendió.

-¿El arte de la tauromaquia pasó de ser algo propio de caballeros a un oficio de carniceros?

-Cuando yo empecé a trabajar en la materia creíamos que los chulos que acompañaban a los caballeros fueron poco a poco emancipándose hasta crearse el toreo popular, el que se realiza a pie. Sin embargo, investigaciones más recientes demuestran que el toreo a pie es anterior al toreo a caballo. En los últimos diez años se han encontrado muchos documentos y datos que nos hablan de que, en el siglo XV, las ciudades españolas contrataban a toreros de a pie para lidiar y matar. Eso sí, mataban con lanza, apoyándola en el suelo, o por tumulto, cuando el público se lanzaba sobre el animal. La gran y genial aportación de Andalucía en el toreo a pie es la muerte con la espada, recibiendo primero como Pedro Romero o, a partir de Costillares, al volapié... Dejar en la plaza a un hombre solo, sin apoyos, frente a un monstruo al que tiene que matar con una espada que el pueblo no podía usar, porque era un arma de señores.

-Ahora hay voces que piden que no haya muerte en la fiesta de los toros, al estilo portugués. ¿Qué le parece esto?

-Hay gente que lo piensa y lo dice ante la presión de los animalistas y de una sociedad a la que no le importan que mueran miles de niños de hambre, pero no puede soportar la muerte de un animalito. A mí me parece una patochada, un simulacro. No me verán en una corrida de esas. Hay muchas formas de divertirse con los toros sin muerte, como las capeas o las tientas, para tener que recurrir a una falsa corrida.

-Toda esta generación a la que usted pertenece cristalizó en la Fundación de Estudios Taurinos y, en especial, en su revista, con una nómina impresionante de colaboradores.

-Tuvimos el apoyo fundamental de la Maestranza y, en especial, del Conde de Peñaflor. Ahora sacamos el número 33 de una revista que tiene una media de 500 páginas por número, es decir, 15.000 páginas que suponen un nuevo Cossío. Además, hemos editado ya 15 libros en los que se alternan las reediciones con volúmenes de nueva creación.

-Acaba de salir uno dedicado a El Gallo.

-Sí, Joselito es uno de los grandes artífices de la tauromaquia y el libro ha contado con la edición de Jacobo Cortines y Alberto González Troyano. Ahora estamos trabajando en uno sobre Belmonte que saldrá por San Miguel y que editamos conjuntamente Juan Carlos Gil, director de la cátedra de Tauromaquia de la Universidad de Sevilla, y yo.

-Hablando de figuras importantes. Usted fue amigo de Ordóñez, uno de esos toreros elevados a la categoría de mito.

-Ordóñez fue una figura muy importante para el grupo de la Fundación. Cada uno de nosotros vivía en una ciudad diferente y, cuando llegaba la Goyesca, que prácticamente creó él, peregrinábamos a Sanlúcar para, después de tomar unas copas, dirigirnos a Ronda. Dos días antes de la corrida hacíamos un seminario en la casa de Rafael Atienza que, más bien, era una preparación espiritual para ver al maestro torear. Aquello tenía una intensidad extraordinaria. Ordóñez nos dio cohesión en nuestra afición y en nuestra amistad, fue una figura paternal. Él sabía hasta qué punto los intelectuales eran importantes para darle una dimensión más amplia al mundo del toro. De Víctor Gómez Pin llegó a ser inseparable.

-La fiesta no vive sus mejores momentos. ¿A qué se debe esta crisis?

-Hay un problema con los toreros y un problema con los toros.

-¿De qué hablamos primero?

-De los toros. Cada vez tienen menos fuerza. ¿Qué pasa? La gente se ha ido haciendo más sensible al arte de la tauromaquia y quiere ver un toreo bonito, belleza, no ferocidad y sangre. Para ver belleza es necesario descastar al toro para que tenga nobleza, fijeza y una serie de cualidades que van contra la casta. Pero el toro sin fiereza y sin casta empieza a caerse y a manifestar otro tipo de defectos. Se le ha quitado tanta casta a los toros que apenas tienen fuerza. Cuando yo era joven eran obligatorias las tres varas y el presidente obligaba a que el toro acudiese tres veces al caballo... Ahora va una vez y apenas lo pican. En la actualidad, las faenas de muleta son larguísimas y a veces sobrepasan los diez minutos. Hay un nuevo toro que tiene un fondo de embestida colosal, pero que da sensación de debilidad. Los ganaderos no deberían permitir que el toro pierda tanta fuerza, habría que llegar a un equilibrio entre la suerte de varas y la muleta.

-¿Y los toreros? Ahora las figuras hacen de modelo en las revistas y se está perdiendo el aura de héroe.

-Han perdido la seriedad de las grandes figuras, pero los nuevos toreros tienen que conquistar nichos sociales. No me parece mal que estén donde puedan. Ahora se torea mejor que nunca, pero hay mayor especialización: los que tienen más arte, que son los que están arriba en el escalafón y llenan las plazas, y los gladiadores que se han especializado en la lucha con el toro duro. Los artistas son Manzanares, Juli, Morante... Y los gladiadores, Rafaelillo, Padilla, Castaño...

-¿Y su torero favorito?

-A mí el toreo que más me gusta es el que hace Morante, que es un diestro serio, no pinturero, pero en mi cabeza caben muchos toreros.

-No le veo pesimista, pero ¿y la crisis, de dónde viene?

-Del triunfo de la filosofía de Mickey Mouse. Los niños se educan con animales que hablan y que son humanos, y cuando ven que vas a matar a uno te consideran un asesino.

-Usted fue director de la sede en Sevilla de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, ¿cómo llegó a este cargo?

-Muy sencillo, era amigo y compañero de colegio y carrera de Santiago Roldán, que entonces era el rector. Él había vivido en Sevilla porque su padre era militar y siempre le tuvo un gran cariño a la ciudad. En cuanto pudo organizó los cursos de Sevilla.

-Aquello fue importante para la ciudad.

-Fue un revulsivo cultural muy importante para la ciudad. Teníamos la concepción de que los cursos eran para aprender, pero también para divertirse.

-El bar Las Teresas era el centro extraoficial...

-Allí tenía yo mi despacho, porque si lo tienes en una oficina viene la gente, se sienta en el sillón y te machaca la mañana. A la Menéndez Pelayo vinieron figuras como Antonio Ordóñez, Vargas Llosa, Borges, Kraus, Carrera... Muchísimas personalidades de la cultura y la ciencia.

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