La Noria

El decenio: unidad de medida

  • Monteseirín admite la parálisis municipal pero la justifica alegando que su gestión no debe medirse cada cuatro años, sino en función de la década que lleva en el poder. Sevilla despierta de la ficción sobre su transformación

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NO HAY cosa en esta vida más cierta que ser todas las cosas inciertas"(sic). El juego de palabras, habitual en los escritos clásicos de ingenio, que dicen aparentando no decir, que sugieren sin mostrar del todo, como jugando con los conceptos y las palabras, aparece como coda en el prólogo del excelente tratado sobre el poder y sus derivaciones que es el ensayo Década de Césares, escrito por Antonio de Guevara, cronista de Carlos V, obispo y algunas otras cosas más, en pleno siglo XVI. La cita viene al abrigo de su meditación sobre la escasa solidez de ciertas obras humanas que se figuran -sobre todo a sus propios hacedores- poco menos que eternas. Todo, incluso las grandes epopeyas de la historia, se diluyen como un azucarillo en el café agrio del tiempo. Es sabido. Pero que ocurra tan rápido no deja de resultar harto ilustrativo. No somos nada.

Aplicado al caso sevillano -lo que nos ocupa en este trance es el devenir del gobierno de la ciudad, entre otros asuntos urbanos- viene a iluminar, como si de un foco se tratase, la zona de penumbra en la que se ha movido durante años el mensaje de PSOE e IU a la ciudadanía: "Tenemos un proyecto para cambiar Sevilla y lo estamos ejecutando. Construimos un sueño". Hasta hace apenas unos días, éste era el tono monocorde -aunque con variantes- que ambos partidos políticos, unidos en coalición, esgrimían, casi se diría que obsesivamente, desde que en 2003 firmaran su acuerdo de gobierno. Su principal rédito político, aparentemente, consistía en la sucesión de obras impulsadas -casi todas ellas ubicadas en el casco histórico- y en la tesis, algo forzada, la verdad, de que la figura política de Monteseirín encarnaba una suerte de segundo modernizador de la ciudad, necesitada después de que la Exposición Universal de 1992 la salvara -por los pelos- de un subdesarrollo bastante más que probable.

Todo este edificio político -el arte de gobernar adelgaza en estos tiempos hasta el punto de limitarse ya a la mera emisión de mensajes interesados- se sustentaba en este pilar que consistía en contraponer a capricho los conceptos de cambio y tradición para adecuar el criterio del personal a sus intereses.

Pero hete aquí que, por sorpresa, hace sólo unos días, el regidor, cuestionado en público por la excesiva dilación que sufren algunos de sus grandes proyectos -Metro, Encarnación, Alameda, aparcamientos subterráneos- se despachó asegurando que, en su programa de transformación de Sevilla, los plazos han dejado de ser importantes porque lo único trascendente ya es su apuesta personal. La certeza -según él, existente entre la ciudadanía- de que el gobierno local que preside va a dejar huella en las crónicas de historia. Su hermosa revolución, al parecer, sólo puede medirse, dada su importancia, con otra medida de tiempo: el decenio.

Sin entrar a analizar el fondo de las palabras del regidor -que serían objeto de una exégesis casi interminable, por lo fecundas- lo que se desprende de esta afirmación es la aceptación, como si del pan nuestro de cada día se tratase, de que los tiempos de acumulación de grandes proyectos urbanos -los dos últimos años del anterior mandato- han pasado definitivamente a la historia. Fueron fruto de una determinada situación política. Pasto posterior del tiempo. De ahí que no sea extraño ver cómo la parálisis en la que están PSOE e IU se disimule con la coartada del inicio de un nuevo proceso de planificación sobre el futuro de la ciudad que no es tal. Los planes están más que hechos. Y en su mayor parte todavía andan sin ejecutar. Además, una parte no despreciable de los puestos en marcha difiere de lo prometido -por ejemplo: el propio trazado del carril-bici, uno de los grandes éxitos de la gestión municipal- y otras iniciativas similares son alteradas a diario alegando supuestos ajustes que, de nuevo, responden a las circunstancias políticas de cada momento.

cuestión de orgullo

Siempre pueden encontrarse argumentos a mano para justificar cualquier cosa. Otra cuestión es que éstos se tengan en pie. En este caso, el castillo de naipes parece muy débil. Los analistas sostienen que un gobernante casi siempre busca fabricar -gracias al urbanismo y a la arquitectura, esencialmente- escenarios acordes a su propia concepción del poder. El político encuentra así la ciudad de una forma y aspira a cambiarla no sólo para mejorarla -a veces sucede, pero no siempre es la norma-, sino para dejar su huella en los tiempos venideros. El orgullo es pecado extendido. Hasta el punto de que quizás no haya nadie libre de él. En Sevilla, concretamente en la ciudad antigua, quizás esto es lo que ha pasado durante los últimos tiempos. Pero con el matiz de que los cambios han sido más virtuales que ciertos y han durado justo lo que daba de sí una determinada situación política. El fondo de los problemas -en especial el escasísimo peso político de Sevilla en relación a la Junta y al Estado- no se ha arreglado. Tampoco los usos y costumbres. Ciertos vicios tan locales como (casi) universales. Seguimos igual. La única diferencia cierta es que durante un tiempo algunos alimentaron la ficción de que esta ciudad mutaba. ¿Lo hacía realmente? Cada uno tendrá su propia respuesta. Pero existe una evidencia: "el sueño", como diría Lennon, "ha terminado". Toca despertar.

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