"Tengo esperanza, quiero volver a nadar, trabajar y tener mi dinerillo"

  • La visita privada del alcalde, las cartas del cardenal, la llamada del padrino que aún está pendiente, las oraciones de las hermanas de la Cruz y la fe en su abogado

No había vuelto a pasar por la Encarnación desde aquel 15 de octubre en que un camión la arrolló a las 7:45, cuando se dirigía como desde hacía cinco años a la parada del 27 para ultimar el curso de formación previo a unas prácticas remuneradas que han quedado pendientes. Ni siquiera cruzó por la plaza en Semana Santa camino de las sillas de su familia en la Campana. "Hacíamos el camino más largo con tal de no pasar por aquí. Llevamos nueve meses evitando la Encarnación", dice su padre, el poeta Joaquín Caro Romero, pregonero de la Semana Santa de 2000, que tiene otras dos hijas: Inmaculada y Diana. Livia Caro Rodríguez (Sevilla, 1978) se enfrentó el pasado viernes al lugar de los hechos y cruzó de nuevo el paso de peatones. "Uuuuf... Me entra algo por el cuerpo, como cuando veo un camión". El conductor se quedó hundido, la telefoneó a su habitación del hospital Virgen del Rocío y fue a visitarla. Pero su madre y ella prefirieron no conocerle. El padre lo recibió en el vestíbulo del hospital para agradecerle el gesto. "Preferimos no saber quién es. No le deseamos ningún mal, de verdad. Demasiado tiene ya con llevar la cruz para toda su vida".

Livia ha dejado la silla de ruedas y se vale de unas muletas y de la ayuda de su madre para caminar pausadamente. "Me he acostumbrado al peso de una prótesis. No es fácil, pero tengo que asumir lo que me ha ocurrido. Pudo no pasar, o pudo haber pasado unos años antes. Tenemos un destino. Lo que quiero ahora es caminar mejor cada día, no puedo estar mucho tiempo sentada".

Su madre, Inmaculada Rodríguez, principal apoyo de Livia, luce una cadena con once medallas con las devociones de la familia: la Macarena, la Inmaculada Concepción, Sor Ángela y el Señor de la Sentencia. Una de ellas fue, precisamente, el regalo del padrino de bautismo de Livia, el torero Curro Romero. Justo en el momento en que la madre exhibe esa medalla, hay quien expresa desde lo hondo un lamento: "Todavía no ha llamado a Livi". Cosas de los silencios de Sevilla...

La joven resume en una frase cómo le ha cambiado la vida desde el accidente: "He perdido autonomía. Me tienen que ayudar constantemente. Tardaré un poquito en estar casi como antes, pero yo estoy luchando, tengo que aprender a andar de nuevo". Asegura que su carácter no ha cambiado: "Yo soy la misma. Mi padre sí ha cambiado, lo mío le ha afectado bastante". Tiene muchas ilusiones por delante. Pronto será la madrina de su sobrino Andrés, que será bautizado en la parroquia de San Pedro, y quiere repetir viaje en el AVE para ir a Madrid. Convirtió la prescripción médica de la natación en su pasión, que practica desde 1992. "Quiero volver a nadar cuanto antes, en cuanto disponga de la prótesis hidráulica. Quiero tener mi trabajo para disponer de mi propio dinerillo. Tengo esperanza..." Su madre apostilla: "Las hermanas de la Cruz rezan mucho por ella". Livia es la única cofrade de las tres hermanas. Es del Amor y le encanta Los Gitanos. El cardenal Amigo le dio un abrazo enorme el Sábado Santo en plena Campana. El mismo día del accidente la llamó por teléfono. Acto seguido habló con el padre: "Joaquín, he hablado con Livia para darle ánimos y ha sido ella quien me los ha dado a mí". Y le ha escrito cartas de apoyo que Livia guardará siempre con especial afecto. "Hay una carta del cardenal que es verdaderamente conmovedora", apunta el padre. Ella está muy agradecida por todos los testimonios de afecto: "He contado y cuento con el cariño de mucha gente que me ve por la calle, que me quiere ayudar y que me da ánimos". Es germana a la hora de hacer caso a los médicos: "Me cuido mucho. Estoy muy agradecida al doctor Rodríguez Piñero y a los fisioterapeutas Jesús y Manolo". Uno de los momentos más duros de la recuperación fue darse cuenta de que era la más joven de las pacientes en el Virgen del Rocío. Por eso el trato del personal sanitario fue especialmente clave para hacerle más llevaderas las jornadas de rehabilitación.

Tiene mucha fe en su abogado, Joaquín Moeckel. El alcalde estuvo dos horas de visita privada en su casa. "No os durmáis jurídicamente", aconsejó Monteseirín a la familia. "Estamos en las mejores manos", le respondieron.

Livia consume las tardes de verano recorriendo de una punta a otra el patio de casa durante cuatro horas. Su perro, Kiki, le protege ahora más que nunca. No quiere que nadie se le acerque. No echa de menos la playa, sí la piscina.

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