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En la estela de Maese Pérez

  • Decano. Ayarra celebró sus bodas de oro como organista de la Catedral de Sevilla, donde era el decano de los canónigos, desde Bueno Monreal a Asenjo pasando por Amigo Vallejo

José Enrique Ayarra, en abril de 2002, junto al banco de Huesca de la plaza de España. José Enrique Ayarra, en abril de 2002, junto al banco de Huesca de la plaza de España.

José Enrique Ayarra, en abril de 2002, junto al banco de Huesca de la plaza de España. / Antonio Pizarro

Su vida era una novela y quiso el destino que cuando lo senté en el banco de Huesca, en la serie sobre la Plaza de España, los bancos adyacentes en el orden alfabético los ocuparan dos novelistas, José María Vaz de Soto el de Huelva, Juan Eslava Galán el de Jaén. Después de Maese Pérez, el organista de la leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer, no hay otro tan literario como José Enrique Ayarra Jarné. Para colmo, vino al mundo el día del Libro, 23 de abril de 1937, en la localidad aragonesa de Jaca. De la cuna de los Juegos de Invierno el destino le mandaría a la capital de los Juegos de Primavera. La música y la fe, a partes iguales, en su caso eran los dos lados de una misma balanza, se encargaron de tan mágica mudanza.

De pequeño soñaba con ser defensa central del Athletic de Bilbao, cuyo himno compuso su amigo el compositor Carmelo Bernaola. Fue un músico precoz. Con cinco años dio su primer concierto de piano, tocando la Marcha Turca de Mozart. Con ocho años, suplía en bodas y funerales al organista de la Catedral de Jaca, la más antigua de España. Allí era obispo José María Bueno Monreal, que le estaba muy agradecido al padre de Ayarra, un ingeniero militar que le facilitó los materiales para reconstruir un seminario destruido después de haber sido en la guerra hospital de sangre.

Muy diferente habría sido la vida de Ayarra, y su relación esencial con Sevilla, si con once años hubiera cogido la beca del Ministerio de Asuntos Exteriores para ir a Viena a perfeccionar conocimientos musicales. Decidió seguir los pasos de Bueno Monreal: era el monaguillo de las misas que éste oficiaba como obispo de Jaca, lo siguió después cuando lo nombraron obispo de la diócesis de Vitoria. En 1957 llega al tercer destino pastoral del mitrado aragonés: la diócesis de Sevilla, donde Bueno Monreal vino nada menos que para sustituir a Pedro Segura, el cardenal tridentino que había prohibido los bailes agarrados y se negaba a llevar a Franco bajo palio.

Ayarra es ordenado sacerdote en Vitoria, estudia Teología en Salamanca y su primer destino parroquial fue en Ubrique, en la serranía de los pueblos blancos de Cádiz. No ha habido nadie en Sevilla que haya viajado tantas veces a tocar el órgano en San Petersburgo. Amiraba a un pueblo como el ruso, a una ciudad donde nunca, ni siquiera en la guerra contra los nazis, dejó de sonar la música en su catedral. Era el decano de los canónigos de la Catedral de Sevilla, habiendo sobrepasado con creces sus bodas de oro como organista del templo metropolitano.

Ayarra significa en euskera madera de boj. Hombre fuerte como un roble, la salud le jugó una mala pasada y le regaló una de las páginas más emotivas de la novela de su vida. Estaba en diálisis esperando la donación de un riñón. El tiempo apremiaba y le llegó por el conducto más inesperado. Su hermano Javier, cirujano del tórax, le dijo que antes de que acabara el año 2008 le llegaría el trasplante. No imaginaba que el riñón que iba a salvar la vida de su hermano el organista era el de este médico, fallecido en accidente de moto el 4 de diciembre de 2008. El 28 de enero del año siguiente, con la Catedral repleta de público, José Enrique Ayarra inició sus casi diez años de vida de propina con un concierto en homenaje a los donantes de órganos al que asistieron la duquesa de Alba y el doctor Pérez Bernal, pionero de esta solidaridad, teología de la mudanza de órganos acorde con el discurso de Carlos Amigo que siempre despejó injustificadas supercherías y falsas cautelas.

A Ayarra le encantaba explicar los secretos del órgano, la maravilla de una vieja locomotora de tren que propiciaba la mecánica del sonido. Concertista de fama internacional, Roma, París o Londres habían sido como el patio de su casa. Amigo de los pobres y de los más necesitados, era el organista preferido de las reinas: Silvia de Suecia, Siriki de Tailandia, la princesa Diana Spencer, a la que sorprendió en su visita a la Catedral de Sevilla tocándole la pieza que en su boda con el príncipe Carlos había interpretado Christopher Dearly, organista de la catedral de San Pablo londinense y amigo de Ayarra.

Hijo de Miguel Ayarra y de Josefina Jorné, virtuosa del piano, el bordado y la pintura. A su madre y a sus hermanos se los trajo para Sevilla. Cada año hacían un viaje todos juntos al extranjero. El año que me contó su vida en la plaza de España, entre los bancos de Huelva y Jaén, metáfora de su entusiasmo por esta tierra, se fueron a Islandia. Las cigüeñas de campanarios de medio mundo llorarán la muerte del hombre que nunca perdió el acento del norte, ese regalo de los buenos días cuando te lo cruzabas por la calle, pero vivió intensamente la religiosidad del sur. Su nombre estaba anunciado para el ciclo de Conciertos Cuaresmales que empezaban ayer en la Catedral. Se fue el Domingo de Pasión, palabra tan musical para un organista de arranque mozartiano que siguió los pasos de un obispo paisano que le cambió los Niños Cantores de Viena por los Niños Seises de Sevilla.

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