Sevilla

A nuestro hermano

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Al no permitir despedirnos, nos han arrebatado el último abrazo, la última sonrisa, el último te quiero. Pero aquí estamos tus hermanos, cariño, carne de tu carne que se ha quedado sin un trozo de alma, para decirte que:

Nuestros besos hubiesen sido más largos,

Nuestros abrazos más fuertes,

Nuestras sonrisas más amplias,

Y a gritos te hubiésemos podido decir cuánto te queremos.

Desde aquí te hablamos con estas letras que son al mismo tiempo la voz de los que te aman. Porque sabes bien que no sólo te queremos nosotros, también te quieren tus cuñados y cuñada; tú sabías que tenías tres hermanos más. Y junto a nosotros, tienes a tus sobrinos, rotos de dolor, de dolor y amor, de amor por ti.

Al marcharte, has dejado en todos nosotros el mayor de los dolores, el mayor de los vacíos, nuestra piel hecha jirones. ¡Dios, cómo nos duele el alma!, sin siquiera saber dónde la tenemos. Pero tiene que estar ahí, donde sentimos el dolor, … en nuestras entrañas.

Y no podemos por menos que pensar en quien sí te llevó en las suyas, en nuestra madre, para quien siempre fuiste especial por esa dolencia con la que naciste, velando siempre por ese corazón frágil. Nuestra madre y nuestro padre, siempre juntos en la entrega y la búsqueda de una cura para su niño querido.

Ahora que estáis los tres juntos, os manifestáis como el símbolo mismo de nuestra propia capacidad para amar. Porque al tiempo que mamá y papá te protegían, nos enseñaron a cuidarte, a mimarte, a amarte. Y quizás ellos no lo sabían, pero de esos primeros sentimientos de amor brotó nuestra aptitud para comprender que el máximo sentido de nuestra vida sería por siempre proteger nuestro amor de manera absoluta e incondicional. Así como nuestros padres protegían tu corazón, aprendimos nosotros a crecer protegiendo ese corazón que dejó de ser tuyo para pasar a ser común. Así te queremos, hermanos nuestro, como a un corazón común que late con más fuerza, si es posible, desde que te has ido.

Y cuando decimos que te has ido nos volvemos irremediablemente al pasado, y vemos tu camino, una línea que se dibuja allá, en un horizonte que ahora más que nunca se confunde con el cielo. Y al principio de ese camino, una estación de trenes. Tú la estás viendo ahora también, es la estación de trenes en donde vivimos por un tiempo y en donde nacimos los cuatro. Nuestro nacimiento tuvo unas raíces muy humildes. De aquellas raíces tú supiste coger lo mejor, la bondad de una familia modesta que supo mantener el fuego del hogar. Y con ese fuego bajo tus brazos, aprendiste a andar, y ya nunca te separaste de él, siempre con tu fuego a cuestas, protegido entre tu brazo derecho y el corazón. Así llegaste a compaginar el trabajo duro del campo, y el trabajo duro de tantos otros lugares, con unos estudios que terminaste con un mérito añadido: el mérito de no abandonar nunca esa lumbre de hogar que papá y mamá nos enseñaron a mantener siempre viva. Recordamos cómo aprobaste aquellas oposiciones que llenaron nuestra casa de felicidad y a tus padres de orgullo, haciéndonos gozar al ver que te labrabas un futuro profesional. Y tú allí, también contento, pero quizás sin darte cuenta de uno de tus principales méritos: superar tus raíces humildes sin abandonarlas, siempre con ese fuego bajo el brazo.

Hermano, amante de la tierra labrada, herencia de nuestro padre. Cuántos momentos felices nos regalaste. Te escribimos no sólo porque te hayas ido, no sólo porque eres nuestro hermano, sino porque fuiste de verdad un ejemplo de humildad, inteligencia, generosidad y amor para todos nosotros.

Hombre reservado pero siempre preparado para abrirse ante la llamada esencial del cariño, que sabía reconocer con la sabiduría de todo hombre ligado a la tierra. Y de todos los buenos amigos que tenías, supiste reconocer esa llamada esencial entre tus hermanos. A ellos te confiabas de poquito a poco, pero con paso firme, y así te acercabas ganando un terreno que ya nunca más se perdería. Te dejaron sólo, sí, un buen hombre sólo con esa soledad en la que te dejaron. Queremos decirte, hermano querido, hombre bueno en soledad, que nosotros siempre estábamos allí, cerca de ti, siempre esperando esos momentos en que tú te acercabas para entregarnos, siempre desde tu prudencia y bondad, una clave más para compartir tu sufrimiento. Necesitamos que sepas que aquellos momentos en los que sufriste, los compartimos contigo, siempre respetando una intimidad que tú defendías, como corresponde a tu generosidad. Necesitamos que lo sepas y, sin embargo, cuando escribimos esto te imaginamos sabedor de todo, cómo no vas a saberlo, si fuiste tú el que nos escogió a nosotros para confiarnos tus sentimientos, inquietudes y miedos. Sí, tú ya sabes que estábamos contigo, pero queremos repetirlo: a ti que nos llenaste las manos de amor te agradecemos que hayas compartido con nosotros ese amor que de pequeño nos sembraron.

Si ahora te tuviésemos entre nosotros, te cogeríamos las manos y te diríamos lo mucho que sentimos y nos duele que no pudieras disfrutar de esa felicidad que merecías. Pero ya no estás, Andrés, y nos duele no poder continuar por ese camino que los cuatro teníamos emprendido, con esa ilusión que empezabas a recuperar en tu vida, con esa caja llena de esperanza, mirando al futuro, que para ti era indisociable de la felicidad de tus hijos. Sí, ya no estás, ya no podremos cogerte de la mano, mirarte a los ojos, no podremos cantarte más tu cumpleaños feliz, como el último en que compartiste las velas con uno de nosotros, con tu derroche de alegría, y qué podemos decirte Andrés, tantas cosas, pero la principal: te echamos de menos. Tu ausencia se ha convertido en una presencia más, que nosotros vamos llenando con tantos recuerdos bonitos. Recordamos por ejemplo esas mañanas en las que al levantarte tus buenos días estaban cargados de besos. ¡No nos cojas en brazos Andrés!, te decíamos tus hermanas, ¡no te vayas a hacer daño! Siempre temiendo por tu corazón frágil, un corazón común, como decimos, que ahora se halla desgarrado. Aquí tenemos todavía tres trozos, el cuarto lo tienes tú, y confiamos encuentres la manera de conservarlo hasta que de nuevo podamos unirlo en uno solo.

Nos da miedo afrontar el futuro sin ti, Andrés, miedo y tristeza, pero tenemos que pensar que es una etapa más de nuestro amor. Una etapa en la que tú te has adelantado unos pasos, unos pasos no más, cariño, nosotros desde aquí todos miramos al cielo, los tres miramos hacia ti. A la luna hoy le falta un cuarto, no te extrañe, porque así será hasta que vayamos alcanzándote, pero aún así sabe a dulce, como la miel, porque no estás sólo Andrés, sabemos que nuestros padres te han recibido con los brazos abiertos, no más te nos has adelantado un poquito. No dejes de decirle a nuestros padres que nosotros, los tres, también llegaremos algún día, que volveremos a estar juntos y que nada ni nadie podrá separarnos. Mientras tanto cuida de tu corazón, que es el nuestro.

Tus hermanos, Carmen, María y Manuel.

Carta escrita por Manuel, María y Carmen Toro Barea, los tres hermanos de la víctima del asesinato ocurrido el 15 de junio en la urbanización la Juliana.

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