La Noria

El imán imperfecto

  • Sevilla, que ha perdido la cuarta posición en el ranking demográfico nacional en favor de Alicante, no consigue atraer inmigrantes suficientes para mantener su estatus poblacional, consecuencia de su fragilidad económica

DESDE los griegos, la ciencia viene estudiando el singular fenómeno del magnetismo. La propiedad de atraer a otro cuerpo, generalmente contrario, hacia sí. Aunque hasta el siglo XIX no se certificaron con detalle las propiedades reales de los campos magnéticos -ese misterio de la física que, deo gratia, todavía fascina a los niños-, este fenómeno, además de una suerte de magia razonable, funciona como metáfora posible para un sinfín de situaciones. Sobre todo a la hora de analizar el peso de un determinado territorio, o de una urbe, en relación a su entorno.

La evolución de las ciudades, en especial en los países pobres, prima desde antiguo la concentración de personas y mercancías. Para muchos ambos conceptos vienen ya a ser casi lo mismo. Combustible que quemar. Algunas urbes han ido convirtiéndose así en infinitas megápolis, universos paralelos con su propia lógica -a menudo cruel- donde la vida late con ritmo raro. A veces, incluso, con claros síntomas de arritmia. Las razones de tal concentración demográfica suelen ser crematísticas: cuando el entorno es yermo parece lógico que todo el mundo acuda allí donde se supone que el agua corre. A los oasis aparentes, aunque al cabo estén rodeados de un enorme desierto de carestía.

En los países con cierto nivel de renta esta tendencia no se ha invertido, aunque está algo más matizada. No se discute en cualquier caso la mayor: hasta la sociedad más estructurada tiende a funcionar con parámetros centralistas. O con ese neocentralismo que se sustenta en la feroz crítica del centralismo añejo. Sevilla, en relación a Andalucía, sabe bastante de este vicio que consiste en multiplicar las pequeñas patrias sobre la base de negar una previo que, generalmente, nos suele venir dada por la historia.

Sea como fuere, en las economías avanzadas también las urbes y los territorios tienden a la concentración. Si este movimiento de atracción entre las ciudades y los lugares está inmerso en estos tiempos en cierto cambio de escala -las urbes antiguas pierden peso demográfico, aunque siempre a favor de su entorno metropolitano, que es el nuevo centro que crece hacia el infinito- se debe, entre otros factores, a los avatares urbanísticos y a los condicionantes inmobiliarios, que extienden el tablero de ajedrez, pero sin cuestionar nunca el principio general: donde existen transmisiones económicas, y por tanto empleo y posibilidades de negocio, es justo donde inevitablemente va la gente. Salvo aquella minoría que, habiendo logrado la libertad económica, es dueña de elegir su lugar de residencia y su destino. También sus compañeros de viaje.

En los últimos tiempos, con la irrupción de la inmigración en nuestro entorno, los flujos de población han dibujado en España un mapa de diferentes centros a distinta escala con algunos vértices claros: Madrid, como capital, es el máximo punto de referencia; junto a otras ciudades y territorios suburbanos -el concepto de lo municipal hace tiempo que quedó diluido- como Barcelona, Valencia y alguna que otra área del Levante español.

Sevilla, tradicionalmente, ha sido parte de las estaciones menores de este mapa de carreteras por donde circula el dinero, la gente y las oportunidades. Sin embargo, en los últimos tiempos parece haberse quedado descolocada en relación a las demás áreas metropolitanas, que han ido creciendo más en población en relación directamente proporcional a sus posibilidades económicas.

Hace meses se encendió la luz de alarma. Esta semana los datos del INE lo han ratificado: la provincia de Sevilla ha perdido el cuarto puesto en el ranking demográfico español en favor de Alicante, que se ha colocado por detrás de Madrid, Barcelona y Valencia como cuarto territorio más poblado del Reino. La noticia, que de momento no ha tenido más consecuencias que las anímicas -es sabido que esta ciudad relativiza aquello que aparentemente le disgusta; el siguiente paso consiste en engullir lo extraño-, se explica en base al único factor posible que, dado el evidente contexto de baja natalidad, viene a marcar los movimientos demográficos: la población extranjera.

ESCASA ATRACCIÓN

Mientras en otros puntos de España la concentración de inmigrantes -buscando trabajo y abriendo negocios- es notable, en Sevilla este parámetro está estancado. Acaso algunos piensen que este dato es positivo: la provincia no tiene aún que enfrentarse a hipotéticos problemas de integración de población foránea. Pero también tiene su reverso: si no atraemos población extranjera significa que perdemos plazas en relación a otros territorios españoles, pesaremos políticamente menos y, además, nuestra economía no es capaz de tirar al tiempo de nosotros y de los demás. Los extranjeros no pasan en Sevilla del 3%. El 80% de los empadronados en la provincia nacieron en su interior. Si un imán es justo lo que atrae a su contrario, Sevilla hace tiempo que se quedó sin carga.

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