Sevilla

Un libro de vida y amor escrito a corazón abierto

  • Un hijo cardiólogo y su paciente editan los escritos de Francisco Infantes

  • Amigo de Belmonte y Azaña, se carteó con Churchill y Kennedy, en su casa vivieron las dos Españas

Carlos Infantes, a la derecha, junto a José Luis López, a quien operó en 1995. Carlos Infantes, a la derecha, junto a José Luis López, a quien operó en 1995.

Carlos Infantes, a la derecha, junto a José Luis López, a quien operó en 1995. / Nerea Martínez

Aprendió cantes y coplas con los muleros y los gañanes, su mejor amigo era un zapatero remendón y se carteó con Pío XII, Kennedy, Kruschev y Churchill, a quienes envió un ejemplar de su Romance de Juan Belmonte, torero de quien cultivó su amistad. De aquellos estadistas, le respondió Winston Churchill a través de su secretaria. El único con Nobel de Literatura.

Es una de las muchas maneras con las que se puede empezar a hablar de un libro tan inverosímil como quien lo firma. Francisco Infantes Florido (Almadén de la Plata, 1906-Sevilla, 1990) es el autor de Jirones de toda una vida (Páginas del Sur). Un libro de materiales heterogéneos que su autor no quería publicar con Franco vivo. En sus últimos años, todo lo que escribía a mano se lo pasaba a Amparo, la secretaria de uno de sus tres hijos, el cardiólogo Carlos Infante Alcón, para que ella lo pasara a máquina. El hijo quiso dar a la luz los escritos de su padre.

Lo que no imaginaba es que existía otro libro, materiales inéditos, algunos de los tiempos de la Guerra Civil, que su padre guardaba en una maleta de la que era depositario otro de sus hijos. "Cuando la abrimos, empezamos a toser del tiempo que llevaba eso cerrado". Memorias de un antifranquista desengañado con su país. Demasiada tarea para un hombre solo. Cuando el doctor Infantes se fue a completar estudios de Medicina en Estados Unidos, aprendió del doctor Angell que nunca debía tomar decisiones solo. "Pregúntale a la limpiadora si hace falta, me decía". Y así aprendió que en Cuidados Intensivos la fuente más cualificada es muchas veces la enfermera que no se separa del enfermo. Para retomar este trabajo ciclópeo, acudió a un antiguo paciente. El primer encuentro entre Carlos Infantes y José Luis López no fue muy agradable. "Casi lo descuartizo. Lo primero que hice fue abrirlo en canal", dice el médico. Su paciente sonríe, pero en 1995 le ayudó a superar una crisis cardiaca. "No lo he hecho para devolverle el favor", dice López, crítico taurino. "Lo que me da rabia es no haber conocido en persona a Paco Infantes, lees El rincón de los lirios y los estás viendo".

Era el tercero de los diez hijos de Basilio Infantes y María Florido. Militó en Izquierda Republicana, fue amigo de Azaña y se salvó milagrosamente de morir fusilado cerca del Real de la Jara. No tuvo esa suerte un amigo al que le dedica uno de los poemas. El hombre que por los pelos se salvó de morir fusilado -debajo de una encina oyó las detonaciones- se casaría con Concha Alcón, granadina de Baza, criada en una familia acomodada, que en plena guerra tuvo que ir al cementerio de su pueblo a reconocer el cadáver de su hermano, fusilado por milicianos. Bajas de los dos bandos en la familia. "Yo le decía a mi padre que hubo crímenes en ambos bandos", recuerda su hijo Carlos. "Me decía que sí, pero que en Almadén de la Plata iban a por los padres y si no los encontraban mataban a los hijos a caballo, un cuchillo en una mano, el crucifijo en la otra". Concha, su mujer, había sido educada "para ser católica, apostólica romana, tocar el piano y hablar francés. Mi padre se pasó toda la vida buscando el Dios de mi madre, decía que a la salida de misa seguía existiendo la misma injusticia, la misma miseria". Un libro con materiales de Chaves Nogales: la Guerra Civil, Belmonte. "Y los niños", apunta el hijo cardiólogo. Con un sentido de la ética inquebrantable que transmitió a sus hijos Manuel, Carlos y José Francisco. "Nos decía: nunca os olvidéis de los que no llegaron, de los olvidados".

Los coautores del libro creen que no sería mala idea enviarle un ejemplar a María Dolores Pradera, que popularizó La Hija de don Juan Alba. Sólo la historia de esta canción merecería la adquisición de un libro cuyos beneficios irán a parar a las hermanas de la Cruz.

En una noche de juerga varios amigos se entretenían con un tanguillo gaditano en el estudio de Juanito Mostazo. Según verificó Antonio Burgos, con la música de Luis Riva y la letra de Francisco Infantes les salió una copla llena "de barbaridades oscenas y anticlericales muy propias del carnaval gaditano". Empezaba así: "Si tu puñetera hermana / va a ver al cura todas las tardes / a decirle las mentiras / y los pecados callarse...". José Antonio, el benjamín de los diez hermanos, le sugirió que cambiara la letra. Francisco le obedeció, sustituyó al cura por la monja. Con el tiempo, el autor del consejo, José Antonio Infantes Florido, se ordenó sacerdote y llegó a obispo. "Franco no lo tragaba", dice su sobrino, "cuando el Nuncio de Su Santidad lo propuso para obispo, Franco dijo que bueno, pero de Canarias. Cuando murió el dictador, lo nombraron obispo de Córdoba". Un pastor antifranquista cuya imagen desvirtuó la histórica frase de Julio Anguita: "Yo soy su alcalde, pero usted no es mi obispo". "Mi tío estudió Derecho en Madrid y la carrera se la pagó con los dividendos que daba la SGAE por La Hija de don Juan Alba". La nueva versión de un tanguillo que parecía llevar la firma de Fernando Fernán Gómez, el marido de la Pradera.

Francisco Infantes Florido conoce a Concha Alcón en Sevilla. "A ella le habían robado el bolso y fue a la tienda donde mi padre vendía productos del pueblo, frente al hotel Majestic, el actual hotel Colón. Era muy guapa, tenía un tipazo. Mucho más alta que mi padre, por eso se quitaba los tacones y él iba siempre por la acera". Del autor del libro, dice su hijo que "más que un emprendedor, era un buscavidas. Sin saber inglés, se fue a Inglaterra a vender las castañas de Galaroza de sus primos los Sánchez Romero. Hasta lo entrevistaron en la BBC".

En el pueblo, se levantaba a las tres de la mañana para recoger la aceituna y a las diez de la mañana estaba en las almazaras de Santa Olalla del Cala. "No se compraba un traje para que lo pudieran tener sus hijos, se sacrificó para que fuéramos al colegio San Francisco de Paula". En el libro hay romances, vivencias, recuerdos, cuentos, semblanzas de personajes, canciones y un postre de axiomas que es uno de los favoritos de los editores del libro, los recopiladores, médico y paciente, de esta joya bibliográfica.

Poeta entre poetas, Francisco Infantes Florido llegó a dirigir una revista, Nueva Poesía, con la que colaboraron García Lorca y Jorge Guillén. "Dejó de publicarse en el 36". A la presentación del libro en la Fundación Cajasol el próximo miércoles, día 16, día internacional de la Luz, acudirá José María Barrera, que ha hecho una reedición de esos números poéticos. "Dice que por edad mi padre era de la generación del 27". Nació en 1906, cuatro años más joven que Cernuda y Alberti, ocho años menos que Lorca y Aleixandre.

Un poeta con credenciales biológicas del 27 y con alma del 98. Un espíritu unamuniano que se aprecia en su compleja relación con Dios y con la religión católica. Su hijo señala dos poemas que parecen antagónicos. En el titulado A los que querían salvar España critica la complicidad del clero con los vencedores y sus abusos. "¡Y la Santa Madre Iglesia sin enterarse de nada!". En el titulado Ya en paz, sin embargo, flota el Cristo de Velázquez de Unamuno: "para acercarme hasta Dios, / para llegar hasta Él/ y decirle: yo Señor/ un pecador... ¡Ya lo ves!". Parecía que al final había encontrado el Dios de Concha, su amor de Granada, "una mujer enamorada y enamoradiza". El doctor Infantes Alcón era uno de los personajes del libro de Carlos Navarro Antolín Nazareno, dame cera. Es hermano de la Candelaria, un perfil cofrade que para nada coincide con el de su padre, que tenía una relación más distante con esas expresiones de religiosidad. En sus textos de prosa lírica aparece el poema Jueves Santo, 1983, que dedicó a tres de sus nietos. A los hijos del cardiólogo. Unos niños que 35 años después son Carlos, arquitecto, nacido en Palo Alto, California, en la época del médico en la Universidad de Stanford, José Antonio, fotógrafo, y Javier, "un espabilado como su padre". Hay tres nietos más y una estirpe de 16 bisnietos.

"Concha, me voy al Ateneo", decía su padre cada vez que se iba a ver a su amigo el zapatero remendón. "Ya no iba al Ateneo ni al Mercantil, porque la salud le fallaba". El hijo cardiólogo que desde niño soñaba "con tocar el corazón con la mano" recuerda aquella tarde que su padre se sintió indispuesto. "Le dije que se echara la siesta y me fui a operar. Otro compañero, Pedro Amador Lázaro, me dijo que traían a mi padre, que le había dado un infarto. Se me había escapado". El mejor escribano hace un borrón. Que en su caso el hijo lo ha compensado con creces en este libro con paciente y mecanógrafa.

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