"No luché por la libertad para que impidan la mía"

  • Malestar entre el vecindario de la Alameda por la pasividad policial contra la 'botellona' hasta las cuatro de la madrugada

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No es una película de Shyamalan. Son historias reales de la Alameda de Hércules. Virginia Berros está tratándose con dos psiquiatras, se toma todos los días seis pastillas de Stilnox para dormir y cuatro de Dorken y más de una noche ha tenido que dormir en el hotel Regina por no poder hacerlo en su casa. El hijo de Obdulia dormía con la televisión encendida para no oír el estruendo de la botellona. María Ángeles Fontenla, vecina de la calle Recreo, se separó de su marido y duerme en otra habitación para protegerse de la cotidiana tabarra de los timbales.

Les dieron la una, las dos y las tres, como la canción de Sabina. Y hasta las cuatro de la madrugada tiene orden la Policía Local de no intervenir en la Alameda contra el consumo de alcohol. "Yo me vine desde Los Remedios huyendo de la movida de la calle Salado", dice Obdulia, 64 años. "Tengo que cerrar la ventana para que no entre el olor. No puedo dormir, no puedo leer, no puedo dialogar ni ver la televisión. Cuando estudiaba Medicina y corría delante de los grises en la calle San Fernando por la libertad, si llego a saber que iba a terminar en esto, atentando contra mi propia libertad de ciudadana, me lo habría pensado".

Virginia nació en la Alameda. "Una noche salí en camisón, descalza y con un espray de defensa personal. Si llamas a la Policía, dicen que sólo intervienen en caso de que haya una puñalada. Tendré que ir a la cárcel, pero al menos allí podré dormir". Obdulia, su vecina, media para que se modere. "No insulto, defino".

"Estamos en una monarquía parlamentaria y la Alameda es el cortijo del señor Silva en el que un día hay un concierto por la República y otro por los cubanos", dice Obdulia. Enviudó de un médico al que conoció en el Preu. "Una de mis hijas es médico. Ella y mi marido se han ido muchas veces de guardia sin haber podido pegar ojo". Virginia trabajaba en Hacienda, en la Junta de Andalucía. Se jubiló y esperaba encontrar "mi descanso y mi solaz".

María Ángeles Fontenla no cesa de escribir cartas a instancias municipales. La Comisión de Sugerencias y Reclamaciones le envió un informe de la delegación de Convivencia y Seguridad con los resultados de sendas rondas policiales en el entorno de la Casa de las Sirenas los días 5, 11 y 12 de junio del año pasado en las que no se observaba "presencia de jóvenes realizando actos vandálicos".

Josefa Medrano, delegada de Participación Ciudadana, recepcionó una de las denuncias de esta vecina en la que precisaba que en la botellona junto a la Casa de las Sirenas "además se drogan, tocan los timbales y la guitarra". "Mis niñas están de exámenes, no pueden estudiar ni descansar".

Paco Aguilar nació en Faustino Álvarez. Recuerda el veto infantil por el Pasaje González Quijano, donde en vez de botellona había trifulcas nocturnas entre clientes americanos de las coimas y proxenetas. "Tiene que haber un sumidero que canalice las bajas pasiones", dice Anselmo, vecino de Faustino Álvarez. "Tenía que estar subvencionado, porque en Sevilla hay cientos de Erasmus que se dejan un buen dinero".

Rafael Delgado trabajó en el bar La Palma de Oro, junto al antiguo cine Ideal, más de medio siglo. Ahora no le dejan dormir en la calle Becas. "Las niñas son peores. Hacen de todo y mejor no responderles. Te dicen viejo verde, una vez me tiraron una piedra".

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