Los preparativos de la última noche del año

  • Uvas, campanadas, cotillones. La tradición de la Nochevieja convive con los nuevos hábitos y con las viejas crisis

En la Resolana sólo había ayer un carril en cada dirección para el tráfico a la altura del parque de los Perdigones. Personal de Parques y Jardines procedía a llevarse el follaje y la hojarasca de los árboles junto a los que pasará la Cabalgata de Reyes Magos. Hojas y hojas amontonadas, como hojas del calendario que también la plantilla de guardia del dios Cronos procederá a recoger esta noche de uvas y campanadas.

El año termina en lunes, como si fuera una propina, un fleco fuera del almanaque, un colgajo al que le sigue no el resto de la semana, como es de rigor, sino un año entero. Y bisiesto. Y olímpico. Un año redondo para Agustín Robles Almendro. Si en 2007 ha celebrado sus 75 años de vida, desde que nació en La Carolina el 31 de mayo del 31, en 2008, también en mayo, festejará con Dolores, su esposa, sus bodas de oro. Es ella, Dolores, la que con su hija Pilar se encarga de preparar el menú de esta noche mágica, misteriosa.

El periodista descubre la víspera del 31 a Agustín en la línea 31, al hombre que nació un día 31 del año 31, cuando viene con sus nietos de oír misa en la Catedral. "Hay un abismo", dice el abuelo para evocar las diferencias entre las Nocheviejas de ahora y las que él celebraba cuando tenía los 13 años de su nieto Álvaro, que vive en Úbeda, o los 14 de su nieto Pablo. "Salíamos a la calle con nuestras zambombas a pedir el aguinaldo. Nos ponían borrachuelos. El hambre era nuestro alimento".

Un lujo esta estampa de un abuelo tan jovial, que conoció las Navidades que retrató Berlanga en Plácido, bromeando en el autobús con sus nietos. Agustín ha tenido además muchos hijos simbólicos. Los "miles" de alumnos que tuvo en 47 años de profesor de Tecnología en la Universidad Laboral. Estarán esparcidos en cotillones o cenas íntimas, con sus oficios, con sus vidas, con sus peripecias familiares. Sus nietos vivirán el tránsito de año en la casa de los abuelos, muy cerca de la parada del 31, el número que propició este cuento de Navidad.

El marisco no faltará en las casas, pese a los nubarrones económicos. Domingo y Enrique entran con sus señoras y una amiga en el tranvía. Como no hay sitio para todos, Enrique se separa del grupo y se produce el reencuentro. "¿Te acuerdas cuando te fuiste a la mili y me dejaste aquella maleta de madera?". No se veían desde los años de estudiante, cuando compartieron piso y alguna "noche toledana". Enrique se jubiló; su viejo amigo también, "pero me reenganché". Le cuenta que hace casi veinte años lo transfirieron del Ministerio a la Junta. Tiene tres hijas y una de ellas irá de cotillón; las otras dos prefieren la cena familiar. La mayor es médico; la segunda estudió Historia; la pequeña es maestra y está en el coro de la Maestranza. Enrique le presenta a su esposa. El hombre, de casi dos metros, con planta de inglés de la costa, se despide y va a rematar las últimas compras para la última noche del año. "Tengo dos nietos", le dice al final al receptor de su maleta de madera cuando fue llamado a filas.

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